¿Mañanas cotidianas o coincidencia funesta?

Con un par de horas apenas en la Ciudad de México, caminando por las calles del sur, sobre avenida Insurgentes, fui testigo de un hecho que me dejó consternado varias horas, con dudas y rabia.

Tres hampones viajando en una moto asaltaron a un par de ancianos en su viejo auto, a diez metros de una de las avenidas más populosas, a plena luz de la mañana. No lo vi todo, pero puedo imaginarlo. Aprovechando el semáforo para atravesar Insurgentes, en el carril central, al lado derecho del auto, se detuvo la moto, bajaron pistola en mano dos tipos, abrieron las puertas y arrebataron las pertenencias, con la tímida resistencia de los ocupantes.

El asalto duró nada. Me percaté, como muchos, por los gritos y el barullo que se despertó entre las esquinas, pero nadie, ni uno solo de los mirones dimos un paso hacia el auto atracado. Solo vimos, mudos, el acto vil de los tipos que probablemente golpearon a la anciana que se resistía, mientras el marido salía del auto, manoteando con una voz inaudible en la distancia que nos separaba.

Los ladrones montaron y enfilaron hacia el sur, escondiendo entre las camisas las pistolas. Petrificados, o impávidos, los miramos partir. Los busqué con la mirada y los vi perderse en el tráfico, mientras seguí mi camino, con el corazón acelerado y deseando volver de nuevo al hotel. Varias horas más tarde, al recordar los hechos, las dudas y la cobardía colectiva me robaron la tranquilidad.

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