Diario 2015

Prolongando el final

Posted by Juan Carlos Y√°√Īez Velazco

El estudio en penumbra apenas se iluminaba con la pantalla de la computadora en la mesa de trabajo. La ventana recib√≠a en sus cortinas el t√≠mido viento fresco. Los cantos de las aves en las ramas de los √°rboles eran arm√≥nicos, audibles sin estridencias, como respetando la √ļltima etapa del sue√Īo en la ciudad casi desierta. Libros encimados en un par de sillas, dos enormes diccionarios y otro de sin√≥nimos, uno abierto de par en par sobre el gran atril que hab√≠a recibido de regalo una navidad muchos a√Īos atr√°s. El iPad sin pila despu√©s de una noche de lectura. Era el ordenado caos del escenario.

El hombre maduro, joven aprendiz de escritor, que una ma√Īana, trece meses atr√°s, hab√≠a visto encenderse la luz de la escritura mientras ca√≠an las hojas de las jacarandas frente a su ventana, segu√≠a sentado casi en la misma posici√≥n. Su actitud parec√≠a de tristeza. As√≠ los reflejaban los ojos, con un apagado brillo, dolorido, un color de piel escasamente vigoroso. Era un retrato atravesado por sentimientos en la escala del pesar. Los kilos de caf√© bebidos, los garrafones de agua, las botellas de vino tinto consumidas se acumulaban en alg√ļn ignoto inventario; tantos, que podr√≠a decirse que nunca una persona consumi√≥ tantos productos de ese tipo en el mismo tiempo, sin efecto alguno visible.

Muchos meses despu√©s, con flores de jacarandas que hab√≠an vuelto a ponerse y caerse, a la historia le faltaba el final. Y una historia, como queda claro, no est√° terminada, no existe, sin comienzo ni final afortunado. No tenerlos equival√≠a a no poseer una historia entre las manos, a no ser capaz de resguardar para siempre en el mundo de las p√°ginas un trozo de su vida, que era la √ļnica manera en que podr√≠a sobrevivir a la desventura, como la persona arrancada de su paisaje, como la foto de pareja que se tijeretea despu√©s de la en√©sima discusi√≥n.

Baj√≥ los brazos el hombre. Cansados, cansado todo √©l. Afectado como no lo recordaba en su delirio. Gir√≥ los ojos a la esquina. Despuntaban rosados rayos del sol despu√©s de la lluvia nocturna. Entre los edificios vecinos pod√≠a adivinar la hora por los haces luminosos. Y c√≥mo no, si hab√≠a pasado en ese sitio sin levantarse innumerables d√≠as. Volvi√≥ la vista al frente. Las ramas secas de la jacarandas apena sosten√≠an hilos violetas, algunos retazos del verde que comenzaba a germinar. Las √ļltimas hojas lo hab√≠an visto febril, solo levant√°ndose de la computadora para servirse caf√©, agua mineral o salir por una bolsa de comida.

La historia, como se dijo ya, estaba casi terminada, pero sin final tambi√©n podr√≠a afirmarse que no estaba escrita a√ļn. El hombre, cansado, se resist√≠a. Sus manos no le obedec√≠an a las t√≠midas √≥rdenes que enviaba el cerebro. No quer√≠a escribir el final, no pod√≠a escribirlo. Hacerlo, a pesar del deseo ferviente, equival√≠a a quedarse de nuevo sin nada, sin la historia, sin proyecto, sin nadie al lado, aunque fuera en el archivo de una computadora, solo en la compa√Ī√≠a de miles de palabras.

La tensa, impaciente espera era la √ļnica liga a un charquito de vida; no quer√≠a hundirse, ni que se secara para siempre. All√≠ seguir√≠a, con los brazos ca√≠dos, con las pies destrozados como los crucificados en la √©poca del nazareno, como un coraz√≥n extinto. Prolongando la larga espera en que tendr√≠a, irremediablemente, que poner fin a la historia, aunque se congelaran los dedos encima del teclado negro.

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