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Premio al amor, al dolor y la esperanza

Escuché el mensaje de una de las madres y luego leí las notas periodísticas sobre la entrega del Premio Estatal de Derechos Humanos a la organización Red de Desaparecidos en Colima, A. C.

Me llamó la atención, anecdótico nada más, que la mayoría de las premiadas son mujeres. La intervención de una de ellas en la ceremonia es conmovedora: no queremos medallas, queremos a nuestros hijos.

No quise imaginar, ni un poquito, el enorme dolor y vacío que las acompaña cada día, en que siguen su lucha buscando y buscando.

El premio es incuestionable, pero ¿quién quiere un premio así? ¿Quién disfruta un premio en esas circunstancias?

Junto al dolor de las madres, es inevitable poner al ladito, pegadito, el reclamo enérgico a quienes debiendo cuidar, no lo pudieron hacer. Y cuando ocurrieron las desapariciones, fueron ineptos en la tarea de hacerlos aparecer.

Es un “premio” a ellas y un reclamo indignado al gobierno, a los gobiernos.

Regreso a clases en enero. Sí, pero no así

El martes el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, fue de nuevo noticia. Anunció que en enero los estados en el verde del semáforo epidemiológico regresarán a clases con protocolos sanitarios y de manera voluntaria.

Para los estados en amarillo podrían abrirse Centros Comunitarios de Aprendizaje, donde se impartirían asesorías pedagógicas, psicológicas y sociales a estudiantes e, incluso, a docentes.

Por supuesto, causa controversia. Entre algunos expertos hay urgencia en el retorno a las aulas, apelando a argumentos basados en las evidencias de otros países, pero no serán ellos quienes vayan a las escuelas o a centros comunitarios. Son las maestras, los niños y, por supuesto, las mamás, quienes opinan distinto.

En su discurso y en el boletín de prensa, el secretario privilegió el retorno gradual y seguro de los estudiantes a las escuelas. De los dichos de Moctezuma a las condiciones para cumplirse, hay brechas y dudas.

Para los Centros Comunitarios de Aprendizaje se informaron medidas concretas, acordadas con la Secretaría de Salud, por ejemplo: filtros escolares, sana distancia, uso de cubrebocas, asistencia escalonada y limitada, priorizar espacios abiertos y limpiar mobiliario y equipo después de cada clase.

El secretario sigue pensando en un modelo de escuela que no es la realidad generalizada: la de organización completa y con personal de apoyo. Pero los datos del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación reflejaban que el 40 por ciento de las escuelas primarias del país son multigrado, con sus variantes, y no cuentan con más personal que uno, dos, tres maestros.

¿Está pensando el secretario de Educación Pública que los maestros operarán los filtros escolares, darán las asesorías, revisarán actividades, luego tomarán los utensilios para la limpieza y desinfección de los espacios y mobiliario?

¿Cuándo recibirán las escuelas termómetros y los materiales indispensables? ¿Enviarán computadoras e internet a donde no existen?

¿Cuánto dinero destinará el gobierno federal (y los estatales) para acondicionar las miles de escuelas donde no existen servicios sanitarios y agua? ¿Cuándo comenzarán?

¿Cuánto personal contratará la Secretaría de Educación Pública para realizar las tareas de apoyo psicológico y emocional para estudiantes y docentes?

¿Otra vez será con pura buena voluntad?

Lo dije la semana pasada y lo repito: cuando a estos anuncios no los acompañan pesos y centavos, tenemos razones (y obligación) para la sospecha.

 

 

 

Despertar abrupto

Desperté a las 4:15 de la mañana, intempestivamente, asustado por el movimiento. No sabía si temblaba o era un mal sueño en estas noches pandémicas que a veces se convierten en pesadillas. Con el corazón acelerado me paré a observar y en previsión de que siguiera temblando. No pude dormir más.

Al susto del despertar abrupto lo compensó la noticia de la nonagenaria que recibió la primera vacuna en Reino Unido. Algunos titulares hablaban de la primera mujer en el mundo. Ahí me confundí. Creía que habían sido los rusos los primeros en recibir la vacuna el fin de semana. Otros portales y medios precisaban: primera persona en Reino Unido. Por cierto, el segundo británico, de 81 años, se llama William Shakespeare. Leí hace un instante. Dejé el tema.

