Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Cinismos vemos…

La publicación de un reporte sobre la educación media superior mexicana que, entre paréntesis, no dice nada que no sepamos, generó una reacción oficial rayana entre el cinismo y la genuina ignorancia, que por genuina no deja de ser irresponsable y, por ignorante, de no deja de ser condenable. Del cinismo ya cada uno saque conclusiones.

El reporte que, puestos a dudar, pudo no leer el subsecretario de Educación Media Superior antes de descalificarlo, expresa verdades viejas, y eso que, hay que decirlo, no fue redactado por intrigosos movimientos o intelectuales de izquierda, sino por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

El subsecretario, da lo mismo si se apellida Martínez o González, dijo: no es cierto que millones de jóvenes estén marginados de la vida. No hay que ser pesimistas, alentó. Y sus argumentos, rebosando inteligencia, deslumbran: no son 20 millones, dijo, son 19 millones y 275 mil jóvenes entre 15 y 19 años. No están marginados de la vida por no haber estudiado, dijo, sólo verán disminuidas sus expectativas. No están condenados a la marginalidad, pues para ellos habrá empleos en el subempleo, en el comercio informal, en la precariedad, en la ausencia de prestaciones laborales…

Están condenados a exclusión social, pero siguen vivos. No seamos pesimistas, es la invitación. Sólo le faltó agregar que los mexicanos somos grandes, fuertes y sobreviviremos, que esos 20 millones, que no son 20 millones, probarán la fortaleza de nuestra economía y la templanza de nuestro espíritu.

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Cuarta página. El reino del absurdo

No ingresan todos los que debieran, no culminan los afortunados que acceden, no tienen empleo todos los egresados… en tan rotunda fórmula podría resumirse la trayectoria escolar en México. Parece absurdo, es absurdo. ¿Alguien puede opinar lo contrario, sin ser un caradura?

Es absurdo. Tan absurdo como la triste constatación de que los niños, millones de niñas y niños mexicanos tienen que trabajar mientras sus padres no encuentran empleo. Tan absurdo como que muchos jóvenes se pelean, en el sentido de la batalla por una vida digna, para conseguir un lugar en un bachillerato o universidad, mientras otros cientos de miles cada año los abandonan, sin ilusiones y sin perspectivas, desgranados por una maquinaria selectiva que disfraza diferencias sociales con un ropaje de méritos académicos.

Es absurdo, tan absurdo como los reclamos que hoy hacen políticos oportunistas, que buscan el resquicio para sacar tajada en su próxima contienda electoral, mientras olvidan compromisos el resto del año.

Es absurdo que la educación, única salida a la pobreza en todos los sentidos, sea menospreciada con figuras que la avergüenzan. Es absurdo que la escuela, siendo derecho humano, se convierta en una carrera ominosa de obstáculos.

Es absurdo, tan absurdo que haya que repetirlo cada año, en estas fechas, cuando miles y miles en México no ingresan a un bachillerato o universidad. Es absurdo, es el reino del absurdo.

Tercera página

Como algunos de ustedes saben, he dedicado más de dos décadas al estudio de la educación, al ejercicio de la docencia y a la gestión en escuelas, principalmente de la Universidad donde trabajo. Con énfasis distintos, en diferentes momentos, las tres actividades estuvieron y están presentes en mis agendas de estos años. La educación, pues, es profesión y pasión.

En mi peregrinaje por el mundo universitario encuentro muchos alicientes y razones para la inspiración, para seguir creyendo en la poderosa capacidad que tiene la educación, no como sinónimo de escuela, quede claro el lector, sino como proceso intrínsecamente humano, social e inacabado. Tal confesión afirma que no simpatizo con la idea de la escuela como empresa y el alumno como cliente; no dudo en la defensa de la educación como derecho humano y bien público.

Tampoco dudo de mi convicción, aunque sobren motivos para derrumbar optimismos, como ciertos liderazgos magisteriales, ignorancias en autoridades educativas e inocultables fenómenos de corrupción en el mundo escolar. Creo, sin embargo, que Fernando Savater acierta cuando dice que un pesimista puede ser un buen domador, pero no un buen educador. Y más creo en Paulo Freire cuando escribe la pedagogía de la esperanza.

Preguntará el lector a dónde llevan mis palabras. Es hora de decirlo. Dos motivos simultáneos me trajeron a este Cuaderno una mañana de sábado: encontrarme con un amigo a la distancia, virtualmente, argumento válido en sí mismo, e identificarme con sus ideas y suscribirlas también. Leer más…

Segunda página

La muerte de decenas de jóvenes noruegos y de la cantante Amy Winehouse ocuparon, ocupan, los espacios de los noticieros impresos, digitales y televisivos. Decirlo es lugar común. Las imágenes y artículos, por abundantes, no dejan de ser estremecedoras. Me conmovieron, sobre todo las víctimas del desquiciado ultraderechista, cuyas declaraciones son también desquiciantes.

Difícil no sentir dramas de esa magnitud, si uno tiene un corazón humano. Y una escala para ponderar no creo que exista y, si existe, no tiene sentido. Disculpen lo que voy a decir enseguida, pero así lo siento: a mí me impactó más la noticia de la muerte de un aficionado al fútbol que murió en Colima por la golpiza que le propinaron en la final. Partido que, simplemente anecdótico, ganó su equipo.

No sé si en derecho o en ética exista algo como una clasificación de las razones para bien morir pero, de haberla, estoy seguro que la causa del fútbol no debe figurar entre las más relevantes. Morir golpeado por una turba, probablemente alcoholizada e iracunda, es una triste, irracional manera de morir, si es que puede haber formas felices de partir del mundo terrenal.

Primera página: Confesión inicial

Un hombre no es lo que escribe. Tampoco es sólo lo que hace: de errores está llena la existencia, porque la falibilidad es un rostro de la condición humana. Un hombre, una mujer son la azarosa conjunción de eso, lo que escribe y hace, como de lo que no escribe y no hace –por razones ajenas o voluntarias-, y de lo que sueña y lucha por conseguir, aunque no lo obtenga y erre una vez tras otra.

Dicho lo anterior, es decir, confesado el valor relativo y hasta nimio de escribir, salvo que el nombre sea, digamos, Julio Verne, Dante, Octavio Paz, Walt Whitman o José Saramago, alguna utilidad le encontraremos a cada uno de esos actos íntimos en que el hombre toma una hoja en blanco, un cuaderno, un teclado y empieza el tejido de palabras.

Para quien escribe, la utilidad ha sido la misma a lo largo de varios años, con mayor intensidad y paciencia ahora. Siempre y, afortunadamente, compartida con otros muchos colegas o admirados pensantes: sentar testimonio de hechos e interpretarlos, expresar preguntas para debates, afirmar convicciones, confesar esperanzas. No como quien tira una botella al mar con el mensaje desesperado, sino con la terrenal ilusión de servir como pretexto para un diálogo, como puente cuando proceda y, con mucha pretensión, como aliciente.

El hombre no es lo que escribe. Juzgarlo sólo en función de ello es inexacto, incluso peligroso. Tampoco vale sólo por lo que hace, como ya quedó dicho. La vida humana, falible si falibilidad queremos exhibir, está repleta de desaciertos, suficientes para escribir muchos tomos con su historia a lo largo de la historia global.

Un hombre, una mujer no son lo que escriben, pero lo escrito exhibe rasgos, lo expone, lo muestra. En su escritura se resbalan preguntas, convicciones, indignaciones, esperanzas.

Esa es la intención que alienta la página, en especial el “Cuaderno” que hoy abro y comparto.

Bienvenidas, bienvenidos.

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