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La pandemia y los derechos infantiles

Ayer 14 de abril participé en la Tercera Cumbre Nacional de Gobierno Abierto, organizada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información. Me invitaron a un panel con el tema “Falta de garantías en los derechos humanos durante el COVID”. Hablamos del derecho a la salud en mujeres, adultos mayores, hombres y, en mi caso, la educación de la infancia.

Enseguida algunas de las ideas que expuse.

Con la pandemia todos los pasajeros del sistema educativo experimentamos efectos perniciosos, aunque de diferentes intensidades. Y de nuevo, están perdiendo más, quienes menos tienen y más requieren una plataforma para romper la transmisión crónica de la pobreza.

La pandemia nos confirma que, en el mejor de los casos, el sistema educativo amortigua la profundización de las brechas socioeconómicas y culturales, aunque algunos podrían sostener que funciona como parte de una maquinaria despiadada e insensible ante las diferencias sociales.

La pandemia es una vieja maestra sabia. No inventó los problemas educativos. Nos colocó frente a muchas pantallas para observar lo que no habíamos visto, querido ver, que diagnosticamos erróneamente o fuimos incapaces de resolver.

El confinamiento es antitético a la pedagogía, porque la educación es un proceso de encuentros, dialógico.

Significó, para millones de estudiantes, el congelamiento de los derechos que posibilitan la escuela y el trabajo pedagógico. Un paréntesis del derecho a los aprendizajes, a la socialización, al juego, pero también, a los deberes del estado de alimentar a los niños más pobres.

Otros derechos negados fueron los de opinar, de pronunciar su palabra y ser escuchados, cuando se abrieron las clases en las pantallas o por otros medios, y ahora, desde una visión adultocéntrica, muchos opinamos sobre el retorno a las aulas, menos los infantes y adolescentes.

La escritora estadounidense Anna North, poco antes de la pandemia, corregía su libro más reciente donde afirma: “Las pandemias tienen el potencial de conmocionar a las sociedades para que adopten nuevos estilos de vida”.

Hoy, están en juego muchas cosas en el sistema educativo, entre otras, la capacidad de cambiar y construir un presente y un futuro más promisorio para la infancia, o la desgracia de cristalizar la profecía de Unicef, de que podríamos asistir a una catástrofe generacional, la de los niños y adolescentes de ahora, pero también la nuestra, los adultos que no fuimos capaces de erigir un entorno social más sensible, abierto y justo.

 

Los libros de texto: ¿qué se oculta?

El escándalo de los libros de texto gratuito de primaria que la Secretaría de Educación Pública pretende elaborar en formas, tiempos y responsables anormales, se ha vuelto motivo de una cauta discusión pública, preocupada por las consecuencias que podría tener la iniciativa que encabeza un polémico personaje que conduce la Dirección de Materiales Educativos.

Son distintas las aristas para el análisis. Algunos colegas se preguntan para qué cambiar los libros de textos sin modificar los planes de estudio; otros discuten si los profesores son los más competentes para la encomienda. Los ilustradores defienden el derecho a cobrar por su trabajo y no sólo recibir en pago una constancia; pero las críticas mayores, creo, las acarrean los tiempos fijados y capacitaciones al vapor que se dieron a los convocados.

Ninguno de esos nudos es sencillo. La concepción de los nuevos libros tendría que reconocer la circunstancia que atravesamos y la necesidad de que los libros sean cada vez más diseñados para sistemas educativos híbridos, sin dependencia excesiva de los maestros y con enfoques didácticos y comunicativos modernos.

A mí me inquieta otro ángulo que apunta más a las causas y el probable destino del sistema educativo nacional, sobre todo con la pandemia y los saldos que arrojará. Se trata de la ligereza con la cual las autoridades de la Secretaría de Educación Pública toman decisiones, como si gobernaran un territorio desprovisto de historia e inteligencia, y la educación fuera un campo aséptico, de decisiones fáciles.

