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Un profesor agradecido

Cuando comenzó el confinamiento por la pandemia primero tuve miedo: ¿qué haría con mis horas libres? Luego entendí. Valoré. Recalculé. Hoy me falta tiempo. Apresuré un libro que debía estar listo el 20 de diciembre: ya tengo la versión preliminar. Terminé otro que esperaba concluir para enviarlo a editorial: ya lo tienen ellos y espero las pruebas para correcciones. Debía escribir un capítulo solo y otro en equipo: concluí ambos. Después se me ocurrió otra idea y hoy tengo 18 capítulos para una obra colectiva que pronto anunciaré. En fin.

En eso iba transcurriendo mi vida con el trabajo en casa. Un día recibí el mensaje de un querido colega y amigo. Que si podía llamarme, preguntó. Y acordamos una conferencia. Luego vinieron mis amigos y colegas de la Escuela Normal de Tecámac, y así, se sucedieron una tras otras siete participaciones. En marzo no esperaba nada y mi agenda estaba libre de conferencias, lo cual me dejaba campo abierto para la lectura y escritura. No resistí a las invitaciones y casi a todas he dicho sí.

Hoy paré. Dos actividades en un día, para alguien que sufre mucho antes de cada participación es demasiada adrenalina. Por días diez necesitaré reposo de todo ello. El 10 de julio tengo otra conferencia muy importante para la Universidad Pedagógica Nacional.

Sirva todo esto, perdonen a fatuidad, nada más que para agradecerle a todas las instituciones y personas que creyeron que valía la pena invitarme e invitar ellos a sus compañeros de trabajo, y de otras instituciones, a escuchar las ideas de un profesor universitario de Colima.

No sé cuánto aprendieron esos cientos de personas que se conectaron con mis conferencias. Yo aprendí un montón. Estoy en deuda. Gracias.

OFICIO DOCENTE: GRATITUD SIN FRONTERAS

Hace mucho tiempo descubrí que el reconocimiento más esencial como profesor no se debe buscar como objeto perdido, tampoco como pieza de colección. Que cuando lo ganamos, normalmente llega tiempo después de habernos encontrado por última vez con los estudiantes en el salón de clases, cuando aquilatan nuestro trabajo, lo comparan con su práctica, con otros maestros que conocieron o con quienes ahora trabajan. Entonces, transcurridos los años, al dar vuelta en una esquina, en la plaza o en cualquier parte, nos reconocen, nos reconocemos y aparecen palabras que indican que no hay solo un gesto amistoso, sino gratitud genuina. También se cosechan esos frutos, cuando sembramos, repito, en algunos momentos de la vida.

Con esa idea peregrino en mi labor docente, sin pretender conquistar los premios de popularidad (a los que nunca aspiré) o buenaondez. Voy al salón de clases para dejarlo todo en cada sesión; a veces sale buena la clase, otras fatal. A veces quisiera no haber llegado, pero también escucho en otras, los “gracias” de los estudiantes al final de la sesión. Ese gracias, mientras salen huyendo con la mochila, es un pequeño dulce en la boca del niño durante el recreo.

Este sábado encontré en Facebook uno de esos regalos y me conmoví. Más que eso. Lo sentí en la piel y en el alma. Me emocioné, perdonen la fatuidad. Es un párrafo escrito desde alguna parte de España por una educadora, Marina Espada, que vino a la Universidad de Colima un año, durante el cual ella y su compañera de viaje estudiantil, Gloria Lanchas, tomaron cursos conmigo; sobre Paulo Freire, recuerdo.

Sus palabras fueron el regalo más lindo que recibí en mucho tiempo a propósito del oficio de profesor. Escribió: “uno de mis mejores maestros, si no el mejor. Gracias por enseñarme a reflexionar y a cuestionar cada pensamiento, cada idea, cada afirmación (incluidas las tuyas). Me enseñaste con tu ejemplo otra manera de estar en el aula. Hoy día, como maestra y más de 10 años después de haber sido tu alumna, a veces me pregunto: ‘¿Cómo haría esto Juan Carlos?’. Gracias por ser mi referente.” Lo releo para escribirlo y me exalto.

Marina, estupenda estudiante, de lo mejor en todos estos años, me agradece por un par de prácticas que muchas veces caen en desuso en las aulas universitarias: reflexionar y cuestionarnos, incluso al profesor, como admite. Porque hoy es usual que se confunda aprender a “hacer cosas” con responder rápido, sin profundizar, sin pensar, con el menor esfuerzo y, lo peor, con frecuencia, sin comprender la pregunta.

Para ser buen profesor no basta con querer. Se tiene que ejercer el oficio con pasión, que significa, aprender con emoción y enseñar con alegría; pero siempre necesitamos que del otro lado, enfrente, esté alguien dispuesto a aprender, a preguntarse y preguntar, a reflexionar, a superarse. Sin esos alumnos, como Marina, los maestros no somos. ¡Gracias, Marina!

