ENTRE DOS ALETEOS: EDUARDO GALEANO

galeano_21027_1Todos los temas se rinden y abren paso. Sólo uno vale la pena hoy. Uno que no tiene demasiadas palabras, que tristea, dolorido.

El paisito está de luto. Una parte del mundo llora.

El Café Brasilero en Montevideo perdió a otro de sus habituales. Antes fue don Mario Benedetti; hoy Eduardo Galeano pagó la última cuenta. Partió el viejo sabio, una de las referencias imprescindibles para quienes renunciamos a la comodidad de decir a todo: sí.

Cuando se fueron Benedetti, Fuentes, Saramago, Monsi, sabíamos que podía partir. Un día pasaría. Sabíamos que esto sucede siempre más temprano o más tarde. Pero saberlo no lo hizo menos traumático.

En “El símbolo y el cuate”, el documental de Sabina y Serrat, la casa de Galeano fue albergue natural. Imposible olvidar su hospitalidad generosa, sus risas, sus historias, sus copas.

Deja hondo hueco en el corazón. Huérfano. Legó motivos suficientes para no cesar, para la memoria, para la alegría, para los abrazos, para las ilusiones.

Volveré, una y otra vez, volveré. En mi agenda 2017, hace dos años, está marcado un libro; se llamará “Los hijos de los días en educación”. Una tímida, atrevida copia de “Los hijos de los días”.

Con más fervor atesoraré sus libros, los leeré de cuando en cuando; o lo veré en la serie de la televisión argentina “Los días de Galeano”. Allí se me quedará vivo por siempre. Inspirado, inspirando.

En “Multiviral”, el disco de Calle 13, abre con un pequeño texto sobre el abrazo. Sus definiciones son mínimas pero vitales.

La vida, dice, es el viaje que transcurre entre dos aleteos. Entre el abrazo, primer gesto humano de los bebés, y los brazos viejos que parecen alzarse antes de la fuga final.

Allí van sus brazos, sus abrazos, al infinito.

Recordar, nos recordó, es volver a pasar por el corazón. Hoy, lo recordamos, lo celebramos, lo disfrutamos.

¡Hasta siempre!

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