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La escuela que soñamos

PortadaEl título de mi próximo libro es el mismo de esta colaboración: La escuela que soñamos. Hace unas horas entregué a Puertabierta, editorial colimense, las últimas correcciones.

La escuela que soñamos cierra un díptico abierto con Las escuelas: desolación y encanto. Es la otra cara: el primero, una revisión crítica brevísima sobre las imperfecciones de la institución escolar, que diera pauta al segundo, más esperanzador, creyente de que, pese a los inocultables defectos y amargas sensaciones que deja el sistema escolar, es posible y necesario construir una escuela distinta.

El proyecto de escritura nació en Córdoba, Argentina. Allí concebí algunas páginas que luego se integraron al primer volumen. Para este segundo, recuperé lecturas y el espíritu original.

La idea se inspira en la visión de Paulo Freire sobre la pedagogía: denuncia-anuncio, crítica-propuesta. Cada volumen responde más a una de las partes del binomio, aunque en el primero tuve que matizar para no ofrecer solo una visión descarnada.

La escuela que soñamos es un caleidoscopio de visiones, propuestas, experiencias recogidas en múltiples lecturas y contextos, en la pedagogía y fuera de ella, para ofrecer un panorama de posibilidades. No es un libro-receta; ni las tengo ni creo en ellas. Quiere provocar reflexiones, interrogantes y, si es posible, emociones.

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Messi y las alegrías del fútbol

Lionel-Messi-destacado-IILas fechas de abundante fútbol que observamos en Europa y América, de calidades disímiles, han dejado momentos gratos y un gran hueco en el estómago con el anuncio de que el mejor jugador del mundo abandona la selección de su país. En principio, quise escribir del tema en el Cuaderno (blog) dedicado a reflexiones personalísimas. Lo impidió la desazón emocional y el exceso de trabajo. Sin embargo, revisando las páginas en mi Diario 2015 encontré una dedicada a celebrar el significado que a veces tiene ese deporte, y algunos jugadores, que nos reivindican y producen alegrías desmesuradas o nudos tristes. Aquí la comparto.

El fútbol no goza de buena reputación en el mundo intelectual. Por lo menos en una parte de ese planeta que prioriza la racionalidad.

A quien se atreve, confesar afición puede acarrearle oleadas de indignación y el desprecio de los vigilantes del orden y las buenas costumbres.

Pero está claro: uno no puede ir por la vida contra los prejuicios; menos, pretender la complacencia de quienes piensan y sienten distinto. Cada cual con sus vicios y virtudes, con sus santos y demonios.

Hombres extraordinarios que disfrutaron ese deporte, de la talla de Albert Camus y Eduardo Galeano (por citar dos nombres mayúsculos), nos purifican del pecado de la pasión por el buen fútbol; o por lo menos un poquito.

Pero ese deporte, que ha servido y sirve para tantos y tan antagónicos fines, también regala ejemplos revitalizantes, que reconcilian con la vida, aunque no nos olvidemos de la mafia que lo gerencia. Una situación así leo en CNN. Anfal Amar, una niña de 15 años, presenció la muerte de su padre una década atrás: “Cuando las tropas estadounidenses mataron a mi padre delante de mis ojos entré en un estado de conmoción, no salía de casa y no quería vivir.”

Su cariño por el Fútbol Club Barcelona, inculcado gracias a su hermano, le regresó la alegría. La madre contó: “la creciente atracción de su hija por el Barcelona la ayudó a olvidarse gradualmente del fallecimiento de su padre y recuperar la alegría; por lo que se animó y ahorró para comprar todo tipo de objetos relacionados con ese equipo, dispuesta a hacerle olvidar el dolor y la pérdida”.

Ahora, sueña con ver un día al Barça en Camp Nou y conocer a su ídolo, Lio Messi.

Cuando suceden hechos así, uno sólo puede sentirse agradecido con el balompié. Con un caso como el de la niña iraquí sería suficiente para firmar la pipa de la paz y pedirle al árbitro que suene el silbato para que la pelota ruede; y a Messi, que no se canse de brindarnos su magia en las canchas del deporte más hermoso del mundo.

Educación como pizzas

Lunes por la tarde. Bajo del auto y abro la puerta de mi hijo. Con desenfado arrastra su mochila de la escuela, cargo la mía y avanzamos a casa. En la puerta, un papel cubre la cerradura. ¡Publicidad! Habitual en estos pagos. Al llegar, Juan Carlos, lector principiante, se adelanta y lee las siglas de la universidad (sic) promotora, que por el nombre parece de auténtica clase mundial.

En mi estudio abro el tríptico. La oferta es amplia. Se asemeja al menú de una pizzería o restaurante de sushi: preparatoria en tres y dos años; licenciaturas en tres años, con sistema escolarizado (precisan: de lunes a viernes) o semiescolarizado (más precisiones: solo sábados). La oferta es variada en áreas y carreras que no tiene ni la Universidad de Colima, con todo y su infraestructura; especialidades en un año; maestrías de año y medio o dos años, restringidas a las áreas presuntamente “fáciles” y baratas (educación y administración, o cosas así), doctorados en modalidad fast track (dos años).

Está casi todo. Solo faltó agregar que ofrecen el paquete con la tesis terminada, para facilitar la trayectoria escolar. O que quitaron ese trámite fastidioso, para apresurar la subida del promedio de escolaridad nacional.

La proliferación de universidades, escuelas, establecimientos y changarros que ofertan educación privada se volvió casi frenética en el Colima de los años recientes. De unas cuantas universidades e instituciones privadas de educación superior, que ayer podíamos recitar de memoria, pasamos a una larga lista de expansión incesante, de disímbolas calidades y precios.

