Confieso con pena que cuando leĂ la noticia de un hombre atrapado en una noria de Montitlán me enfadĂ©. Montitlán es un pueblo cercano al mĂo, más pequeñito, fresco, agradable, hacia donde solĂa correr por las tardes en años juveniles, y en cuya carretera aprendĂ a manejar cuando pude comprarme un auto. Pueblo de gratos recuerdos.
PensĂ© que la noticia no era algo trascendente. Pensar es un decir. Estaba equivocado, supongo. Los dĂas fueron pasando y me desesperaba leer que todavĂa no podĂan sacarlo; luego supe que el infortunado se llamaba Julio CĂ©sar y tenĂa 36 años. ImaginĂ© a la familia, a la madre, a la esposa e hijos, a los hermanos que lo extrañaban.
No creo haberlo conocido, aunque me daba vueltas por la cabeza su identidad. Varios dĂas despuĂ©s, anoche, la noticia me cayĂł como un elefante en el cuerpo. No lo podĂa creer. TodavĂa no entiendo quĂ© pasĂł, aunque no he leĂdo ninguna nota posterior al anuncio del fallecimiento. SĂłlo pude imaginar la terrible desgracia de pasar cinco dĂas enterrado en un pozo, sin poder salir y sintiendo perderse las esperanzas a cada hora. Maldiciendo el momento, lamentando el error o la mala suerte, llorando la pena de no ver más a los queridos. Muriendo de nada.
