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DOMINGO DE FÚTBOL

river-plate-socios-clubes-argentinosEn minutos se juega el más grande clásico del fútbol argentino: River Plate contra Boca Juniors, en el “Monumental de Núñez”, estadio de River. Un partido siempre con sabor especial en estas tierras, que enfrentará a dos de los mejores directores técnicos de ambos equipos, Ramón Díaz y Carlos Bianchi. Con varios ingredientes para esperar un buen encuentro, un hecho lo ensombrece: no habrá aficionados del equipo visitante, como se está haciendo costumbre por acá. Es una pena para el espectáculo del deporte, pero sobre todo, es una demostración de la impotencia de los directivos para resolver los problemas de la violencia en el medio futbolístico, que ya cuentan en los últimos meses varios delitos graves, como homicidios en clubes y estadios. Primero los directivos crearon las “barras bravas”, las cuidaron y alimentaron, y ahora, cuando se desbordaron, no son capaces de controlarlas. Las cabezas de las barras bravas saben, y así amenazan, dónde viven los directivos de los clubes o dónde estudian sus hijos. Y actúan sin piedad, como está probado. Las medidas adoptadas para controlar el ingreso a los estadios todavía son insuficientes. El engendro está devorando a su creador, una vez más.

Uno de los primeros recuerdos que tengo frescos aún en la memoria es la final del Mundial de 1978, y el impresionante espectáculo de la afición en ese mismo estadio, preámbulo para la coronación de Argentina frente a los holandeses. Sus gritos estruendosos acallaban los que a esa hora proferían doloridas las víctimas de la represión dictatorial.

Hoy de nuevo el “Monumental” se inundará de papelitos rojiblancos flotando en el aire, y la afición cantará por su equipo y contra el acérrimo enemigo, curiosamente hermanos de cuna geográfica, el barrio de Boca. Pero el partido, en la tribuna, no podrá ser igual. Hay que ganarle al rival en la cancha, pero también hay que derrotarlos en la tribuna. La victoria de River, si llega, no estará completa, porque en una cabecera del estadio faltarán los otros, vestidos de azul y amarillo, que tampoco sufrirán la humillación o la gloria de cantar la victoria en el mismísimo gallinero.

 

 

Una foto multicolor en paisaje blanco y negro

Con el invierno y los vientos que corren las calles, con las elecciones intermedias en puerta y con la evidente incapacidad del gobierno derechista de Mauricio Macri, la ciudad de Buenos Aires tiene un aire triste y sucio. Feo en muchos pasajes. Por sus amplias avenidas, entre sus banquetas horadadas por doquier, caminan jóvenes presurosos, los más viejos, sobre todo mujeres, van eludiendo las irregularidades de unas banquetas que presentan peor aspecto que sus calles. Es el mundo al revés, como diría Francesco Tonucci: las banquetas debieran merecer tanta atención como las calles la reciben para facilitar el tránsito de los autos, la prioridad. La universal Avenida de Mayo, que desemboca en la Plaza del mismo nombre, y la Casa Rosada al fondo, serían un lugar mucho más lindo, dice Laura, con un poquitín de limpieza diaria. Un denominador común entre la gente, no sé si por las fechas invernales o por los momentos de polarización política, o por la historia, la cultura o todo junto, es que las personas caminan y forman un paisaje como de blanco y negro, serio y triste, como un tango clásico, como el canto de los que se fueron o de los que no llegan. Nuestro taxi desemboca en Plaza de Mayo, bajamos y se abre ante nosotros su histórica inmensidad. Apenas pisar sus primeros metros Juan Carlitos rompe la seriedad y el silencio de la gente, de aquellas como estatuas vivientes de la calle Florida: corre como hace siempre, sobre las decenas de palomas, y con alegres gritos las azuza para que alcen el vuelo. Acostumbradas a otro tipo de acosos, apenas se inmutan, corren y vuelan, con parsimonia, un tanto sorprendidas, como aflojeradas. Después de varios minutos en que lo hace, Mariana corre tras ambos, siguiendo a su hermano que persigue a las palomas que dando vueltas regresan raudas al piso. Me imagino una fotografía monocromática con la catedral de Buenos Aires al fondo, solo coloreada por Mariana y Juan Carlos en su festiva carrera. Su extraña vitalidad y alegría en este escenario ya no pasa desapercibida. Las muchachas sentadas en el piso de la Plaza los miran y sonríen. Sí, así lo guardo en mi memoria: como una fotografía monocromática en la que aparecen dos figuras humanas en colores que insuflan un soplo de alegría en este mediodía gris. 

PRIMERO DE MAYO

Entre los más lejanos recuerdos de la infancia tengo a mi padre preparándose para salir al desfile del primero de mayo, con el contingente de obreros de la Sección 82 del Ingenio Quesería. Por la seriedad con que lo hacía, ese día, el Día del Trabajo, siempre me inspiró mucho respeto y así lo conservé muchos años. Con las décadas el sentimiento, confieso, es distinto (no por mi padre), pero ese es otro tema.

