Mañana triste

Esta mañana tuvimos un negro despertar en casa. El agua de la pecera no se movió cuando encendí la luz de la cocina. Su pequeño habitante murió en el transcurso de la noche, supongo, pues ayer lo vi hacia las 23 horas, inusitadamente activo, aunque en posiciones extrañas.

Dos semanas tenía sufriendo el pequeño “Tiburoncín”, un pez betta rojo con ribetes azules, blaugrana, diría mi afición barcelonista. Llegó como un regalo para Juan Carlos hace un par de años y sobrevivió incluso a un largo viaje en carretera. A juzgar por las imágenes que se pueden comparar con facilidad ahora, era macho, aunque yo lo traté, antes de saberlo, como hembra, pues nuestra amistad parecía así: cuando me sentía, o pasaba una mano por su hábitat, se acercaba y rondaba sus transparentes paredes como coqueteando. Y yo, en el juego, le hablaba y le decía palabras cariñosas, respondiendo a sus mimos.

Con mis hijos jugaba en algunos momentos al compararlos: es el único que se alegra cuando me ve, el único que me agradece la comida, y bobadas por el estilo. Era una mascota perfecta, aunque ahora decir “mascota” sea políticamente incorrecto. Pero así era: no ensuciaba la casa, no ladraba ni hacía escándalo, no tiraba pelos por doquier, no exigía caricias, no cagaba mi estudio. A cambio, silencioso, discreto, no se movía de su sitio.

Hoy nos dejó Tiburoncín, y yo, disculpen la confesión (¿cursilería?), lo sentí profundamente. ¡Descanse en paz!

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