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Acceso libre al bachillerato universitario

Hoy leí que dos universidades públicas importantes, como la Autónoma de Puebla y la de Guadalajara, tomaron una decisión aplaudible: todos los aspirantes a sus bachilleratos tendrán espacio seguro y no pasarán por ningún proceso de admisión.

La media superior de la universidad poblana no es muy cuantiosa, pero la UdeG debe ser, con la UNAM, las más grandes en el bachillerato nacional.

La medida podría ser secundada por otros subsistemas o instituciones públicas, habida cuenta de que no habrá las restricciones históricas de espacios físicos o maestros; con ello, de paso, envían el mensaje de que este año calendario no habrá vuelta completa a las aulas.

El anuncio no esconde ni alivia la otra desgracia que pronostica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo: un millón 600 mil estudiantes no ingresarán a las aulas de media superior y universitarias.

Entrevistado ayer para dos medios, puse al abandono escolar como uno de los retos cruciales para el sistema educativo mexicano. Si ya era un problema, con la pandemia amenaza convertirse en la tumba para las aspiraciones legítimas de superación de millones de jóvenes y sus familias.

Ojalá las políticas sociales e institucionales contengan la sangría y no sacrifiquen la calidad de los aprendizajes con una estrategia para salir al paso sin soluciones de fondo.

Una buena y una mala

Tengo dos noticias que comentar. Voy a comenzar con la mala, para cerrar con buen ánimo.

Esta mañana leí temprano que la secretaria de Salud informó que todo el estado de Colima ya se encuentra en la fase 3. El aumento sostenido de infectados por coronavirus y las muertes incesantes nos colocan en situación delicada. Para peor: estiman una duración de mes y medio, o sea, que todavía estamos muy muy lejos de respirar con alguna tranquilidad, mientras por las calles caminan a sus anchas la irresponsabilidad y los analfabetas funcionales. A pesar de ello, la Universidad anuncia que la siguiente semana volveremos a las escuelas para preparar el siguiente ciclo escolar, lo que resulta contradictorio con la situación emergente. Veremos.

La buena noticia, que alienta esperanza, es que las pruebas en humanos de vacunas contra el COVID-19 ya tienen resultados alentadores, especialmente la que se crea en la Universidad de Oxford. Me alegra por la vacuna, por supuesto, y porque sea en una universidad, lo que reconfirma que ellas tienen un rol protagónico, o pueden tenerlo, cuando se lo proponen y reúnen las condiciones para conseguirlo. Es un paso pequeño, y en algún momento será controvertido, pero ya habrá tiempo de analizarlo: ¿quiénes serán los primeros en vacunarse? ¿La vacuna será un privilegio de los países poderosos, donde se produce? ¿Primero los niños, los adultos, las mujeres? ¿Los pobres, países y personas, alcanzarán vacunas?

Había cerrado mi ciclo de conferencias en este periodo, pero no pude negarme a la invitación del Instituto Tecnológico de Roque, Guanajuato, interesados luego de haber conversado con profesores del Tec. de Celaya y otras instituciones. Será mañana a las 11, así que debo estudiar. Hoy no habrá música ni cine. ¡Buenas noches!

Universidades y pandemia

Fin de semana de vacaciones en la Universidad. Días de ocio indispensable. Leo por la mañana un capítulo de Carlos Alberto Torres, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles. Se llama “Ciudadanía global y el papel de las universidades”, presentado en un seminario organizado en agosto de 2015 por la UNAM. Está incluido en el libro ¿Hacia dónde va la universidad en el siglo XXI?, coordinado por Humberto Muñoz García y publicado por Miguel Ángel Porrúa y el Seminario de Educación Superior de la máxima casa de estudios nacional.

Lo analizo con una clave doble: por un lado, el texto reciente que escribí sobre las universidades en el pasado y el presente; por otro, con la pandemia que hizo sucumbir también los modelos educativos de las universidades mexicanas.

Cuando se acerca al final, Carlos Alberto Torres afirma las funciones características de las instituciones de educación superior y las distinciones entre ellas y los otros niveles del sistema escolar. Pondera la producción de investigación científica pura y aplicada y la preservación del conocimiento de las civilizaciones; luego, la formación de personas y las comunicaciones. Su énfasis probablemente no me conmovería si las circunstancias fueran distintas, pero es imposible leer los textos sin los contextos, como nos enseñó Paulo Freire.

El profesor Torres escribe: “Éstas -las universidades- tienen responsabilidades clave en relación con las tecnologías de la información, sobre todo cuando vivimos en una ‘sociedad virtual’, y cuando los modelos de educación a distancia están creando nuevos modos de aprendizaje permanente. Las universidades han tenido una responsabilidad histórica en la difusión del conocimiento en la sociedad en general”.