Hoy me tocó vivir el primero de mayo en otro lugar, en Catamarca, provincia argentina donde viven un grupo de buenos amigos. En Argentina el primero de mayo se celebra el Día del Trabajador; no es lo mismo, aunque podría parecerse. Celebrar a los trabajadores pone el énfasis en las personas, en las mujeres y hombres, no en las actividades en abstracto. Celebrar el día del trabajo así, como en México, me obliga a preguntarme, nada más por jugar y para intentar poner las cosas de revés: ¿sería lo mismo el día de la infancia que el día de los niños?, ¿sería igual celebrar el día del maestro que el día del magisterio o el día de la docencia?, ¿valdría lo mismo el día de la maternidad que el día de la madre?

No tengo respuestas, ni me propongo indagar más allá. No creo que sea bizantino, pero para avanzar en ese hilo tendríamos que reconstruir la genealogía de  las palabras y la cultura política y sindical. De lo que estoy seguro es que “Trabajo” y “Trabajadores” no es lo mismo, y que la diferencia entre el día del trabajo y el día de los trabajadores es sutil pero esencial. Tan distinto y no tan sutil, como marchar bajo el sol después de unas horas de espera y escuchar discursos vacíos, o felicitar y ser felicitado por otros iguales con un abrazo y una palabra cariñosa.

San Fernando del Valle de Catamarca

EL DULCE ENCANTO DE UNA PALABRA

En enero tuve la oportunidad de hablar con Juan Carlos Geneyro durante su visita al Distrito Federal. Juan Carlos es uno de los mejores profesores que tuve en la UNAM, y en mi vida escolar. Hablando de mi viaje a Argentina, su país, le confesaba temores por el recibimiento que tendría entre los profesores en Córdoba. Me tranquilizó y retó, al mismo tiempo: siendo mexicano te recibirán muy bien, pero si no demuestras que sabes pueden rechazarte. Más dijo, él, que vivió varios años en México como parte del exilio forzoso de muchísimos argentinos que llegaron a nuestro país por la última dictadura argentina. Con México hay una relación muy especial, contó; de hecho, es la única identidad binacional que tienen los argentinos, así, a ese híbrido le llaman: los argen-mex, como su caso, como todos los argentinos que se quedaron en México o regresaron con los gobiernos democráticos. Le creí, por supuesto, porque su credibilidad y mi afecto crecen con los años.

Estando en Córdoba, en la Universidad, y entre las personas con quienes he tenido la suerte de convivir, aquella afirmación de Juan Carlos Geneyro es absolutamente cierta. Hoy lo constaté más que nunca. Después de un día de trabajo en el departamento decidí sentarme en un restaurante de la plaza Velez Sarsfield, de frente a la glorieta de Patio Olmos, uno de los sitios más concurridos de esta zona de la ciudad. Allí me atendió un mozo (mesero, diríamos nosotros) joven y rostro adusto. Su frialdad me sorprendió. La gente que trabaja en estos servicios siempre es amable. No fue el caso y  pensé: este es el tipo más duro. Pedí la cena y entonces me preguntó: ¿de dónde es? México, respondí. Su actitud, mágicamente, cambió. Esbozó una sonrisa. Molotov, afirmó. ¿Conoce Molotov? Claro. Tres veces he ido a verlo acá, me confesó. Y se soltó hablándome de Molotov, las canciones, sus integrantes y que alguna vez habló con uno de ellos.

Recordé a mi amigo y maestro, Geneyro, como le digo con afecto. Y descubrí, entonces, el dulce encanto de una palabra que dejó de ser extranjera en estas tierras: México. 

El espectáculo de la vejez

Abren el bolso y hurgan para contar el dinero disponible, sin demasiada discreción, como para saber si el menú permite más que café con leche y un par de medias lunas. La austeridad y las carencias son parte del paisaje cotidiano, de la vida rutinaria. Con parsimonia sacan sus pastillas y eligen las que toca a esa hora. Están contentas, acicaladas para la ocasión, para salir a pasear y cenar. Se quitan el suéter y lo colocan en el respaldo de la silla, pues el clima cambió en una semana. Hoy empieza un otoño con sabor a verano. Son dos mujeres de una edad que solo merece respeto, casi veneración. Allí están, en la mesa de al lado. Yo distraído observo el partido de la Copa Argentina entre un equipo de la provincia del Chaco y el popular Boca Juniors. No puedo dejar de verlas. Mi madre tendría su edad, o un poco menos. No alcanzo a escuchar lo que hablan, no debiera ni quiero, además, la música suena más alto de de lo que admite una conversación a dos metros; el ruido de la plaza y de la calla aplastan cualquier intento de intromisión. Las tengo tan cerca que ya siento simpatía. No sé si tienen marido o no, si se fue del país o es uno de los muchos que están un poco más lejos, en las mesas de la plaza, juntos una docena de viejos que también sonríen animados. No sé nada de ellas, por supuesto, pero en algún momento me pasó por la cabeza la idea de disculparme, sentarme en su mesa y pedirles que me contaran de la vida en Córdoba. Mi prudencia es mayor. Por su edad vivieron la infausta época de la dictadura, ahora que en esta ciudad se conmemoran 37 años de esas páginas negras, y la ciudad se apresta a recordar para no permitir otro episodio de aquella indignidad. Quizá por eso, porque lo vivieron aquí o huyendo a cualquier parte, cada mañana, cada tarde o cada noche, el encuentro público, el abrazo sin mirar al lado, la conversación pausada y sin temor es un motivo de celebración. Quizá por eso estas muestras de su vitalidad me parecen edificantes lecciones de vida, cuando la vida inexorablemente se extingue. 

 

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