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¿Universalización de la educación media superior?

La modificación del artículo tercero de la Constitución Política, que obliga al Estado a otorgar educación media superior a todos los jóvenes, es un tema con múltiples vertientes de análisis. Solo enumerarlas requeriría más de los dos minutos de que dispongo. Me concentraré en una.

En principio, no se puede estar en contra de una decisión histórica, pero su anuncio no garantiza nada. La educación secundaria también es un derecho ciudadano y una obligación estatal, sin embargo, suman millones quienes no han conseguido un certificado de secundaria.

Es verdad que hay progresos. En las últimas dos décadas mejoraron las probabilidades de acceso a la escuela, pero no las de permanencia y conclusión exitosa, menos de una educación con calidad.

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Una aventura en la radio

Hace un par de horas grabé mi participación para el noticiero radiofónico de “Ángel guardián”. No me había percatado, pero constatarlo me alegró inusitadamente: se trata de la vigésima cápsula de dos minutos, que se graba hoy, lunes, y se transmite durante el noticiero matutino de mañana. Son más de 40 semanas las transcurridas desde que inicié mi colaboración; me gustaría decir: “40 semanas ininterrumpidas”, pero una agenda laboral complicada imposibilitó cumplir en una ocasión. Por lo demás, estuve y pretendo continuar hasta que ellos, en la cadena, o yo, decidamos que no voy más.

No sé cuál es el efecto de mi participación. Marginal entre los radioescuchas, por supuesto, pero trascendente en mi incipiente ejercicio periodístico, por varias razones: porque nunca había hecho actividad semejante, porque me obliga a la disciplina de lectura y escritura, porque me fuerza a escribir una colaboración que (en mi opinión) pueda resultar de interés para un público que imagino heterogéneo, porque cada grabación es un desafío que no deja de atemorizarme y desafiarme.

Las razones escritas, y algunas otras, se compendian en una: el privilegio de la oportunidad cotidiana para nuevos aprendizajes, nuevos retos y motivos para oponer esperanzas y convicciones contra las realidades que uno, desde su humilde espacio, pretende que sean distintas; en el caso de quien escribe, como sabrán algunos, en el campo siempre cuestionado y siempre ilusionante de la educación. No intento decir, en modo alguno, que desde una cabina de radio, grabando una pequeña cápsula de dos minutos cada quince días, estoy en camino de una cruzada, aunque me tienta la idea. Quiero decir, nada más, que estas pequeñas victorias de la persistencia son un aliciente para la revitalización de esfuerzos y rumbos.

No sé cuánto tiempo habrá de durarme este lujo de participar con una opinión de 120 segundos, pero sé con claridad, en cambio, que cuando no experimente estas emociones, ese día habrá llegado el momento de cerrar la carpeta correspondiente en mi computadora, agradecer la gentileza de toda la gente que saludo en la estación de radio: el portero que me atiende siempre con una sonrisa, la señorita que me formula siempre la pregunta de si voy a grabar, los jóvenes profesionales que solícitos graban mi participación. Cuando eso sucede, cuando no tenga razones vitales para continuar esta aventura, ese día agradeceré y luego extrañaré de vez en vez. Mientras llega la hora, que no estoy seguro si ha de llegar, disfrutaré los lunes de cada quince días. Como hago ahora cuando pongo punto final a estas líneas.

A panzazos

Con la aparición del documental “De panzazo”, de Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola, estalla una nueva ola de críticas al sistema educativo nacional, con argumentos que en el medio pedagógico hace algunas décadas ya eran conocidos, aunque el conductor de noticias afirme, supongo que por ignorancia, que descubrió el mundo secreto de la escuela; no sé si los secretarios (de hoy y ayer) y subsecretarios del ramo lo sabían, pero la rica tradición de investigación etnográfica en México ha expuesto, tiempo atrás, la sociología de las aulas mexicanas.
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Presupuesto para las universidades

El fin de semana un grupo de rectores encabezados por la Asociación Nacional de Universidades (Anuies), acudieron a la Cámara de Diputados para entregar sus estados financieros y solicitar una ampliación de la partida presupuestal destinada a educación superior. Es parte de las estrategias para exigir mayores recursos. Se trata de una práctica que empieza a añejarse; las instituciones educativas deben negociar con los diputados para pedir lo que todos, o casi todos, aceptan que es vital para una nación: preparar a sus jóvenes.

Como se sabe, la iniciativa del Ejecutivo no contempla incrementos para atender problemas y áreas prioritarias de la enseñanza superior pública. El hecho no es novedoso: en la última década ha sido insana costumbre, aunque este año, con ojos optimistas, el panorama pintaba de otro color.

Había, hay múltiples razones para apostarle a la educación, por ejemplo, siete millones 300 mil jóvenes sin empleo y sin escuela, la urgencia de elevar la cobertura en licenciatura y la reforma que hace obligatorio el bachillerato. Pero sin recursos, casi todo es demagogia.

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La escuela de mi niñez

Han pasado tres décadas, cierto, pero no recuerdo que en mis años de la escuela primaria los exámenes despertaran especial agitación o paralizaran el resto de las actividades escolares. Eran otros tiempos, y con ello no quiero juzgar que había mayor o menor calidad. Lo que no creo es que hayamos aprendido menos que en el presente.

A diferencia de antaño, en los días en curso las escuelas públicas y privadas aplican constantemente exámenes porque así está dictado. Entre quienes tenemos hijos en la escuela primaria, lo descubrí recién, es tema común escuchar o decir: “ayer fue el examen de español”, “mañana toca matemáticas”. La “cultura evaluadora” que padece la escuela es inocultable, casi motivo de orgullo. En sentido contrario a lo que piensan las voces dominantes, sostengo que es un síntoma de la enfermedad, no de buena salud.

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