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Carta a una amiga

He tenido una dura jornada laboral, desde las 8 y hasta ahora, que llego a casa. Cansado, sí; un poco aburrido, también. Sin haber comido todavía. Puesto a confesar liviandades: decepcionado. Me habría gustado que Italia ganara la partida a los alemanes, un poco prepotentes en la cancha, aunque menos que su economía.

Mientras pienso qué comeré, y no encuentro respuesta ni fuerzas, una imagen me bulle en la cabeza. Las palabras de una buena amiga revolotean, dolidas, enojadas, tristes, deprimidas, decepcionadas. Su mundo, también mío de alguna forma, no es el que quisiéramos. Pero cayó en ese pequeño bache en el que los humanos comemos la manzana del pecado de la desesperanza. Y allí está sumida. Me escribe y la leo en la noche. La releo en la madrugada, al amparo de la oscuridad. Casi me salta una lágrima,

Conocí ese mundo oscuro y frío, me convulsionó, casi me mató, pero sobreviví.

Quisiera escribirle para ayudarla, pero no puedo, no tengo un bálsamo; lo peor, no existe. Pienso que es mejor no decir nada que suene falso, simplón, irresponsable. Dejo la respuesta para otro momento.

Entre las sombras de la alacena encuentro la respuesta. Esta. Que no lo es. No es una contestación. Porque no la tengo, ni soy un hombro para llorar.

Solo pude decirle: aguanta, aguanta siempre y sigue caminando siempre, siempre siempre. Seguí: tus hijos, los míos, nuestros nietos habrán de ver otro mundo mejor. Y si no lo ven, habremos cumplido la obligación si somos capaces de contagiarles el entusiasmo y la rabia para que intenten cambiar el suyo.

Las lagrimas suelen ser el abono más fértil para parir nuevos sueños.

Messi y las alegrías del fútbol

Lionel-Messi-destacado-IILas fechas de abundante fútbol que observamos en Europa y América, de calidades disímiles, han dejado momentos gratos y un gran hueco en el estómago con el anuncio de que el mejor jugador del mundo abandona la selección de su país. En principio, quise escribir del tema en el Cuaderno (blog) dedicado a reflexiones personalísimas. Lo impidió la desazón emocional y el exceso de trabajo. Sin embargo, revisando las páginas en mi Diario 2015 encontré una dedicada a celebrar el significado que a veces tiene ese deporte, y algunos jugadores, que nos reivindican y producen alegrías desmesuradas o nudos tristes. Aquí la comparto.

El fútbol no goza de buena reputación en el mundo intelectual. Por lo menos en una parte de ese planeta que prioriza la racionalidad.

A quien se atreve, confesar afición puede acarrearle oleadas de indignación y el desprecio de los vigilantes del orden y las buenas costumbres.

Pero está claro: uno no puede ir por la vida contra los prejuicios; menos, pretender la complacencia de quienes piensan y sienten distinto. Cada cual con sus vicios y virtudes, con sus santos y demonios.

Hombres extraordinarios que disfrutaron ese deporte, de la talla de Albert Camus y Eduardo Galeano (por citar dos nombres mayúsculos), nos purifican del pecado de la pasión por el buen fútbol; o por lo menos un poquito.

Pero ese deporte, que ha servido y sirve para tantos y tan antagónicos fines, también regala ejemplos revitalizantes, que reconcilian con la vida, aunque no nos olvidemos de la mafia que lo gerencia. Una situación así leo en CNN. Anfal Amar, una niña de 15 años, presenció la muerte de su padre una década atrás: “Cuando las tropas estadounidenses mataron a mi padre delante de mis ojos entré en un estado de conmoción, no salía de casa y no quería vivir.”

Su cariño por el Fútbol Club Barcelona, inculcado gracias a su hermano, le regresó la alegría. La madre contó: “la creciente atracción de su hija por el Barcelona la ayudó a olvidarse gradualmente del fallecimiento de su padre y recuperar la alegría; por lo que se animó y ahorró para comprar todo tipo de objetos relacionados con ese equipo, dispuesta a hacerle olvidar el dolor y la pérdida”.

Ahora, sueña con ver un día al Barça en Camp Nou y conocer a su ídolo, Lio Messi.

Cuando suceden hechos así, uno sólo puede sentirse agradecido con el balompié. Con un caso como el de la niña iraquí sería suficiente para firmar la pipa de la paz y pedirle al árbitro que suene el silbato para que la pelota ruede; y a Messi, que no se canse de brindarnos su magia en las canchas del deporte más hermoso del mundo.

Educación como pizzas

Lunes por la tarde. Bajo del auto y abro la puerta de mi hijo. Con desenfado arrastra su mochila de la escuela, cargo la mía y avanzamos a casa. En la puerta, un papel cubre la cerradura. ¡Publicidad! Habitual en estos pagos. Al llegar, Juan Carlos, lector principiante, se adelanta y lee las siglas de la universidad (sic) promotora, que por el nombre parece de auténtica clase mundial.

