Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

De “Viaje a Portugal”

De “Viaje a Portugal”

José Saramago ocupa un sitio relevante en mi biblioteca personal, si cabe llamar así a una colección de libros acumulados por quien escribe, sin más criterio que el gusto. De nadie tengo más libros. Todos he leído ya, algunos más de una vez. Hasta hace poco sólo uno estaba pendiente, por alguna extraña razón que todavía no comprendo: “Viaje a Portugal”, el relato íntimo y minucioso por su país. En casa reposaba años atrás, pero siempre se mantuvo en lugar secundario en a lista de lecturas. Otra misteriosa razón me llevó a colocarlo en la mesa de noche en las últimas vacaciones. Allí aguardó algunas semanas hasta que llegó su turno. Quedaron, como testimonio, algunas esquinas doblada y dos o tres tuits.

Una mañana, la misma en que escribo estas líneas muy temprano, con la compañía de pájaros cantando a lo lejos, me descubrí divagando, soñando despierto, imaginando y describiendo mi propio viaje a México, un periplo que iniciaría y terminaría donde empezó y ha de terminar la historia, en el lugar donde nací. Como el escritor luso, saldría con lo indispensable apenas, una colección de cuadernos, una pluma fuente y suficientes cartuchos de tinta.

El viajero y el viaje estaban listos ya. Empezó esa mañana, domingo tal vez. No pude ir muy lejos. Apenas el propio y otro estado pude atravesar. El domingo siguiente estaba de nuevo en casa, en el mismo lugar donde escribí estas notas, escuchando tal vez los mismos pájaros y ladridos, u otros perros y cantos, lo mismo da. Había olvidado, y recordé al instante, que las carreteras y caminos ya tienen dueño, y que la seguridad aconseja viajar solo en alas de la imaginación, o en el más afortunado de los bolsillos, en avión y a sitios resguardados. Como no es el caso, decidí poner punto final a este viaje efímero por un México secuestrado y después, con pesar, cerré el cuaderno.

Página 6

Hace algunas semanas no veo noticias en televisión. Era usual hacerlo al despertar. No sé si me informaba o me desinformaba, lo que sí estoy seguro es que las noticias tenían una buena dosis de parcialidad y pocos ingredientes para la comprensión de lo que sucede en los intestinos de este país y del mundo. Además, confieso que me volvía insensible a ciertos hechos. Ya me resultaba peligrosamente familiar el tren de imágenes que acompañaban las noticias: militares, policías, sicarios, armas, camillas, ambulancias, cadáveres, camionetas baleadas, mujeres llorando.

No sé si me habré perdido algún capítulo novedoso, no sé tampoco si es la actitud más ciudadana que cabía esperar de un profesor que coordina un curso optativo que, coincidentemente, se llama “Formación ciudadana”. No sé si he cometido un pecado ciudadano, pues, pero mis deberes como tal no los dejo de cumplir, ni he perdido la capacidad de seguir creyendo que me gustaría ver noticias con otro contenido, y que eso sucede, si el día llega, porque el mundo se ha vuelto más habitable para todos, para que quienes tienen mucho dinero no se preocupen porque los pueden secuestrar, a ellos o a sus hijos, y para que no haya otros cuantos –cientos de millones en el mundo- que padecen pobreza y hambre. Eso me gustaría, pero intuyo que faltan algunos veranos y sobran algunos malosos.

Un día Mariana me dijo: papá, ya no quiero ver noticias porque sueño feo. Desde entonces ella no ve noticias a mi lado y yo duermo tranquilo. El mundo no será el paraíso con la tele apagada, pero tampoco mejorará si sólo aguardamos el siguiente noticiero o el próximo partido de fútbol.

Cinismos vemos…

La publicación de un reporte sobre la educación media superior mexicana que, entre paréntesis, no dice nada que no sepamos, generó una reacción oficial rayana entre el cinismo y la genuina ignorancia, que por genuina no deja de ser irresponsable y, por ignorante, de no deja de ser condenable. Del cinismo ya cada uno saque conclusiones.

