LA ESCUELA, LA VIDA, JUAN CARLOS

Caminamos al campus central de la Universidad, Juan Carlos al lado en el auto. Al pasar frente a la estancia infantil a donde asistió varios años, le pregunto:

-Aquí estuviste un tiempito. ¿Te acuerdas?

-Sí, me dice raudo.

-¿Te gustaba estar allí? Enemigo esta vez de los rollos, responde sin dudarlo.

-Sí.

-¿Qué fue lo que más te gustó? De nuevo, sobrio en las respuestas, me dejó primero perplejo, luego sonriente, finalmente desbordado por la risa de ambos.

-¡Que no aprendí nada!

Su picardía me obliga a mirarlo. Sabe que dijo algo inteligente y espera mi reacción. Le tiendo una mano para chocarlas. Avanzamos riéndonos.

Vuelvo a la carga metros adelante.

-¿Cómo que no aprendiste nada? Algo debiste aprender. ¿Qué aprendiste?

-No, nada. No había tareas. Solo jugaba y me divertía. Y no aprendía nada.

Aquí podría dejar mi relato. Y convocar a la reflexión de cada quien.

Pero no. Me parece que la respuesta de Juan Carlos es una veta para admirar un ángulo del significado que tiene la escuela para los niños.

Pequeñito ya, a sus hoy cumplidos seis años, logra establecer claras diferencias entre la vida y la escuela, entre la realidad y la ficción en que de alguna forma es el ritual de la escolaridad. A la escuela se va a estudiar, hay tareas, uniformes, obligaciones, calificaciones, regaños; en la vida se juega, se divierte, se pasan bien las horas en esas edades en que el máximo cometido no puede ser otro que ser niño y feliz.

¿Alguna vez lograremos que la escuela se parezca un poquitín a la vida, en que sea menos aburrida y estresante, y más divertida?

*

IMG_1209Como esbocé líneas arriba, el personaje de esta pequeña anécdota hoy cumplió seis años. Facebook me recordó las fotos y textos que escribí hace dos años, en Santa Fe, Argentina, cuando celebramos su fiesta en nuestro pequeño departamento, con escenografía, piñatas, pastel, comida, regalos, todo hecho por nosotros. Entonces compartí lo que ahora repito:

Seis años ha que nació el segundo de los soles que calientan mi planeta.

Seis años dirigido por un capitán llamado a enderezar el rumbo de mi nave.

Seis años ha.

Seis años.

Seis.

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