En mi estudio abro el tríptico. La oferta es amplia. Se asemeja al menú de una pizzería o restaurante de sushi: preparatoria en tres y dos años; licenciaturas en tres años, con sistema escolarizado (precisan: de lunes a viernes) o semiescolarizado (más precisiones: solo sábados). La oferta es variada en áreas y carreras que no tiene ni la Universidad de Colima, con todo y su infraestructura; especialidades en un año; maestrías de año y medio o dos años, restringidas a las áreas presuntamente “fáciles” y baratas (educación y administración, o cosas así), doctorados en modalidad fast track (dos años).

Está casi todo. Solo faltó agregar que ofrecen el paquete con la tesis terminada, para facilitar la trayectoria escolar. O que quitaron ese trámite fastidioso, para apresurar la subida del promedio de escolaridad nacional.

La proliferación de universidades, escuelas, establecimientos y changarros que ofertan educación privada se volvió casi frenética en el Colima de los años recientes. De unas cuantas universidades e instituciones privadas de educación superior, que ayer podíamos recitar de memoria, pasamos a una larga lista de expansión incesante, de disímbolas calidades y precios.

Debo advertir lo que no siempre es tan obvio: toda la educación tiene una función pública, y eso incluye a la que ofrecen los particulares; por tanto, debería estar sujeta a las mismas regulaciones que la enseñanza en las universidades públicas. En México no sucede así, y la mano invisible del mercado, con frecuencia omisa, mece la cuna a su antojo.

Lo digo con franqueza: estoy en contra de la mala educación, impartida en escuelas públicas y particulares, de primaria o universitaria. Y no deberían existir, pero es punto y aparte.

Aunque las regulaciones de la enseñanza particular son federales, sería buen momento, en Colima, para analizar su impacto, crecimiento, perspectivas y calidad. Y porque es posible, avanzar en la construcción de un marco regulatorio adecuado, que pueda innovar y ser modelo en el país.

No dudo: Colima puede ser un sólido punto de referencia en educación, y este tema es una estupenda oportunidad.

Coincidencias infames

SimonaEn algún punto de la carretera, en el viaje de regreso a Ciudad de México, apago la voz de Jorge Rojas que escuchaba una hora atrás. Abro El cazador de historias, con la emoción de quien acude al encuentro con objetos preciados, esta vez, la escritura que se desliza como aire tranquilo entre las ramas de los enormes árboles que dejamos a nuestro paso. Comencé el libro la semana pasada, pero voy a de poquito, escogiendo tres o cuatro páginas cada día, para no dejar de respirarlo, sin querer agotarlo todavía.

En la página 89 leo como título “La costurera”. Eduardo Galeano cuenta la historia de una mujer que cosía los mejores jubones en La Paz. Simona Manzaneda era, además de inigualable en su oficio, cómplice de quienes construyeron la liberta de la nación boliviana. Pero la delataron un día. Su castigo me resultó familiar, por lo sucedido a los maestros rapados. Así lo escribe: “Y le cortaron las trenzas y le raparon el pelo, y montada en un burro la hicieron desfilar, desnuda, por la plaza principal, y la fusilaron por la espalda después de aplicarle cincuenta latigazos”.

 

El hacedor de goles ha muerto

I. Cuando me acercaba al silbatazo final de la novela, exactamente en el capítulo 36, página 349, detuve la lectura, bebí lento y me pregunté: ¿cómo diablos va a resolverse el caso, es decir, cómo van a atrapar al Nathan, tan escurridizo como el Leo Messi de los slaloms prodigiosos o el Diego Armando Maradona del partido Argentina-Inglaterra en el mundial de México 86?

El final es inesperado. No hay desenlace totalmente feliz, no por ahora. Tampoco es empate. Tal vez, una suerte de tiempos extras en la batalla entre Mike León y Andrés Garnica contra el feroz y lastimado asesino a sueldo. El final es un punto y aparte, o puntos suspensivos: la promesa de una nueva historia en camino, escrita o escribiéndose. El reto es complicado: después de leer esta historia, no podemos esperar menos, ni el autor puede rebajar nivel.

II. Durante muchos años escondí mi afición al fútbol en el mundo académico, un poco fatuo y no menos superficial en gustos y poses. La cosa vergonzante no duró mucho. Pronto descubrí que muchos hombres que admiraba, en canchas de mi afecto, habían practicado fútbol o escrito sobre el deporte más hermoso del mundo, como le bautizó el inimitable narrador chileno Luis Omar Tapia.

José Alfredo Jiménez, Albert Camus o Eduardo Galeano, por mencionar algunos cracks, me ofrecieron la autoridad para aceptar mi afición al fútbol sin pudores. Pero no a cualquier fútbol, tengo que advertirlo. Soy, como Eduardo Galeano, limosnero del buen fútbol, ese que hoy navega a contracorriente de directores técnicos que pasarán a la historia pero personalmente no me gustan, como José Mourinho o Diego Simeone, partisanos, a veces heroicos, también austeros y tramposos cuando el empate o la victoria urgen, incluso por una derrota parca.

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