Los saldos de la SEP están en rojo. En la conducción de la pandemia exhiben incompetencia; el procedimiento para la promoción horizontal se les volvió un problemón en tramos irrelevantes, la secretaria no aparece y ahora, la puntilla, los libros de texto.

Mi conclusión es desalentadora: les importa poco la educación o no entienden la compleja dimensión que implica concebir y operar el sistema educativo.

Ante esas fragilidades de la gestión, podría ser el momento de que las secretarías de educación en las entidades pusieran el buen ejemplo y planearan o empezaran la reorganización pospandemia de los sistemas educativos, con los márgenes de libertad que concede el federalismo. ¿Pueden? ¿Quieren?

 

¿Para qué queremos educar?

En un libro que se ha convertido en clásico, los profesores Jan Masschelein y Maarten Simons, escribieron un pasaje provocador sobre el significado de la educación:

Educar a un niño tiene que ver con algo fundamentalmente diferente. Tiene que ver con abrir el mundo y con traer el mundo a la vida (las palabras, las cosas y las prácticas que lo configuran)… Tiene que ver con transformar el mundo en algo que le hable.

Me extiendo en la cita porque vale la pena:

Educar… Tiene que ver con encontrar un camino para hacer que la matemática, el inglés, la cocina y la carpintería sean importantes en y por sí mismas.

En efecto, educar es implicarse en el mundo, descubrirlo, aprenderlo. Paulo Freire afirmaba: la lectura de la palabra es la lectura de la realidad.

Pasemos del libro citado, Defensa de la escuela, a la realidad que viven la mayor parte, la grandísima parte de los niños mexicanos que experimentan el confinamiento pedagógico por la pandemia.

¿Ellos logran implicarse en el mundo desde el programa Aprende en casa? ¿Se puede traer el mundo a la vida a través de las pantallas? ¿Pueden las pantallas lograr que aparezcan palabras, cosas y prácticas que conduzcan a los niños a encontrar, descubrir y aprender el mundo?

¿Lo estamos consiguiendo? ¿Estamos educando o sólo escolarizando? ¿Generamos procesos formativos profundos o sólo consagramos rituales?

Habrá quienes sí, pero, me temo, habrá muchos que no. Para ellos, las matemáticas, la historia o la lengua serán materias que deben aprobarse o enseñarse, que deben sortearse para pasar al siguiente año, y no serán ámbitos de formación importante por sí mismos.

Entre muchas cosas que aprendimos con la pandemia es que al currículum, es decir, a los planes de estudio, les sobran contenidos y les falta vida. Esa es una de las tareas pendientes en el regreso a las escuelas.

Volver a las aulas en estos días es una tarea muy importante, pero siguen quedando en el aire las preguntas cruciales: ¿a qué regresarán?, ¿cómo volverán?, ¿a qué escuelas? y ¿para qué prácticas pedagógicas? O más trascendente: ¿para qué queremos educar a nuestros niños? ¿Qué sociedad queremos edificar?

 

Epidemia de generosidad

La pandemia ha sido ocasión involuntaria para exhibir las mejores y peores actitudes de los seres humanos con respecto a los semejantes. También, puso en una pantalla colosal las ineficiencias gubernamentales acumuladas. Expuso sin disfraces la mezquindad e ignorancia de políticos y gobernantes. Un etcétera de regular extensión podría continuar, pero paso al título de esta colaboración.

La epidemia de generosidad merece visibilizarse e inspirarnos confianza en que podemos salir del túnel con algunos centímetros de crecimiento en la escala humanitaria.

En el ámbito médico o científico los esfuerzos son inmensos a lo largo del mundo. La tarea del personal que realiza otras actividades vitales para la salud pública casi no se reconoce, como los servicios de recolección de basura o la gente que se rompe la espalda atendiendo en los supermercados y tiendas pequeñas. Las maestras y maestros, o las madres de familia ocupan un sitio protagónico en el propósito de no perder el tiempo vital de los aprendizajes.

