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Ser autor, luego existo

En un libro de Javier Marías sobre fútbol, al que sólo objeto su soberbia madridista, el autor nos recuerda que en la antigüedad los creadores con frecuencia no firmaban sus obras: “Las catedrales románicas y góticas no suelen ser de ningún arquitecto concreto, no sólo porque se construyeron a lo largo de decenios o centurias y bajo la dirección de diferentes maestros, sino sobre todo porque se consideraban un proyecto común y compartido, en el que lo menos importante era lo que hoy entendemos por autoría”.

Dicha práctica, por supuesto, originó problemas con la autoría y a veces se confunde o ignora quién fue el talentoso que los creo.

Hoy el mundo universitario se erige en las antípodas de aquella práctica. Se escribe su nombre a cada espacio por donde se pasa, para la “certificación de la calidad”, como una exigencia burocrática, para ganar puntos en un programa de productividad, previa demostración de que allí estuvimos, fuimos invitados, hablamos, escribimos o participamos.

El afán credencialista de la vida universitaria mexicana –no sé si en otros lugares del mundo se sofisticaron más tales mecanismos- introduce, como ya es natural, prácticas perversas documentadas con cierta profusión. Sólo un ejemplo: nos reunimos cuatro, cada uno escribe un “paper” y al final, todos tenemos cuatro publicaciones. Sin ensuciarnos las manos y sin esfuerzos excesivos multiplicamos nuestra productividad. La honestidad intelectual es punto y aparte, o mejor dicho, es capítulo cerrado.

Cuán extendida está la práctica que comento no lo sé, pero no es invisible y muchos autores ya dieron cuenta de ello con sentido crítico. Que hoy se produce más que nunca no hay duda. Que hoy tenemos más doctores que nunca es inobjetable. Pero no sé si todo eso, que no es poco, nos hizo mejores académicos, mejores profesores, más íntegros y más cultos. ¿O no se trataba de eso? @soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

Analfabetismo e injusticia social

La Unesco recordó recientemente que en el mundo uno de cada cinco adultos no está alfabetizado, de ellos dos terceras partes son mujeres, mientras que 67.4 millones de niños no están escolarizados.

Decía el pedagogo brasileño Paulo Freire que el analfabetismo no es una hierba dañina sino expresión de una sociedad injusta.

El siglo veinte mexicano fue testigo de un extraordinario esfuerzo en la materia. En cien años pasamos de un analfabetismo en el 90 por ciento de la población, al 7 por ciento; sin embargo, ese porcentaje equivale a seis millones de mexicanos adultos que no saben leer ni escribir, que nunca pisaron un aula o fueron expulsados temprano.

Si la cifra es alta, lo más dramático es que una década atrás eran también seis millones. Discutir el rezago educativo y el analfabetismo es obligado, ahora que se analizará en el Senado de la república la obligatoriedad del bachillerato.

Los números son rojos. En pleno siglo XXI, en la llamada era del conocimiento, el sistema educativo nacional tiene 34 millones de estudiantes, y 33 millones de mexicanos mayores de 15 años no concluyeron la secundaria, a pesar de tratarse de un derecho constitucional.

Al paso que vamos, la solución podría consumirnos buena parte del siglo XXI. Sin educación, no hay que olvidarlo nunca, no existe sociedad democrática. Y una sociedad con ciudadanos educados no garantiza la democracia, pero sin ellos es imposible.

Fuente: Ángel Guardián

Puntos neurálgicos

No bien amaina una tempestad ya se ciernen nuevas sobre la educación pública mexicana. Una vez son los resultados de los profesores en el concurso de plazas, casi siempre los estudiantes en las pruebas estandarizadas a que tan afectos son los gobiernos de las últimas dos décadas, a veces aparecen otras circunstancias coyunturales, como la deducibilidad de las colegiaturas. Otros motivos aparecen y desaparecen cíclicamente, como el presupuesto para educación o los “rechazados” de las universidades públicas.

La educación pública es, casi siempre, una mala noticia. Y no faltan razón a los críticos cuando diagnostican los síntomas, aunque en las causas sus juicios no son tan lúcidos. Y si los buenos diagnósticos no garantizan la resolución de los males, malos diagnósticos se alejan de los problemas. Por eso la relevancia de hurgar y no quedarse en la superficie.

Mientras escribo estas líneas una idea leída en las horas previas me bulle. Alude al caso español pero, con leves matices, aplica al nuestro. La escribe Jurjo Torres y dice: “no deja de resultar significativo que la persona que se dedica a cuidar la salud de un gato o un perro se vea obligada a cursar una carrera universitaria de 5 años de duración, la licenciatura de veterinaria, mientras que quienes tienen encomendado la educación de la infancia hasta los 12 años precisen sólo de una diplomatura.”

En México, como se sabe, para ser profesor de preescolar y primaria se requiere una licenciatura cursada en escuelas normales, aunque los casos de profesionistas que ejercen en esos niveles educativos sin dicho título no son raros, sobre todo en planteles privados. Que suceda tendrá ventajas y desventajas, pero eso no es tema ahora.

En educación secundaria la exigencia de un título de profesor se reblandece y en media superior no existe. Sólo recientemente, en el marco de la Reforma Integral para la Educación Media Superior (RIEMS), se ofrece una preparación formal para adquirir elementos conceptuales y metodológicos que contribuyan a los objetivos de la RIEMS. No tengo elementos para juzgar si las primeras generaciones que egresaron ya tienen dicha formación, pero no está siquiera cercana a los niveles de rigor que se plantean en otros países, para los cuales la docencia se convierte en una segunda profesión y, por tanto, demanda una formación especializada en programas sistemáticos de posgrado o de otro tipo.

