Blog

Una canción me trajo aquí

Este mediodía, luego de las labores universitarias, fui a mi pueblo. Destino único: la tumba de mi madre. Desperté así, con el ánimo en subibaja. Quería conversar con ella. La idea surgió súbitamente. No lo pensé mucho cuando decidí. Cerré la computadora, la casa y subí al auto. Manejé sin prisa, con ganas de disfrutar el viaje, la vuelta a la tierra que huele a caña y azúcar. Quería ver los cañaverales, la danza de sus espigas. Los volcanes. Respirar de nuevo aquellos aires. Así fue. Todo tal cual. Llegué al cementerio. Sólo estaban unos trabajadores que soldaban en alguna tumba cerca de la nuestra. El sol a plomo me obligó a entrar en la casita y desde ahí dialogué con doña Rosa. Los detalles no los cuento, bien sûr.

A la salida del panteón me entraron como una ráfaga los mil recuerdos que tengo de infancia y juventud. Primera juventud, disculparán. Y subí, porque en mi pueblo, como sabrán quienes son de allá o estuvieron por esos pagos, su sube y luego se baja, o viceversa. Entré y recorrí las calles entrañables. Pasé por la Eva Sámano, mi primaria y luego secundaria. Así me fui, sin tiempo fijo ni prisa. Recorriendo las calles y la película de mi vida, un pedacito.

Luego vinieron a la memoria mis amigos de esos años: Pancho Rivera y Alejandro Ochoa en la primaria; Mario Rodríguez, de secundaria, con quien compartí labores para ganarnos unos pesos vendiendo lo que podíamos, como periódicos o fotos de nuestro amigo Juan Bautista, “el fotógrafo”, como le apodaban quién sabe por qué extraña asociación; tan amigos Mario y yo que la chica a quien primero pedí ser mi novia, terminó en sus brazos y yo, sin rencor, le sigo apreciando, porque a los míos llegaron otros de cuyo nombre no debo acordarme. En la época del bachillerato tuve como amigo y compañero de equipo al “Urban”, o Urbanito, como apodaban algunos a aquel muchacho de más de 1.80 metros, mi querido Urbano Gómez.

Como ven, fue un doble viaje, o muchos viajes. Al pueblo y a mi vida en esos años en que, con poquito, éramos tan tan felices como no lo sabíamos.

Cubrebocas y sana distancia

Después de varios meses leyendo a diario, casi como obseso, todo lo que se podía encontrar de la pandemia, de escuchar las conferencias vespertinas y repasar las estadísticas fatales de México y Colima, hice una pausa y decidí poner sana distancia. Estaba infoxicado y necesitaba otras noticias, sobre todo, para cambiar el estado depresivo a que me llevaba el caudal informativo por el panorama sombrío.

Ahora dedico poco tiempo al recuento terrible, aunque es suficiente para constatar que seguimos incapaces, ciudadanos y gobernantes, de poner un alto contundente al tsunami de contagios. Mis lecturas, más selectas, atienden algunos temas y cambio de canal pronto.

Con la sana distancia me fijé el cubreboca para callarme y hablar poco de la actuación gubernamental. Tengo diferencias con enfoques y énfasis en los temas donde navego con relativa familiaridad, pero me abstengo, salvo que sea verdaderamente necesario.

Hoy vuelvo al tema por la confesión que hizo el presidente de estar infectado de COVID-19. Preciso: por el barullo mediático que se formó alrededor de la noticia y el nuevo capítulo de la división virulenta entre sus seguidores y opositores.

Cuando parece que las aguas alcanzaron un nivel y se estabilizarán, circunstancias como la referida desbordan filias y odios. Me parece indeseable para una vida democrática sana que el insulto y la grosería sean la fórmula de cortesía para referirse a quien piensa distinto.

Es verdad que tengo diferencias y críticas al desempeño del presidente, aunque aprecio algunos esfuerzos. Pero esas discrepancias no hacen que albergue, ni por un momento, la idea de celebrar que enferme; menos, que se agrave.

Ojalá pronto se recupere y que la convalecencia le sirva para reflexionar si en verdad el gobierno está haciéndolo tan bien o es tiempo de enderezar decisiones.

Ojalá pronto vuelva a sus mañaneras, aunque yo no le dedique un minuto.

Fin de aventuras escolares

Una parte de este fin de lo semana lo dediqué a calificar los trabajos finales del curso que imparto en la Universidad y las evaluaciones que hicieron los estudiantes. Aunque estoy pasando horas complicadas porque debo terminar el capítulo de un libro, el tiempo para leer a los estudiantes fue enriquecedor. Estimulante.

Cuando comencé el curso tenía serias dudas. Me inquietaba la posibilidad de conectar con los estudiantes para cumplir los objetivos. El semestre anterior nos había dejado insatisfechos. La deuda con ellos era enorme. Se trataba de un semestre donde debían realizar prácticas en escuelas, entrevistar directores, palpar el territorio pedagógico.

¿Cómo haremos los profesores, la Universidad, para resarcir lo que no pudimos realizar en estos meses?

Es verdad que hacemos un gran esfuerzo, unos más que otros, pero hay déficits que no sé cómo podremos pagar.

Vuelvo. Después de leer una veintena de opiniones de los estudiantes confirmo mi percepción de que fue una experiencia de aprendizajes positiva. Pudo ser mejor, sin duda. Además de sus opiniones, me gustó mucho leer sugerencias de cómo podría trabajar algunos aspectos para que a los estudiantes del siguiente curso les vaya mejor.

Los finales no siempre son felices. Pero hoy sí. Valió la pena intentarlo.

Adiós a La Medusa

Esta noche pasé por La Medusa, el restaurante que se ubicaba en Ignacio Sandoval. Se ubicaba, dije bien. Me sorprendió ver que está desmontada la terraza y cerrado. Otra víctima de la pandemia.

Lamenté el cierre por los buenos recuerdos en los poco más de 20 años en que, en ciertos momentos, lo visité.

Lo lamenté, sobre todo, por los probables desempleados que dejó y por su dueño, Memo Santana, a quien respeto y estimo.

Fue imposible no revivir momentos ahí o en su sede original, por Sevilla del Río.

En los años más recientes La Medusa se había convertido en sitio donde pasé muchas horas con Rubén Carrillo y, con frecuencia, nos encontramos para, entre mil temas, contarle de mis esbozos de libros y luego, cuando fructificaban, revisar las correcciones de estilo implacables que realizaba.

Puedo decirlo sin fatuidad: ahí se parieron las versiones definitivas de más de un libro y, por eso, a mi lamento, sumo una dosis de tristeza.

Días de gozo

Dentro de la tormenta, en la larga noche de dolor y muerte, hay días donde el Sol asoma con fuerza para calentarnos un poquito la piel y el corazón. Me pasa hoy. Luego de una semana de trabajo intenso, hemos terminado las pruebas finales para la edición que se imprimirá del libro Lecciones y reflexiones. Mi vida en el Instituto.

Gracias al apoyo invaluable de Rubén Carrillo, corrector y mentor en estas lides, la nueva versión del libro en sus dos formatos, digital de descarga abierta e impresa, en un tiraje personalísimo, tendrá una presentación mejorada con el ojo diestro.

Cierro así todas las actividades que implicaba la preparación editorial, abro algunas pocas para su difusión, y sigo en las tareas a que dedicaré la mayor parte del año.

En 2021 se cumplirán los cien años del nacimiento de Paulo Freire. Será un año de conmemoraciones en el mundo. En mi agenda anoté en primer lugar la relectura de su obra completa como proyecto central. Tal vez algún producto salga de la faena, entre tantas horas y apuntes.