En el baño pensaba en las contrastantes realidades que vivimos: la pesadilla de COVID-19 que cambió nuestro mundo y la posibilidad de ser testigos, en tiempo real, de lo que sucede en cualquier parte del mundo, de lo bueno y de lo feo.

¡Y lo que nos falta!

Aprende en casa 3

Esteban Moctezuma Barragán, secretario de Educación Pública, anunció que ya preparan la nueva versión de la estrategia nacional frente a la pandemia de COVID-19: Aprende en casa 3. Era una decisión predecible, como prolongar la no vuelta a clases, ante el alud de infecciones que recrudecieron las críticas cifras de la pandemia.

Alejandro Morduchowicz, experto argentino radicado en México, ha dicho que, en general, los ministerios de educación han sido rebasados e incapaces de enfrentarse a la emergencia.

México, la SEP, no escapa al juicio, aunque el secretario presuma que hemos ingresado a otra era de la educación digital, en declaración que mezcla cinismo y demagogia.

Asumirse como excepcionales, para bien o desgracias, parece un rasgo del ser latinoamericano. Exhibe ignorancia o cinismo, o ambas cosas y algo más.

Con los estudiantes del curso que imparto en Pedagogía de la Universidad de Colima, hicimos un estudio comparativo de los sistemas educativos frente a la pandemia en la primera etapa del confinamiento. En conjunto, habremos estudiado unos 35 o 40 países y encontramos diferencias con el caso mexicano, como similitudes, pero entre los sistemas universalmente reconocidos como extraordinarios, no estará el mexicano.

Estamos a tiempo, muy a tiempo de planear el inicio del 2021 y aprovechar las lecciones que ya nos dejó la pandemia. Eso o seguir la lamentable estela de improvisaciones. Aplica para los sistemas educativos, pero también para las instituciones, como las universidades. La exigencia es la misma: evaluar para comprender, planear las estrategias más adecuadas, después evaluar, corregir y así. Eso, o la improvisación, como ha sido.

La pandemia es, también, la oportunidad para demostrar las lecciones aprendidas. Veremos si lo aprueban los responsables. Por ahora, están suspendidos.

 

¿Importa la educación?

El martes, en otro espacio radiofónico compartí una propuesta radical de Naomi Klein, periodista, escritora y activista canadiense.

En su libro Los años de reparación, nos dejó una idea provocadora para la reflexión, pero temeraria para las autoridades de los sistemas educativos y la cultura instituida en torno al cambio en las escuelas.

Dijo Naomi Klein: “En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre”.

Pensé, pienso, si es posible hacer algo semejante en México.

Me vienen a la cabeza las recientes declaraciones del secretario de Educación Pública, aplaudiendo que en estos dos años hemos avanzado muchísimo, porque no hay huelgas, porque hubo acercamiento con el magisterio, porque se instaló la Nueva Escuela Mexicana y porque tenemos Aprende en casa 1 y 2, y otras bondades por el estilo.

Con ese optimismo, dirán que cambiar no es necesario si ya estamos revolucionando la pedagogía.

En otras esferas, alimentadas por datos y perspectivas distintas, la idea de Klein es muy sugerente. No sólo es posible, sino urgente y necesaria en muchos lugares, donde no existen condiciones materiales, ambientales, tecnológicas e higiénicas para volver a una mejor escuela que la de marzo pasado.

Se nos fueron otra vez los meses. Es decir, se le están yendo a las autoridades, que en este momento ya tendrían que estar haciendo todas esas reparaciones.

Pero eso significa, como podrán imaginarlo, que hay presupuesto y un proyecto para que volvamos a otra escuela.

Sin embargo, no aparecen en el horizonte ni dinero, ni proyecto. Así, entonces, es impensable.

La lección que aprendí con Alejandro Morduchowicz, argentino radicado en México, es imperdible: sospechemos, siempre sospechemos cuando al discurso del cambio en la educación, no lo acompañan los presupuestos.