Es difícil afirmar cuáles son las claves para la transformación de un sistema educativo. Depende de los contextos, las tradiciones, los proyectos, la inversión, las estrategias, el manejo político, pero está claro que no hay posibilidad alguna de éxito en un cambio educativo si no está acompañado por el profesorado.

Siguiendo a Jurjo Torres podríamos afirmar que cuando en México la enseñanza media superior demande una preparación como la que se exige a los médicos veterinarios (ya no digamos a los especialistas de la medicina humana), entonces habremos dado pasos en serio hacia una reforma profunda, con intenciones de mejorar causas y no sólo elevar indicadores. twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

La deducibilidad de las colegiaturas

Como es sabido, el presidente Felipe Calderón anunció la semana anterior una medida fiscal que hará posible la deducibilidad de las colegiaturas de preescolar a bachillerato. De inmediato la decisión atrajo la atención de expertos y organizaciones que analizaron sus implicaciones, la ponderaron o descalificaron.

Según el cuarto informe presidencial, en el ciclo escolar 2009-2010, de una matrícula de 25 millones y medio de estudiantes en educación básica, el 9.17 por ciento acuden a escuelas particulares. En la educación media superior, de cuatro millones de alumnos el 17.72 por ciento son de escuelas de paga. Sólo para completar el recorrido: es la enseñanza superior donde, proporcionalmente, se ubica el mayor peso de la matrícula privada, con el 32.25 por ciento, y dentro de dicho tipo educativo, en posgrado 48 de cada cien estudiantes asisten a instituciones particulares.

Se estima que la medida anunciada por el presidente beneficiaría potencialmente a un millón y medio de hogares que pagan colegiaturas, poco más del 10 por ciento de la matrícula en los niveles educativos contemplados. Mucho o poco, depende del enfoque.

Entre los cuestionamientos al decreto se denuncia su talante privatizador, lo que se objeta desde otras posturas. Lo cierto es que los gobiernos y modelos que han apostado a la privatización y a la supresión de la inversión en educación pública la tienen entre sus recomendaciones.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, ha dicho que el siguiente paso a las deducciones fiscales es la entrega de vales para que los padres paguen en la escuela que desean para sus hijos, una de las ilusiones del paradisíaco sueño neoliberal de convertir al sistema escolar en un gran mercado. Medida que, se recordará, insinuara Vicente Fox, y de larga data en Estados Unidos, cuyos resultados ni Milton Friedman reconoció como afortunados.

Del debate otra vertiente resalta: según las cuentas oficiales el monto que costaría la medida es de 13 mil millones de pesos (también se dice que entre 11 y 13 mil millones). El gobierno federal asegura que tal cantidad no generaría dificultades. Entonces, el rector de la UNAM preguntó con ironía, palabras más palabras menos: ¿verdad que si se quiere hay recursos para apoyar la educación?

Trece mil millones de pesos, dice Narro Robles, representan la mitad de los recursos necesarios para acabar con el analfabetismo en el país, e invita a preguntarnos: ¿no habría válido la pena dicha inversión ya, para hacer que todos los mexicanos mayores de edad aprendieran a leer y escribir?

Frente a la decisión son muchos los cuestionamientos de distinta índole (política, cultural, ética, pedagógica) que hoy resurgen. Quienes decidieron la medida no los responderán, dice Manuel Gil Antón, pero nosotros tenemos la obligación de ponerlos sobre la mesa, en los periódicos y en los espacios de la reflexión social. twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

La deducibilidad de las colegiaturas

El anuncio del presidente Calderón sobre la deducibilidad de las colegiaturas desató polémica. Aplausos en algunos sectores y una salva de críticas recibieron la decisión presidencial.

Se estima que la medida podría beneficiar a un millón y medio de familias. En su conjunto, una matrícula en escuelas privadas de tres millones de estudiantes, poco más del 10 por ciento del total del jardín de niños a bachillerato.

Entre las aristas del tema una me preocupa: la justificación de que se estimulará el sacrificio, lo dicen así, de quienes pagan colegiaturas. Entonces, pregunto: ¿quién envía a sus hijos a la escuela pública no se esfuerza?

Hay una peligrosa suposición muy discutible: sólo en las escuelas privadas se hacen esfuerzos dignos de reconocimiento y, por tanto, ameritan ser recompensados. ¿Y el otro 90 por ciento de los mexicanos que estudian en las miles de escuelas públicas, muchas de ellas en condiciones paupérrimas?

En un contexto de enorme pobreza hay otras interrogantes: ¿cuántos mexicanos y colimenses tienen condiciones económicas para pagar colegiaturas y demás gastos que implican las escuelas particulares? ¿Es la escuela privada una opción al alcance de todos los mexicanos?

La discusión obliga de nuevo a la afirmación de que un estado democrático tiene el deber de proporcionar educación pública de calidad.

Finalmente, según cálculos oficiales el costo de la medida será de 13 mil millones de pesos. Dicha cantidad, dice el rector de la UNAM, representa la mitad de los recursos para acabar con el analfabetismo en el país. Pregunto: ¿desde hace décadas no habría válido la pena tal inversión para que seis millones de mexicanos aprendieran a leer y escribir?

Fuente: Ángel Guardián