Debo advertir lo que no siempre es tan obvio: toda la educación tiene una función pública, y eso incluye a la que ofrecen los particulares; por tanto, debería estar sujeta a las mismas regulaciones que la enseñanza en las universidades públicas. En México no sucede así, y la mano invisible del mercado, con frecuencia omisa, mece la cuna a su antojo.

Lo digo con franqueza: estoy en contra de la mala educación, impartida en escuelas públicas y particulares, de primaria o universitaria. Y no deberían existir, pero es punto y aparte.

Aunque las regulaciones de la enseñanza particular son federales, sería buen momento, en Colima, para analizar su impacto, crecimiento, perspectivas y calidad. Y porque es posible, avanzar en la construcción de un marco regulatorio adecuado, que pueda innovar y ser modelo en el país.

No dudo: Colima puede ser un sólido punto de referencia en educación, y este tema es una estupenda oportunidad.

Maestros de América Latina

FB_MAESTROS_DE_AMERICA_LATINAEn las últimas semanas mi agenda laboral cambió sustancialmente. La placidez de hace tres meses dio paso a un ritmo de montaña rusa, con subidas lentas y descensos vertiginosos; una semana intensa, sábado y domingo incluidos, otra más reposada. Entre unas y otras voy saltando hacia espacios indispensables para conservar la compañía de lecturas y algunos trazos de escritura; incluyo videos siempre ilustrativos.

Entre esos videos, en semanas recientes, dediqué muchos minutos a la serie “Maestros de América Latina”, una producción del Canal Encuentro, del Ministerio de Educación de la República Argentina, creado en 2005 durante el gobierno de Néstor Kirchner.

Los objetivos de Canal Encuentro, informa su portal, son los siguientes:

-Contribuir a la equidad en el acceso al conocimiento para todos los habitantes de la Argentina y países de la región, independientemente de lugar de residencia o condición social.

-Brindar a las escuelas contenidos televisivos y multimedia que aporten a la calidad de la educación argentina.

-Ofrecer herramientas innovadoras para facilitar y mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje en el marco de los desafíos actuales de la educación para la construcción colectiva de una sociedad más justa.

En su propia declaración, Canal Encuentro se define “como medio de comunicación de la TV pública, trabaja en la construcción de ciudadanía, da cuenta de los intereses comunes, muestra imágenes de lo que somos y expresa la diversidad existente. Considera a la audiencia como ciudadanas y ciudadanos sujetos de derecho.” Remata:  “Encuentro es una herramienta pedagógica que aporta a la función social de la enseñanza, tanto para el sistema educativo como para la sociedad en su conjunto. Su programación se orienta a la construcción de una audiencia reflexiva y crítica”.

Entre las innumerables series que produjo, destaco ahora “Maestros de América Latina”, una colección de ocho documentales dedicados a igual número de figuras de la educación en el continente: Gabriela Mistral (Chile), Domingo Faustino Sarmiento (Argentina), Jesualdo Sosa (Uruguay), José Carlos Mariátegui (Perú), José Martí (Cuba), Paulo Freire (Brasil), Simón Rodríguez (Venezuela) y José Vasconcelos (México).

Cada uno de los documentales deriva reflexiones interesantes pero no hay espacio para extenderse. Dejo, por ahora, la recomendación para que los estudiantes de educación, los profesores, puedan visitar la página del Canal y aprender un poco más (o descubrir) de los personajes de tan alta estima en la pedagogía latinoamericana. Auténticos maestros del pasado, del presente e inspiración del porvenir.

 

Recuperar las calles

Nlogo-delegacion-derecha21o soy el alcalde de la ciudad, no lo seré, no tengo posibilidades ni pretensiones de serlo jamás, pero si lo fuera, o me preguntaran, no lo dudaría: cerremos las calles del centro de la ciudad, de las ciudades, de los pueblos. Con consensos, diálogo y proyectos, democráticamente, pensando en futuros mejores.

Sí, cerremos las calles al tráfico de vehículos, hagamos avenidas peatonales, sitios para caminar tranquila y gozosamente en las mañanas o en las tardes. Sembremos árboles allí donde hoy tenemos baches o adoquines, y pongamos bancas, jardines, flores. Llenemos de sombras y gente.

Recuperemos la ciudad para los niños, los viejos, para nosotros, los adultos que precisamos caminar más y estar menos tiempo frente a la televisión o la pantalla de la computadora.

Enterremos, con la fuerza de la razón, este vicio nuestro de llegar a todas partes en auto, de pararnos hasta la puerta y evitar el menor esfuerzo, estacionarnos en doble fila e irrespetar al peatón.

Aprendamos a conocer la ciudad, a reconocerla a través de nuestros pies. Por supuesto, tenemos el derecho de transitar libremente sin el temor de ser arrollados, pero también la obligación de respetar las calles, de mantenerlas limpias, de conservar lo que estando allí es público pero tiene dueño: todos, los que somos y los que vendrán.

Cerremos las calles de las ciudades y de los pueblos, para que abramos los ojos y volvamos a mirar lo que vimos antes, lo que muchos niños hoy no pueden ver.

Cambiemos el ruido y el humo de los motores por las risas de los niños y el aroma de los cafés, los gritos de la gente, y regresemos la vista cuando salimos de allí para desear volver mañana o el siguiente fin de semana.

Conquistemos las calles de la ciudad para la gente, reconquistemos el derecho y la posibilidad de educarnos a nosotros, a los niños. Hagamos una ciudad limpia, amable y educadora, y no solo de concreto, para motores. Revitalicemos las ciudades, repintemos el paisaje, humanicemos las calles.

 

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