A MARY HERNÁNDEZ: IN MEMORIAM

Cintas de Pesame 12Esta mañana, mientras esperaba a mi hijo para salir a la escuela, encontré la triste noticia de que había fallecido María Hernández Hernández, cariñosamente llamada “señora Mary”, esposa del doctor Carlos Salazar Silva. Sentí una punzada dolorosa. La imagen del doctor Salazar abatido me vino a la memoria. No conozco las circunstancias, pero la muerte es así, como bien dicen: no pide permiso ni tiene que anunciar llegada; aparece, enluta y deja espacios desolados que solo se iluminan con recuerdos, paciencia y resignación.

La conocí después de que su marido fuera electo rector de la Universidad. Tuve pocas conversaciones con ella mientras acompañé al doctor Salazar como funcionario, y la última, en un viaje de Ciudad de México a Colima en que coincidimos en el avión, cuando él ya estaba dedicado a otras tareas. Durante aquellos años recibí o escuché muchos comentarios de gente que trabajó con ella, que recibió su afecto y generosidad. Hoy, nada menos, dos intendentes con quienes conversaba en la Facultad se consternaron cuando les anuncié el suceso.

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HORAS FELICES O MUCHAS GRACIAS

A pocas horas de la presentación de mi libro Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docencia, me invaden emociones ubicadas en el lado más positivo de la vida.

Precisamente por ello me obligo ahora a reposar un poco en esta jornada matutina, para reflexionar sobre un sentimiento que tengo en la piel y en los labios: gratitud. Y es que estos instantes felices suelen pasar por alto que, primero, toda felicidad es efímera, aunque retorne al día siguiente, o poco después. Porque la vida no es “Quiéreme mucho”, la tierra donde habitan los ositos cariñositos. No es que haya que encontrar problemas en cada solución o momento plácido, sino que por su fugacidad tenemos que disfrutar los buenos momentos con mayor intensidad, porque han de pasar más temprano o más tarde, en un incesante recomenzar.

También creo necesario detener el trajín para el agradecimiento y no, como solemos hacerlo, sólo para maldecir cuando las cosas no van bien. 

La gratitud es un buen espejo para mirar y reconocer imperfecciones, quiero decir, para reconocer que casi nada en la vida es obra de uno solo, excepto los errores, que pueden ser casi todo. ¡Triste paradoja! Muchas personas contribuyen en casi todo lo que hacemos, aun las que pretendiendo jodernos la vida nos alientan a seguir adelante.

Gracias infinitas a quienes me ayudaron a terminar un proyecto que duró varios años desde su concepción. La lista sería interminable y mi memoria podría traicionarme. Ellas, ellos lo saben.

Quiero dejarles las palabras de un excelso amigo sevillano para repetir lo que magistralmente nos enseña sobre la gratitud. Con ustedes, Juan Miguel Batalloso:

Si todo es compra-venta, si todo es mercancía, acabamos por perder el valor de lo gratuito, lo incondicional y lo amoroso. Si extraemos del dar o la donación, el valor de la gratuidad y la incondicionalidad perdemos al mismo tiempo la felicidad intrínseca que procede del original, espontáneo y creador acto de donación, acto que abre siempre caminos insospechados y desconocidos de afecto, cariño y amor que por su propia naturaleza son caminos libres, abiertos, no retributivos además de que no pueden reducirse ni recorrerse  ni en una sola dirección, ni en un único sentido.

“Pues no, no todo tiene un precio y precisamente las cosas y acciones que no tienen precio y no pueden reducirse a mercancía, son las infinitamente valiosas y de las que recibimos los mayores bienes para nuestra salud, nuestra felicidad y nuestra vida. Amor, ternura, comprensión, cariño, compasión, reconocimiento, compañía, solidaridad, alegría, paz interior, perdón y un sinfín de cualidades que nacen y crecen en el corazón humano, no pueden comprarse ni venderse y para adquirir esta conciencia necesariamente tenemos que recorrer el camino del agradecimiento, único camino para comprender el regalo de la vida, la naturaleza, el universo y el amor incondicional que hemos recibido en toda nuestra vida que siempre es alumbrado, iniciado y mantenido por nuestras madres.

De cualquier manera, tomar conciencia de que somos portadores, realizadores y gozadores del gran milagro de la vida tal vez sea el primer paso para comprender que hasta la brisa más sutil de aire puede convertirse en el más valioso de los regalos. De este modo, aprender a agradecer incondicionalmente todo lo que tenemos a nuestra disposición, incluyendo también el difícil trago de las frustraciones, del dolor o del sufrimiento, se convierte en un camino transcendente para reconocernos como los seres más privilegiados y milagrosos del universo. 

Hacer simplemente una parada para visualizar todas aquellas cosas de las que disponemos, todo aquello que hemos recibido totalmente gratis o mejor aún, pensar y sentir muy cerca de nosotros aquellas personas que nos han dado tanto o que nos han amado incondicionalmente, es sin duda un excelente ejercicio para sentirnos contentos, alegres, serenos y en camino de conquistar una estable y profunda paz interior.

Agradecer no es pues un acto de esclavitud ni de dependencia, sino más bien un acto de donación incondicional y reconocimiento de que no somos nada sin el otro que nos mira, nos escucha o nos acoge.