Ni #Borolas ni #Cacas

Me abstengo de sentarme a la mesa para comer rebanadas del pastel de los insultos que se lanzan a diario seguidores y críticos del presidente de la República. En principio, creo que la generalización es abusiva: en ambos bloques conviven diferentes grupos, como los inteligentes y razonables, los detractores por afición, los pagados, los que mascullan por rabias mal digeridas, por señalar algunos.

No celebro, de ninguna manera, el intercambio escatológico que se vive en estas horas en Twitter entre #Borolas y #Cacas.

Más allá de los memes desbordantes de ingenio lanzados al espacio de la batalla campal, no festino. En la burla y el escarnio se esconden sentimientos fratricidas que contradicen los principios democráticos de la tolerancia o el respeto activo.

No me formo en la fila de los angelicales, pero creo que algunas ideas siguen siendo indispensables para construir una sociedad mejor. El artículo tercero constitucional afirma, por ejemplo, que la educación, mi oficio, se basa en el “respeto irrestricto a la dignidad de las personas”. El desprecio o el insulto no circulan en esa dirección.

Si el espectáculo escatológico de estas horas no ayuda a la democracia como forma de vida, me guardo las risas y cierro Twitter. Eso no resolverá ningún problema, ni los míos, pero me ahorrará la constatación ingrata de lo mucho que nos falta pensar en construir y no en destrozar al enemigo con descalificaciones.

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