Carta a un amigo: Pedro Vives

Querido amigo:

Cumples hoy 85 años. O como dices: 85 pirulos. ¡Felicidades! Me faltan palabras para expresarte mis sentimientos por este día. Gratitud, agradecimiento, es palabra que se acerca un poquito a ese sentimiento, porque me sale del hondo cariño que tengo por vos. De eso quiero contarte un poco.

La ocasión de escribirte estas líneas es accidental. Pude escribirte ayer, hace una semana o algunos meses, cuando te recuperaste del terrible accidente cerebral, pero lo hago ahora, porque no ha sido posible estar allí en tu casa hoy, sentados en la misma mesa de seis sillas, escuchando a veces tangos, con la copa siempre llena, a veces solos, otras en compañías entrañables y disfrutando las conversaciones de todos los temas que nos tocan.

¡Sos un ejemplo, Che! No lo olvides nunca. Mucha gente llega a los 85 años, los rebasa, con más o menos facilidad, con más o menos efectos del tiempo y quebrantos en la salud, pero alcanzarlos con la entereza, vitalidad y memoria que tienes, desborda lo ordinario.

Cuando viví en la Argentina y veía a los viejos sentados en el parque, caminando las calles de Buenos Aires, conversando con un café, era imposible el contraste: en estos pagos nuestros esas imágenes son excepcionales; allá es habitual. La vejez no se esconde, no se arrincona ni se encierra a esperar la fatalidad; persevera, sigue apostando a mañana. Personificas esa actitud, con entereza total.

A algunos colegas les fastidiará, pero he dicho a veces que lees más que muchos profesores que conozco. Eso es parte de esa vitalidad, por supuesto.Es un placer siempre estar frente a ti, a un lado, escuchando anécdotas de O’brien, tu pueblo, de Argentina; de tus correrías juveniles, de la escuela de entonces, de la vida política en tu país, de tu peronismo sin precio; o de los libros que aprendiste y sigues teniendo en la memoria en pasajes enteros, como el Martín Fierro. Disfruto también de las andanzas por el continente y por México, pero prefiero las primeras, con las discrepancias que nos arrojan nuestros colores futbolísticos, tú de River, yo de Boca, aunque compartimos pasiones por Messi y el Barça, y nos alegran los triunfos de México y Argentina, como minimizamos las derrotas.

Es un placer siempre, Che, y quiero que sigamos pasando muchas otras noches plenos y contentos, mirando siempre con optimismo y despidiéndonos con la promesa del hasta pronto.

Siempre habrá un tango esperándonos, una charla, un puñado de sonrisas, historias de alguna jermu, un tinto, un partido, un nuevo encuentro.

Un abrazo enorme, y que vengan muchos otros momentos, en Colima o donde sea.

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