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Avances y retos de la educación en Colima

La Fundación Cultural Puertabierta publicó en noviembre pasado el libro colectivo Colima: avances y retos. Educación, primer volumen de una colección dirigida a analizar el presente y perspectivas del estado en la próxima década.

La Fundación Puertabierta organiza en la capital colimense el Festival Internacional de la Palabra -este año será su cuarta edición-, y ha sido anfitriona de intelectuales y escritores como Fernando del Paso, Jaime Labastida, Marco Antonio Campos, Juan Villoro, Federico Reyes Heroles, Vicente Quirarte y Julia Carabias, con apoyo de varias instituciones, de manera destacada el gobierno estatal y la Universidad de Colima.

Invitado por la Fundación asumí la tarea de coordinar la obra referida, con la participación espléndida de un grupo de colegas, quienes escribieron capítulos donde repasamos distintos temas.

En las presentaciones que hemos hecho en varias instituciones educativas afirmé: no es el mejor escrito, tampoco el más actualizado, ni el más extenso libro sobre la educación en Colima: hoy es el único. Gracias a las gestiones, el libro fue coeditado por la Legislatura actual de la Cámara de Diputados y la Red de Evaluación Educativa.

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Ni #Borolas ni #Cacas

Me abstengo de sentarme a la mesa para comer rebanadas del pastel de los insultos que se lanzan a diario seguidores y críticos del presidente de la República. En principio, creo que la generalización es abusiva: en ambos bloques conviven diferentes grupos, como los inteligentes y razonables, los detractores por afición, los pagados, los que mascullan por rabias mal digeridas, por señalar algunos.

No celebro, de ninguna manera, el intercambio escatológico que se vive en estas horas en Twitter entre #Borolas y #Cacas.

Más allá de los memes desbordantes de ingenio lanzados al espacio de la batalla campal, no festino. En la burla y el escarnio se esconden sentimientos fratricidas que contradicen los principios democráticos de la tolerancia o el respeto activo.

No me formo en la fila de los angelicales, pero creo que algunas ideas siguen siendo indispensables para construir una sociedad mejor. El artículo tercero constitucional afirma, por ejemplo, que la educación, mi oficio, se basa en el “respeto irrestricto a la dignidad de las personas”. El desprecio o el insulto no circulan en esa dirección.

Si el espectáculo escatológico de estas horas no ayuda a la democracia como forma de vida, me guardo las risas y cierro Twitter. Eso no resolverá ningún problema, ni los míos, pero me ahorrará la constatación ingrata de lo mucho que nos falta pensar en construir y no en destrozar al enemigo con descalificaciones.

Una educación

El fin de semana, volando de Monterrey a Ciudad de México, leí las páginas finales de Una educación, la autobiografía de Tara Westover. Aunque han pasado 48 horas desde entonces, me persigue la historia de la hija de una familia de mormones fundamentalistas en Idaho.

Es una historia real, literaria y pedagógica, que relata las vicisitudes de la autora desde la infancia hasta la obtención su doctorado en Cambridge; el adoctrinamiento que recibió de sus padres, como sus hermanos, encerrados en las montañas y tratando de sobrevivir al delirante ataque gubernamental inventado por el padre, e intentando no ser contaminados por las tentaciones demoniacas de escuelas, maestros, hospitales y medicinas.

Fue la voluntad y un puñado de personas providenciales, primero su hermano, y luego dos maestros, quienes llevaron a Tara a graduarse en dos de las mejores universidades del mundo, y a publicar una novela que ya es un éxito mundial.

Puede interpretarse de distintas maneras, afirma Tara, pero lo llama “una educación”. La constatación de que es posible lo que parece un milagro en circunstancias difíciles: la educación.

Cuesta más un reo que un estudiante

Leo en “Milenio” que un preso en cárceles estatales y federales le cuesta diario al país 330 pesos y 50 centavos. Multiplicado por 365 días, arroja la cantidad de 120,632 pesos. No me sorprende la cifra. Tenía datos anteriores. La conclusión, si se quiere, es escandalosa: el país gasta más en presos que en estudiantes. El contraste es desproporcionado, pues hay en cárceles unos 200 mil reos o, debe decirse, “personas privadas de su libertad”, mientras más de 35 millones cursan algún tipo educativo.

Exploro datos para comparaciones. En el “Panorama de la Educación en México 2017”, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se consigna una cifra promedio de 3,703 dólares por estudiante, unos 70 mil pesos; mientras el promedio de la OCDE era de 10,759 dólares.

En el “Panorama Educativo de México”, elaborado por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, correspondiente a 2018, se presentan datos del “gasto federal por alumno en escuelas e instituciones con financiamiento federal” en el periodo comprendido entre 2008 y 2016. Las cifras son las siguientes: para educación básica se invirtieron recursos federales 20,312 pesos en 2008 y 22,524 para 2016; en educación media superior, 30,271 en 2008, y 34,780 en 2016, mientras que en educación superior las cantidades son de 54,801 y 54,731, respectivamente.

Por último, en el Sexto Informe de Labores de la Secretaría de Educación Pública, de 2018, el gasto promedio en el ciclo escolar 2017-2018 fue de 31.3 mil pesos. Desglosado, 18.7 mil para preescolar; 17 mil para primaria; 26.1 mil para secundaria; 35.7 mil en media superior y 79.9 mil para enseñanza superior.

Los datos son fríos y ameritan las interpretaciones que cada cual guste. A mí, sin dudarlo, me sigue pareciendo inevitable sostener que los problemas de la seguridad y la violencia en el país se resolverán desde la educación (no solo desde las escuelas), y que es mejor invertir en serio en escuelas que en prisiones.

Carta a diputadas y diputados

Invitados por la Comisión de Educación y Cultura del Congreso del Estado de Colima, el viernes 6 de diciembre presentamos el libro “Colima: avances y retos. Educación”, primer volumen de una colección de Fundación Cultural Puertabierta dirigida a pensar presente y futuro de la entidad, de cara a la próxima década. En la ocasión, leí un discurso del que comparto enseguida palabras que escribí para los 25 integrantes de la LIX Legislatura.

Mensaje en el Congreso

Buenos diagnósticos no garantizan la solución de los problemas; pero los malos, ni siquiera nos permiten precisarlos. No hay tiempo que perder. Ya vivimos las dos primeras y vertiginosas décadas del 21 y debemos darles el tiempo justo a las soluciones estructurales para los problemas profundos del país y de Colima.

El libro, coeditado por el Congreso, ofrece elementos para este necesario diagnóstico, que permita trazar las coordenadas por donde idear un proyecto transformador de la educación colimense.

En algunas de las presentaciones del libro la gente del público nos dijo: ¡que lo lean los diputados! Puede ser una crítica, pero también un grito de auxilio. Una llamada a sensibilizarse frente a los problemas de la educación en la entidad, que son menores al promedio del país, pero que impulsan a no conformarnos. Les invito a que, quienes no lo leyeron todavía, lo hagan, y actúen. Los diputados tienen distintos ámbitos donde intervenir. Leer más…