Diario de un hombre sentado en la plaza

Día 60. Día del Maestro

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

No tenía razones objetivas para creer que aparecería por el parque ese personaje que no acierto a definir con precisión, si como sabio o loco. Quizá planteo mal la cuestión y no sea una disyuntiva. Quizá sea un poco loco y otro poco sabio. Las dosis van cambiando. Quizá.

Llegó sonriente y se sentó al lado sin saludarme. Es habitual, debo advertirlo. Está alejado de las costumbres civilizadas de saludar y ser amable desde el principio. Lucía mejor que en otras ocasiones. Su pelo había sido rastrillado por algún peine de pocos dientes y la ropa parecía más limpia, o menos deslucida.

–Es Día del Maestro, aprendiz –me dijo sonriente, aunque mirando hacia la calle peatonal.
–Es Día del Maestro, sí. Aunque hoy dirían: de la maestra y el maestro –respondí con lucidez poco envidiable.
–¿Tienes algo que festejar? ¿Alguien a quien festejar? Dicen que en estas tierras todo mundo tiene un maestro en la familia –me miró inquisitivo cuando cerraba sus palabras.
–No, no tengo a nadie por quién festejar, aunque sí, algunos primos, primas, una tía, pasaron por la docencia. Creo que ya se jubilaron, pero no, nunca tuve un festejo familiar con ese motivo. ¿Y tú?
–Yo no. Nada ni nadie –aseguró rápido.
–¿Tienes una mala opinión de la docencia? ¿Por qué esa frialdad? –le pregunté.
–En lo absoluto. Hace tiempo fui profesor. No mucho. Algunos semestres. En licenciatura. Fue poco. Me gustó la experiencia, pero no era lo mío.
–Vaya, vaya. Eso sí me sorprende. ¿Cómo hacían los alumnos para tolerar a un tipo como tú? –le respondí sin medir las palabras.
–Jajajajaja. ¿Cómo yo? ¿Cuál es la particularidad? Era un profesor normal. Llegaba puntual, preparaba mis clases, trataba de ser honesto y responder dudas, elaboraba mis exámenes y calificaba imparcialmente. Atendía cuando me lo pedían. No era malo, por lo menos, en los aspectos formales. Luego no sé si en esas cosas pedagógicas aprobaría un examen –me contestó, y desató más preguntas.
–¿Y qué pasó? ¿Por qué abandonaste? ¿Te expulsaron por ser normal y buen profesor? –lo provoqué.
–Viniste simpático, eh. No. Me cansé. Nada más. La docencia era un ingreso extra. Tenía mi empleo y ahí dedicaba la mayor parte de la jornada. Probé porque me lo insistía un amigo, quise ayudarle, pero luego vinieron los desencantos. Mi amigo, en realidad, un antiguo compañero de la facultad, dejó su puesto directivo. Llegaron la burocracia, algunos directivos imbéciles que se sentían pequeños monarcas; empezaron a ahogarnos con formatos que debíamos llenar, siempre para el día siguiente, informes que nadie leía y no tenían usos más que para hacer listas de chequeo. La mejor parte era el encuentro con estudiantes, provocarles reflexiones, incitarlos a la lectura e interpretación de los textos, verlos trabajar en equipos, discutiendo vehementes, eso era emocionante, pero el cáncer institucional avanzaba cada semestre y mi trabajo fuera no daba concesiones. No tenía suficientes anticuerpos. Abandoné.
–Estoy pasmado. No habría imaginado toda esa historia en tu vida. O tal vez sí. No te imagino sentado como yo, en una oficina burocrática, ni asistiendo a partos de vacas o sanando patitas de perro…
–Espera, alguna vez también hice algo de eso, no es tan malo –me corrigió. A veces es más divertido de lo que imaginas.
–Pero es que lo tuyo parece más intelectual –interpelé.
–No es para tanto, no –me respondió, aunque dudé de la sinceridad.
–¿Extrañas la docencia? –pregunté sin pensarlo.
–No. Nunca. Disfruté mientras duró, pero no volvería. No tengo la paciencia ni la pasión que se necesita, menos ahora, con esas cosas de tiktok, youtube o la inteligencia artificial, que abren posibilidades enormes, y riesgos que pueden parir generaciones enteras de pereza y mediocridad. No, nunca más.
–Pues te felicito, aunque ya no lo seas. Dicen que maestro una vez, maestro siempre –le dije con sinceridad.
–Nunca escuché esa frase, y dudo que alguien lo haya dicho alguna vez. Pero te lo agradezco, aunque no me siento maestro. Ahora no.
–Bueno, pues tendremos otro motivo para brindar alguna vez. Ya tenemos un nuevo motivo –le sonreí, advirtiendo con discreción que era hora de partir.
–No recuerdo los otros, pero guárdalos, por si algún día sucede.

–Hasta luego, maestro –nos despedimos como siempre, sin abrazos ni manos tendidas.

 

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