Jornadas felices

Ha sido uno de los días más agotadores de varios meses. Eso, en medio de la pandemia, no es poca cosa. La agenda comenzó de madrugada, involuntariamente. 

La mañana fue muy grata por la oportunidad de haber participado en una jornada de capacitación docente con la Universidad Juan Agustín Maza, de Mendoza, Argentina, al lado de dos colegas, una chilena y otra argentina. Contento por los comentarios de los asistentes y esperando haber correspondido con los anfitriones a su generosa invitación.

Después vinieron las labores docentes en la Facultad, calificando actividades de los estudiantes y devolviendo comentarios, para reanudar en la tarde. Primero, reunión con personal de una editorial internacional para acordar los términos de una conferencia que me solicitan para enero, luego, entrevistas personales con los estudiantes del curso de licenciatura que imparto.

Entre todo ello, responder correos, mensajes en el teléfono, un poco de lectura y algunas tareas domésticas. Quince horas después de haber comenzado, estoy ya recostado, pidiendo tregua. 

No son tantas actividades, podrían decirme, y es verdad, pero en cada una, en una sesión en pantalla de dos horas se me consumen más energías que caminando dos horas hacia La Cumbre; y en cada entrevista personal con los estudiantes, por los asuntos que a veces afloran, el desgaste emocional es superlativo. 

Es hora de leer. De disfrutar un poco los buenos momentos de la jornada y repensar en los otros, con el privilegio de ejercer una profesión maravillosa.

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