Mariana Belén

En unos días Mariana Belén, Mar, mi hija, cumple 15 años. La ocasión me llena de sentimientos contrastantes cuando comienzo la cuenta regresiva.

Hay, por supuesto, inmensa alegría de tenerla, verla crecer y convertirse en una niña madura al mismo tiempo que preludio de mujer. El rosario de los momentos vividos y recordados es entrañable. Emociona. Hincha de orgullo verla en todas las potencialidades que va desarrollando de a poquito.

Pero también hay algo de tristeza por los tiempos pasados, por los abrazos que no llegan igual, por las noches distintas, por las ternuras que cambian de piel. Porque no hay más biberones, ni pañales, ni cuentos que leerle en las noches, o canciones para cantarle al oído, ni risas desbocadas cuando corre delante de mí para que no la alcance después de la última travesura. La veo como entonces y se me nublan los ojos. Sonrío, recuerdo, revivo.

Es domingo. Las tardes de domingo son así con frecuencia: lluvia de nostalgia y sonrisas que van y vienen.

¡Felicidades Mariana mía, felicidades desde ya!

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