Las instituciones educativas y culturales son otra pieza luminosa en el escenario. Abrieron cursos, espacios y recintos; desarrollaron estrategias que regalan momentos recreativos o formativos de otra manera impensables. La proliferación de actividades abiertas, gratuitas y de alta calidad son cotidianas e imposibles de agendar para el interesado, porque faltan horas.

Instituciones internacionales sumaron voluntades y capacidades. Se abren cursos gratuitos para analizar temas coyunturales. Diseminan inquietudes para comprender y salir adelante con lecciones que transformen distintos ámbitos de la sociedad. La proliferación de libros y documentos de descarga gratuita es otra muestra de este espíritu que aflora en momentos aciagos.

Este fin de semana comencé un curso organizado por la Unesco, con la mejor de las expectativas y agradecido por la oportunidad de convivir con otros participantes, especialmente con poblaciones juveniles de otros países, pues el tema es la educación para la ciudadanía mundial enfocado a esos grupos etarios.

Esta epidemia de generosidad intelectual, cultural y educativa ya es una de las marcas más alentadoras que nos deja un año inolvidable. Ese movimiento planetario de solidaridad humana contrarresta un poco los nefastos saldos mortales de la pandemia.

 

Regreso a clases

En otra de sus osadas declaraciones el presidente de la República aseguró que niños y maestros del país regresarán a las aulas antes del fin del ciclo escolar.

En la tribuna se desgranan los aplausos de la hinchada fervorosa que pide la vuelta a la escuela. Hay razones. Académicos y organismos advierten pérdidas significativas en los aprendizajes, en especial, de los niños y adolescentes de sectores más pobres.

Para el presidente, optimista, es posible vacunar a los maestros y trabajadores de la educación en las próximas semanas, a pesar del arribo lento de las dosis y la dilación en sus aplicaciones.

Mientras tanto, el mundo tiene otros datos. En Europa, por ejemplo, se preparan para una tercera gran ola de contagios como consecuencia de las vacaciones por las semanas Santa y de Pascua. Respiro en el trajín, siempre bienvenido, que podría reventar de nuevo las cifras de contagios y fallecimientos, como sufre Brasil en estos momentos.

Pero las vacunas no son todo para un regreso seguro, paulatino y voluntario.

Conviene preguntarle a la Secretaría de Educación Pública a qué volverán los estudiantes y maestros a las escuelas. No es una pregunta intrascendente. ¿Volverán para seguir con los planes, como si no hubiera pasado nada? ¿Volverán para reforzar temas? ¿Evaluarán con instrumentos confiables los aprendizajes? ¿Regresarán para planear la articulación del ciclo escolar con el próximo? ¿Cada uno hará lo que buenamente considere oportuno?

Por otro lado, sigue vigente la pregunta por las escuelas a que volverían los niños, entre otras cosas, por las condiciones materiales, sanitarias y pedagógicas.

Si los niños regresaran de forma escalonada, ¿cuánto se duplicará el trabajo de los maestros? Un maestro de primaria con 24 estudiantes, por ejemplo, tendría que organizar 3 subgrupos; en bachillerato, con 40 alumnos, el profesor tendría que dividirlos en 4. ¿Cómo lo harán?

La decisión que se tome en este sentido, tendría que ser comunicada de forma clara, unívoca y oportuna, y capacitados los maestros para que el regreso no sea una tortura.

También, la Secretaría de Educación Pública, y en los estados, tendrían que saber ya, y estar trabajando en ello, cuántos maestros contratarán para sustituir a aquellos con salud de riesgo alto. Y cuánto personal se precisa para apoyar las tareas higiénicas en las escuelas que no lo tienen para cumplir las instrucciones difundidas.

Falta explicarnos si otra vez, de nuevo, la base de todo será, únicamente, la pura voluntad de los maestros.