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Licenciaturas Mickey Mouse

En cadena española leo una situación que podría parecer simpática si no fuera una denuncia dramática. Una estudiante, Pok Wong, tomó el curso de “Estrategia en negocios internacionales” en la Universidad Anglia Ruskin, cuya dirección principal se asienta en Cambridge.

Decepcionada de la que, juzgó, mala calidad de la enseñanza, denunció a la universidad por “incumplimiento del contrato y tergiversación fraudulenta”, dado que no es, como profesa, un “centro de excelencia reconocido”.

El hecho ocurrió en 2013. La señorita Wong obtuvo su título, pero, dijo: “es un título de Mickey Mouse”. Y advirtió que las universidades deberían tener más cuidado con sus promesas.

El litigio culminó con un acuerdo entre Pok y la Universidad, mediante el cual recibirá como compensación 70 mil euros.

Algunos suponen que la victoria de la estudiante podría ser el punto de partida para que otros realicen maniobras legales semejantes y denuncien a sus universidades por faltar a sus promesas de “alta calidad en la enseñanza”.

No quiero hacer comparaciones odiosas, ni entre alumnos, maestros o universidades. Solo quería consignar el hecho en un día donde me hacía falta encontrarme con un gesto de digna indignación.

La escuela deseable y posible

Concluida la última semana escolar de abril, Juan Carlos estaba muy contento. Los viernes suele ser así, porque sabe que tiene por delante dos días de descanso y por su clase de ajedrez, un gusto que le persiste felizmente todo el año lectivo.

En la conversación rumbo a casa le pregunté por lo evidente: ¿por qué te gusta tanto esta semana? Su respuesta me sorprendió, concreta y contundente: porque no llevamos uniforme, porque no hay tareas y porque tenemos más libertad. ¿Qué había de peculiar? La semana de festejos del día del niño, por supuesto, que convierte a la escuela en un sitio y ambiente distintos.

No sé qué piensan otros niños, ni cómo se vive en otras escuelas esa fecha. Pero tengo como hipótesis que la contestación de mi hijo es un diagnóstico certero de la vida escolar en muchas escuelas, quiero decir, de cómo experimentan muchos niños la vida en muchos centros escolares. El resultado, sin el aliento de la familia y la fortuna de buenas maestras, puede ser funesto: odio al ritual de la escolarización, enfado, animadversión, aburrimiento…

La respuesta de Juan Carlos no tiene sentido como una valoración puntual, sino como pista para comprender la naturaleza de la institución educativa y su condición obligatoria: un espacio de reclusión forzosa, como la cárcel, el manicomio o el hospital, a donde uno, en condiciones normales, no elige asistir.

Acudir a clases durante 190 días (como será el próximo año escolar) implica un esfuerzo arduo de maestros y alumnos, una rutina que debe experimentarse como desafío permanente, con ocasiones diarias para el descubrimiento, pero también para el aprendizaje a partir de los errores, para el impulso al trabajo colectivo, así en alumnos como maestros, para la oportunidad de volver a comenzar después de un fracaso.

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De la indignación a la organización

Según la nota de AF Medios, 50 ciudadanos acudieron este domingo a la marcha para manifestarse por la seguridad en Manzanillo, luego de una ola de muertes de menores de edad en pocos días.

Ignoraba la convocatoria, pero habría imaginado que la irritación provocada por el asesinato vil de un jovencito en la tienda de Kiosko aglutinaría a muchas personas. 50 para el municipio más populoso de Colima es una cifra reveladora de la distancia que nos separa de sociedades con desarrollos democráticos maduros.

Un acto público de 50 personas refleja que todavía optamos por la comodidad de observar los problemas sociales desde el sillón de casa, a través de la computadora o la pantallita del teléfono, simulando agitar las banderas que unos pocos enarbolan en las calles.

La ciudadanía es la condición para la democracia. No son las elecciones, ni tampoco los partidos, la equidad y jueces imparciales los que forjan una auténtica democracia. Es claro que todos esos, y otros elementos, como la prensa libre, son condiciones necesarias, pero sin la participación fundada y vigorosa de la sociedad, de las personas, la democracia cojea.

De la indignación a la organización es una ruta que ni siquiera trazamos todavía en Colima. Ojalá no sea demasiado tarde.

Matar por matar

La violencia en Colima se hospeda vigorosa, desalojó la tranquilidad y amenaza con perpetuarse. La cifra de muertos desborda todos los límites, exhibe incompetencias y la gravedad del mal. Un día sí, otro también, los ejecutados van subiendo las gráficas más ominosas de una sociedad vulnerable y vulnerada.

Todas las muertes violentas perturban, pero la forma en que fue asesinado un menor de edad (niño, según la Unicef) que laboraba en un Kiosko de Manzanillo conmueve. Su sueño, según relatan notas periodísticas, era reunir dinero para comprarse una computadora y estudiar para convertirse en administrador.

El video que circula (también convendría averiguar por qué) en redes sociales, y las descripciones del hecho son escalofriantes. Mataron a Germán nada más por qué sí.

Uno está acostumbrado a pensar en la lógica de que hay un móvil para los comportamientos, que actuamos inspirados por una razón o una ofuscación, pero en este suceso no hay motivos para que un sujeto, nomás por nomás, cobardemente dispare su pistola contra otro que ni opuso resistencia, indefenso.

Matar por matar nos coloca lejos de los peores comportamientos entre los animales. Esas conductas son de otro reino. Así estamos viviendo en esta entidad que se nos desangra entre las manos, entre la incompetencia y el desamparo.

La belleza del ejemplo

No hay forma más bella de la autoridad que el ejemplo, recité a los estudiantes del curso “Gestión y administración de la educación superior” en la Facultad de Pedagogía. Me miraban como casi siempre: atentos e interesados. Luego volví a citar a Miguel Ángel Santos Guerra para reafirmar el valor de su idea. Con un comentario más terminé la clase y les agradecí la complicidad.

Me gustaría que ideas como esas se quedaran rebullendo en la cabeza del grupo de jóvenes con quienes tengo la alegría de coincidir cinco horas a la semana. Que las repasaran mentalmente, o en pequeños grupos, en parejas, y discutieran la enorme verdad que encierra la invitación a hacer del ejemplo el ejercicio más poderoso y convincente de la autoridad, para aplicarlas en su casa, en su relación con otros, en su futuro como profesores o directores.

En este tramo del curso elegí “Las feromonas de la manzana”, de Santos Guerra, para reflexionar con los estudiantes sobre el diagnóstico que están realizando y sus experiencias como universitarios y previamente. Es un texto estupendo que suma a la profundidad, la clara y precisa narrativa, enriquecida por la fructífera experiencia del autor.

En educación no existen las balas de plata, escuché decir alguna vez a otro educador extraordinario, Juan Carlos Tedesco. Y la idea de Santos Guerra tampoco es una solución mágica. No hay soluciones fáciles ni únicas para resolver los problemas complejos de las escuelas y los sistemas educativos, pero hay principios e imperativos insoslayables.

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