Fin de cursos 2

Ayer fue la última clase de Juan Carlos. Terminó su ciclo escolar. Para Mariana Belén el final había sido anterior, al principio de la semana. Con él, más abierto, o todavía con ánimo de conversar con el padre, hablamos una noche y a la mañana siguiente sobre la escuela. Fue gratificante, como siempre. Me ilusiona que respondan lo insospechado; me gusta ser incapaz de advertir sus contestaciones; me desafían, ciertamente, pero aprecio sus respuestas y puntadas como expresiones de inteligencia y franqueza, con toques de rebeldía; todo eso me parece indispensable en la vida para no pasar de largo.

La charla con Juan Carlos fue especial, ya confesé. El miércoles me contó que extrañaría la escuela. Me sorprendió. Casi todo el año escolar, excepto los días de ajedrez, renegaba al despertar. Ahora, con la incipiente madurez, profundizó: es que la vida sin aprender algo no tiene mucho chiste, hay que darle sentido a lo que hacemos, no podemos pasarnos el tiempo solo jugando. Palabras más, palabras menos, eso expuso. No supe qué decirle. Repetí sus palabras: ¡así que vas a extrañar la escuela! Pero ya había dicho todo. No declaró nada, siguió luchando para colocarse los calcetines, levantó los ojos y volvió a su afán.

El fin de cursos tendrá ese sentido para muchos estudiantes y profesores. Desde el rol adulto, son a veces pesadas pero necesarias la adrenalina de lo incierto, la emoción del encuentro, el temor por la ignorancia, la complicidad con los chicos. Y para los alumnos, después de todo, imagino que habrá momentos como el de Juan Carlitos.

Llegamos al fin de cursos, repito, y estoy contento. Salí indemne; las ilusiones persisten. Por ahora descansaré de los jóvenes para dedicarme a otros proyectos: terminar un libro, avanzar en la investigación, y un montón de lecturas pendientes.

La docencia siempre es un ejercicio desgastante, pero hay dos tipos de cansancio. El mío es el segundo, el que inyecta vitalidad, impone retos y enciende las ganas de volver al aula el semestre próximo.

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