Me detengo ahí. Con ánimo inquisitivo y curiosidad repaso lo que hicieron las universidades mexicanas frente a la pandemia; lo que están haciendo, las decisiones que públicamente se conocen. Antes que balbucear respuestas, deslizo preguntas: ¿las universidades, en estos tiempos inciertos y frágiles para la condición humana y los sistemas educativos, han hecho lo que les correspondía? ¿Cumplieron su papel? ¿En efecto, las universidades están creando otros modos de aprendizaje permanente? ¿Atendieron la responsabilidad histórica en un momento en donde fallaron los mecanismos instituidos y se desafía la imaginación?

¿Más allá de lo que pudieron hacer, les corresponde una tarea principal en la reorientación de los sistemas educativos pospandemia?

Me circunscribo al ámbito de Colima: ¿es posible construir un espacio de colaboración efectiva entre el sistema educativo estatal y las instituciones de educación superior donde se forman especialistas y se investigan los temas educativos? ¿Es deseable una colaboración distinta, inédita, más allá de convenios y formalidades, una que constituya a Colima, ahora sí, en un referente para México en materia pedagógica?

Esta podría ser la oportunidad que no buscábamos ni esperábamos, pero podríamos aprovechar.

 

 

¿Una clase o cinco clases?

Ayer tuve oportunidad de presentar una conferencia ante poco más de 300 profesores de la Universidad Autónoma de Coahuila, a través de la plataforma Teams y más de 280 personas en Facebook. Apuntar el dato no es presunción, sino los lectores a los que pretendería llegar con estos párrafos.

Luego de la conferencia fui a la página de Facebook para conocer la valoración de los participantes. Había más de 500 comentarios, para la primera conferencia del día [una profesora argentina] y para la segunda, que titulé “Enseñar en la Universidad en tiempos de pandemia”.

Leí con mucho interés y donde correspondía, agradecí, saludé o dejé algunos comentarios.

Leyendo a varios profesores me percaté que pude propiciar una confusión y heme aquí, dispuesto a zanjarla.

En alguna parte de la charla comenté que hay posturas que señalan la necesidad de abandonar las clases largas y cambiarlas por otras más cortas, que es preferible cinco clases de 10 minutos a una clase de 50 minutos; aquí, el término “clases” no lo referí a la unidad temporal de organización del trabajo escolar, el horario o dosificación curricular [decimos: tengo cinco o seis horas de clase por semana en mi materia], sino a la parte de la misma en la que los profesores hablamos, hablamos y hablamos.

En otras palabras: cuando digo, cambiemos una clase de 50 minutos por otras más cortas, no me refiero a la organización escolar, sino a la organización didáctica, de tal suerte que el profesor hable menos y los alumnos hablen más o, depende de materias y carreras, que los profesores hablen menos y los alumnos hagan más y participen mejor.

El principio de todo esto es que no hay recetas, que no existen soluciones universales o genéricas. No me atrevería a expresar que en medicina, ingeniería, biología o contaduría las horas-clase deben durar tantos minutos, o que la clases-actividades en el aula deben organizarse de tal o cual forma; eso ya corresponde a los profesores en lo individual, pero sobre todo, a los equipos docentes.

No sé si la aclaración ha sido clara, perdón la redundancia: nunca pretendí decir que el maestro debe estar 15-18 minutos en un aula y luego salirse al siguiente grupo, cuanto que el tiempo que dure en cada una, no puede estar disertando todo el tiempo, ni la mayor parte [aunque, repito, dependerá de la materia, nivel, objetivos de aprendizaje].

Las clases tradicionales, el profesor hablando parado frente al grupo, no se van a jubilar con pandemia o sin pandemia, pero es indudable: cada vez son menos efectivas como la herramienta principal para promover aprendizajes. De eso podríamos hablar largo y tendido, pero he dicho que desaconsejo las peroratas largas, y debo ser congruente.

PANDEMIA Y UNIVERSIDADES

Muchas horas de trabajo reciente dediqué a estudiar las consecuencias de la pandemia en las instituciones de educación superior. Complemento el aprendizaje con una dotación sustanciosa de seminarios web y conferencias en línea con personas de distintos lugares del mundo, en temáticas diversas y posturas amplias.

Cuesta procesar tal profusión informativa. El cuaderno rojo que destiné para tomar notas suma sin cesar páginas en tinta negra. A veces pauso la agenda y observo otros paisajes, luego vuelvo.

En la semana leí, entre otros documentos, el libro con más de treinta capítulos breves escritos por académicos del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, que me envió su director, Hugo Casanova, con quien tuve la fortuna de estudiar en uno de sus cursos de posgrado.

En el libro encontré algunos capítulos muy interesantes; lo mejor es la intención de contribuir a un debate que va requiriendo puntos cardinales para no sucumbir ante la infodemia.

Entre las reflexiones más interesantes que escuché están las de Boaventura de Souza Santos en su conversación con Pablo Gentili para el Ministerio de Educación argentino. Para “Boa”, las universidades antes de la pandemia ya vivían acosadas, maltratadas por el gobierno en algunos países, como Brasil; en otros, sujetas a restricciones presupuestales, México por ejemplo.

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