¿Urgidos de redención?

La séptima tesis de Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus logico-philosophicus, sostiene, palabras más, palabras menos: todo lo que puede ser dicho, puede decirse claramente; de lo que se ignora, mejor no hablar.

Probablemente incumpliré la última tesis de esa obra monumental de la filosofía analítica, pero la idea me ronda por la cabeza y, tal vez, escribiéndola se haga más clara en mi mente.

La cosa nebulosa a que aludo me la produjeron muchas declaraciones en prensa y redes sociales, a propósito de la pugna perpetua entre admiradores y críticos del presidente de la República. Pareciera que, para tener derecho a opinar, hay que ser bautizados en el templo de los redentores, para dejar atrás el pasado pecaminoso en la política o aficiones partidistas.

Sucede lo mismo en el tema del machismo-feminismo: pareciera que los hombres, por haber nacido tales, somos portadores del mal, del pecado capital del ultraje al sexo contrario, y debemos ser tocados por manos divinas para tener derecho a respirar en este planeta maldito por nosotros.

Hay un germen común en ambas situaciones: actitudes iluminadas. ¿Ahí está la solución a los males en la política y en las relaciones humanas? En el primer caso, estoy absolutamente seguro que no. En el segundo, seguiré cavilando.

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