El reporte que, puestos a dudar, pudo no leer el subsecretario de Educación Media Superior antes de descalificarlo, expresa verdades viejas, y eso que, hay que decirlo, no fue redactado por intrigosos movimientos o intelectuales de izquierda, sino por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

El subsecretario, da lo mismo si se apellida Martínez o González, dijo: no es cierto que millones de jóvenes estén marginados de la vida. No hay que ser pesimistas, alentó. Y sus argumentos, rebosando inteligencia, deslumbran: no son 20 millones, dijo, son 19 millones y 275 mil jóvenes entre 15 y 19 años. No están marginados de la vida por no haber estudiado, dijo, sólo verán disminuidas sus expectativas. No están condenados a la marginalidad, pues para ellos habrá empleos en el subempleo, en el comercio informal, en la precariedad, en la ausencia de prestaciones laborales…

Están condenados a exclusión social, pero siguen vivos. No seamos pesimistas, es la invitación. Sólo le faltó agregar que los mexicanos somos grandes, fuertes y sobreviviremos, que esos 20 millones, que no son 20 millones, probarán la fortaleza de nuestra economía y la templanza de nuestro espíritu.

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Cuarta página. El reino del absurdo

No ingresan todos los que debieran, no culminan los afortunados que acceden, no tienen empleo todos los egresados… en tan rotunda fórmula podría resumirse la trayectoria escolar en México. Parece absurdo, es absurdo. ¿Alguien puede opinar lo contrario, sin ser un caradura?

Es absurdo. Tan absurdo como la triste constatación de que los niños, millones de niñas y niños mexicanos tienen que trabajar mientras sus padres no encuentran empleo. Tan absurdo como que muchos jóvenes se pelean, en el sentido de la batalla por una vida digna, para conseguir un lugar en un bachillerato o universidad, mientras otros cientos de miles cada año los abandonan, sin ilusiones y sin perspectivas, desgranados por una maquinaria selectiva que disfraza diferencias sociales con un ropaje de méritos académicos.

Es absurdo, tan absurdo como los reclamos que hoy hacen políticos oportunistas, que buscan el resquicio para sacar tajada en su próxima contienda electoral, mientras olvidan compromisos el resto del año.

Es absurdo que la educación, única salida a la pobreza en todos los sentidos, sea menospreciada con figuras que la avergüenzan. Es absurdo que la escuela, siendo derecho humano, se convierta en una carrera ominosa de obstáculos.

Es absurdo, tan absurdo que haya que repetirlo cada año, en estas fechas, cuando miles y miles en México no ingresan a un bachillerato o universidad. Es absurdo, es el reino del absurdo.

Tercera página

Como algunos de ustedes saben, he dedicado más de dos décadas al estudio de la educación, al ejercicio de la docencia y a la gestión en escuelas, principalmente de la Universidad donde trabajo. Con énfasis distintos, en diferentes momentos, las tres actividades estuvieron y están presentes en mis agendas de estos años. La educación, pues, es profesión y pasión.

En mi peregrinaje por el mundo universitario encuentro muchos alicientes y razones para la inspiración, para seguir creyendo en la poderosa capacidad que tiene la educación, no como sinónimo de escuela, quede claro el lector, sino como proceso intrínsecamente humano, social e inacabado. Tal confesión afirma que no simpatizo con la idea de la escuela como empresa y el alumno como cliente; no dudo en la defensa de la educación como derecho humano y bien público.

Tampoco dudo de mi convicción, aunque sobren motivos para derrumbar optimismos, como ciertos liderazgos magisteriales, ignorancias en autoridades educativas e inocultables fenómenos de corrupción en el mundo escolar. Creo, sin embargo, que Fernando Savater acierta cuando dice que un pesimista puede ser un buen domador, pero no un buen educador. Y más creo en Paulo Freire cuando escribe la pedagogía de la esperanza.

Preguntará el lector a dónde llevan mis palabras. Es hora de decirlo. Dos motivos simultáneos me trajeron a este Cuaderno una mañana de sábado: encontrarme con un amigo a la distancia, virtualmente, argumento válido en sí mismo, e identificarme con sus ideas y suscribirlas también. Leer más…

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