Mis primeras lecturas

Mi acercamiento a la lectura y los libros no tuvo el magnífico escenario de una gran biblioteca familiar o pública, ni un tío consumado lector y buscador devoto de feligreses. Tampoco hubo una maestra sensible que me indujera al mundo de las palabras con su magia narrativa. En mi haber cuentan dos hechos simples e imborrables: que en casa siempre hubo un periódico y, para alimentar el hambre de letras y resolver las tareas de secundaria, una colección de libros de Time Life, de esas que se compraban en abonos y contenían los temas más variados, de la electricidad a la molécula, de la historia a los animales salvajes, los continentes y los insectos.

Hace algunos meses a casa de mi padre entraron una pandilla de ladrones de poca monta y muy mala leche, y tuve que recoger algunos de aquellos volúmenes seguramente intactos después de años de abandono. Los encontré desparramados en el piso y sobre la cama, junto con los libros que sigo atesorando, solo lastimados por el polvo y la humedad. No me atreví a detenerme en ninguno; el enfado y la preocupación me restaban tranquilidad para rememorar tardes o tareas juveniles.

El segundo hecho era una afición que compartía con otras personas: congregarnos en un puesto de alquiler de revistas en el jardín del pueblo. Allí me aparecía, invariablemente, cada día antes de la secundaria que cursé en turno vespertino, con cincuenta centavos para leer una revista de pie o sentado en las bancas bajo los árboles refrescantes. Era un hábito sin distingos de edad, sí de sexo, pues no ubico a niñas o adolescentes en la misma faena. Conocí con detalle las series, personajes, periodicidad y tramas: Condorito era imperdible, como las historias de Kalimán o Memín, Chanoc, Fantomas y la horrorosa pero simpática Hermelinda Linda. Allí comencé a abrir páginas sin obligación y solo por gusto, con la única limitante del dinero o la tardanza en los envíos al pueblo.

Luego vino una colección fantástica que resumía e ilustraba grandes obras literarias, especialmente de aventuras, como Sandokan, Moby Dick o Sherlock Holmes. Pasé mil horas sentado, devorando historias, metiéndome en los personajes y usurpando novias de ficción. Con unos pesos en la bolsa ganados en los oficios que ejercí entonces, con Mario o Urbano de socios, fui comprando todas. Estuvieron al cobijo de mi madre durante años; ahora ignoro u olvidé su destino.

En un pequeño pueblo, sin bibliotecas públicas ni escolares, con escasos libros en casa, ese puesto de revistas y periódicos que cruzó el fin de mi infancia nos ofreció un regalo maravilloso: incontables horas en el sitio más colectivo, sentados o acostados en las bancas, volando a donde nos llevaran aquellas páginas memorables.

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