Diario 2020

El olor de la guayaba

Posted by Juan Carlos Yåñez Velazco

DespertĂ© temprano y, sin haberlo planeado, salĂ­ a caminar al andador otrora habitual. El cielo todavĂ­a estaba oscuro cuando comencĂ©. CreĂ­ que el paseo serĂ­a en solitario, pero de nuevo errĂ©. Otras personas, pocas, ya transpiraban. Clima fresco, hĂșmedo, agradable. La Ășnica molestia: los faros de los autos ametrallando los ojos. DespuĂ©s de los meses en confinamiento, estas caminatas son una bocanada de libertad que oxigena pulmones y despierta alegrĂ­as casi infantiles. Me gustarĂ­a hacerlas como antes de la pandemia, pero me inquieta la aglomeraciĂłn que llegarĂĄ en la prĂłxima hora. PodrĂ© hacerlo a cuentagotas, cuando el clima, el sueño y la sensatez lo aconsejen, mientras, a disfrutarlas como bocado para el hambriento.

Cerca de la mitad del itinerario un olor me distrajo de las divagaciones. Guayabas. La penetrante fragancia de las guayabas se me clavĂł en la nariz y la memoria. Mientras buscaba entre las sombras la fuente, pude observar las bolas maduras en el tapete del suelo y algunas amarillas colgando entre el frondoso ramaje. SeguĂ­ el paso de los recuerdos que se desgranaban en una vorĂĄgine perdida en algĂșn rincĂłn del pasado familiar.

Regresé muchos años. Entré a casa de mi abuelo materno, Salvador, directo al patio trasero, el corral, como decíamos en el pueblo, donde florecían guayabas, limas, limas chichonas y una granada que, tacaña, ofrendaba pocas delicias. Esas incursiones en los años finales de la primaria estån selladas con el dulce sabor de las guayabas de distintas variedades y su olor, ese exuberante aroma que perfumó el libro que conversó Gabriel García Mårquez y escribió su amigo, Plinio Apuleyo Mendoza.

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