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Sábado lector

Después de dos horas de clase y dos más revisando sendas tesis de licenciatura, al mediodía abrí una pausa. La tarde, después del calor, fue de lectura. Avanzo lento pero divertido leyendo “Quijote”, de Salman Rushdie. En el primer centenar de páginas, un quinto del libro, no hay respiro ni desperdicio. A golpe de novelas el escritor nacido en Bombay se va convirtiendo en uno de mis autores favoritos de habla no hispana.

Me he prometido dedicarle el menor tiempo posible a las redes sociales y evitar la epidemia de intolerancia que domina el mundo político nacional y no conduce a ninguna parte. Menos redes y más lecturas son una forma de descanso activo que me sienta bien.

Marzo volando de prisa

En algún punto de marzo perdí la noción del tiempo. Más o menos la recobré esta mañana al detenerme en el calendario. Marzo se fue y me deja una estela de momentos y sensaciones.

Fue el mes más improductivo en dos años para mi página web. Apenas una entrada cada tres días.

A cambio, tengo en el escritorio la antepenúltima versión de mi nuevo libro que tiene por título tentativo La universidad que soñamos. El fin de semana, o la próxima, estará lista la tijera para la corrección.

Escribí menos, pero leí un poco más. Anoche comencé, sin saber que era la despedida del tercer mes, Quijote, una novela delirante de Salman Rushdie, actualización del Quijote manchego, a los tiempos en que las pantallas infinitas te comen el cerebro y consumen tiempos.

Jonas Jonasson, Jorge Larossa, Gabriela Mistral, Daniel Cassany y Ambrose Bierce fueron compañía agradable durante las semanas previas. Otras esperan.

La lectura es terapia; la escritura, placer. Privilegios ambas. Ojalá abril me regale unas cuantas horas más de las que se perdieron en marzo.

Inician las campañas: ¿veremos algo distinto?

¡Comenzaron los campañas electorales! En unos meses la ciudadanía, más o menos informada, más o menos enajenada, más o menos enojada y, espero, más libre, elegirá a la próxima gobernadora o gobernador de Colima.

Muchas ideas me vinieron a la cabeza. Pensé en los que ya se van. Los que que gobernaron seis años, o menos, porque se incorporaron después. El gobernador y su equipo. Más allá de su campaña propagandística, los resultados están muy lejos de colocarlos entre los mejores gobernantes de Colima. Lejos quedamos de vivir felices y seguros.

Pienso también en los que compiten ahora. En los que se inscribieron con buenas u otras intenciones y los que tienen posibilidades reales de ser electos. Electas, por supuesto. Pensé en las intenciones genuinas de cada una, lejos de las campañas y los micrófonos: ¿para qué quieren gobernar?, ¿saben?, ¿pueden?

Pensé en las campañas. En que ahora, a cada paso, en cada pantalla, en cada avenida estaremos inundados de publicidad contándonos loas a los candidatos, a las candidatas.

Pensé, quiero pensar, que los ciudadanos estarán atentos y recibirán (es más una ilusión, admito) campañas ejemplares. Ojalá sea así. Nos merecemos campañas y candidatos distintos.

Empezamos las campañas y me pregunto: ¿veremos algo diferente? Quiero decir, ¿veremos algo mejor?

¿El gran pecado de la escuela?

Leo en Alberto Royo (Contra la nueva educación) una crítica despiadada a la situación educativa española. Dispara contra una y otra ley, la del Partido Socialista y la del Popular. Asegura: “De los muchos errores cometidos, quizá rebajar el nivel de exigencia haya sido el más grave, una equivocación de la que nadie se ha hecho ni se hará responsable”.

La frase me suena y resuena. La marco en verde y escribo una nota al margen para ilustrar la probable utilidad. Pero me sigue dando vueltas y abro esta página del Cuaderno.

Advierto que en México, con la pandemia, nos podría estar sucediendo lo mismo. Expongo esbozos de ideas.

En aras de no fastidiar a los niños (y a los mamás) y adolescentes, se trata de no exigir demasiado, parece. De matar el esfuerzo individual, la exigencia intelectual. En cambio, se premia la conformidad: todos iguales… de mediocres.

Tengo algunas anécdotas. Sólo cuento una chiquita: el papá de un estudiante de bachillerato me pregunta por qué tienen tan pocas clases; que en primaria, dice, ven más a los profesores. Una anécdota no es suficiente, pero pregunté a varios y me confirman. Es así.

Es un error, creo. La educación facilona, plana, mediana, es aburrida, cansa, no desafía. Es una canción de cuna, como diría Paulo Freire. ¿Y si nos la imaginamos distinta? ¿Cómo un desafío intelectual, como un reto a los estudiantes? ¿No sería, incluso divertido, para ellos, y para los maestros?

Páginas adelante, Royo cita a Sócrates: “Nada resulta demasiado difícil para la juventud”.

Me gustaría discutirlo con otros colegas, con estudiantes, con madres y padres.

Días con magia

Algunas mañanas abro la puerta de mi estudio. A veces escucho, involuntariamente, las clases de Mariana, cuando no usa audífonos; o sus participaciones.

Así sucedió una mañana hace algunas semanas. Me sorprendió el tono y el contenido. Me asomé a la puerta con discreción y la vi absorta. La dejé y volví a mi silla. Al terminar la jornada le pregunté por aquello que había escuchado. Es un monólogo, me dijo. Me gustó, me gustó mucho, respondí. Aparentó no darle importancia. Entonces le propuse publicarlo. Se lo pedí para leerlo con calma y accedió.

Estuvo guardado en mi pantalla hasta que la semana pasada lo retomé. Corregí pocos detalles: alguna repetición, eliminé dos o tres palabras, puse un punto. La tarea normal de corrección. Se lo pasé y pedí su aprobación. Sí, si te parece, publícalo.

Hoy, en el portal de El Centinela, donde colaboro semanalmente, apareció y me sentí muy contento de ver su historia y luego, en Facebook, leer comentarios, palabras de aliento y felicitaciones para Mariana Belén.

No, no heredó nada mío. No tengo mayor mérito. Lo suyo fue creación pura. Lo mío es distinto. Es ella, sólo ella quien marcará metas y límites. Yo la seguiré, aplaudiré y festejaré cada pequeña o gran victoria. Seré el más orgulloso de los padres. Siempre. Y cuando el resultado sea distinto, estaré dos veces, las que sea necesario.