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Endeudando presente y futuro

En el teatro de la educación nacional se anuncian varios actos inesperados y de final incierto.

Primero. La instrucción del presidente de la República para un regreso presencial a clases antes del 9 de julio. Esta vez, habla de vacunar en las próximas semanas a 3 millones de maestros, según la nota que leo en La Jornada.

Como se ha vuelto costumbre, los pronósticos presidenciales se desbarrancan con facilidad, y si no han terminado con todo el personal médico y adultos mayores, la promesa de vacunar al magisterio para volver a las aulas es temeraria.

En segundo lugar, el escándalo provocado por las decisiones de renovar los libros de textos gratuito de primaria en un tiempo insólitamente breve, con mecanismos y responsables improvisados. Las críticas son fundadas y suscitan genuina indignación.

Si faltara, tenemos también la desorganización en la convocatoria para la promoción horizontal del magisterio, con fallas elementales para un sistema informático sin demasiadas pretensiones.

Y debemos sumarle la persistente falta de claridad en las condiciones para el retorno a las aulas.

En todos estos hechos, y en cada paso que observamos durante el sexenio educativo, cuesta mucho encontrar criterios razonables, solidez en las decisiones y algo distinto a improvisación, ignorancia o incompetencia.

Pasaba con Esteban Moctezuma y con Delfina Gómez no ocurre algo mejor, a pesar de las ilusiones de muchos creyentes en su trayectoria magisterial.

Con el mínimo sentido crítico y lejos de banderas partidistas o campañas electorales, la actuación de la SEP es desafortunada.

La peor de todas las lecciones es que la educación, como ha sido constante en nuestra historia, es un asunto de menor importancia, encargada a políticos de escasa estatura que tuvieron el privilegio de dirigirla, y la desgracia de endeudar  presente y futuro de millones de niños y jóvenes.

 

La pandemia en mi infancia

Esta noche, con la influencia de El profesor artesano, de Jorge Larrosa, y un tequila con hielo, para refrescar la noche, dejé las páginas del libro del profesor catalán para imaginarme como estudiante de primaria en una epidemia durante la ya remota infancia.

Tengo muchas imágenes de lo que sucede en este momento. He visto a Mariana y a Juan Carlos interminables horas escuchando sus clases a través de la pantalla. He conversado con varias maestras y maestros, con padres y madres, y sé, más o menos, cómo se vive hoy, pero lo que ocurriría entonces, no habría sido ni un poquito semejante. Creo.

El universo que intento recrear es de otro planeta temporal, de otra dimensión cultural y tecnológica. Sucedió en la década de los años setenta en el siglo pasado.

Entonces, en un pueblo de pocos miles de habitantes, el arsenal para nuestros aprendizajes era precario: provenía de los libros de texto gratuito, los paquetes de útiles escolares que nos regalaba el ingenio azucarero a los hijos de los obreros, los libros que mis padres compraron para la casa, luego llegó una máquina de escribir manual, y siempre, un puñado infinito de ganas de aprender y una madre atenta.

¿Si en aquellos años hubiera explotado la epidemia o la pandemia del COVID-1974, cómo habríamos vivido el ciclo escolar? ¿Habríamos tenido mejores o peores profesores que ahora? ¿Qué formas de comunicación tendrían las maestras con nuestras mamás? ¿Cuánto habríamos dejado de aprender? ¿Seríamos hoy peores ciudadanos o más incultos?

No lo sé. No tengo respuestas. No puedo imaginarme. Si mirar adelante me cuesta, en el pasado, a veces, me pierdo. Tal vez falta un tequila doble.

Sábado lector

Después de dos horas de clase y dos más revisando sendas tesis de licenciatura, al mediodía abrí una pausa. La tarde, después del calor, fue de lectura. Avanzo lento pero divertido leyendo “Quijote”, de Salman Rushdie. En el primer centenar de páginas, un quinto del libro, no hay respiro ni desperdicio. A golpe de novelas el escritor nacido en Bombay se va convirtiendo en uno de mis autores favoritos de habla no hispana.

Me he prometido dedicarle el menor tiempo posible a las redes sociales y evitar la epidemia de intolerancia que domina el mundo político nacional y no conduce a ninguna parte. Menos redes y más lecturas son una forma de descanso activo que me sienta bien.

Marzo volando de prisa

En algún punto de marzo perdí la noción del tiempo. Más o menos la recobré esta mañana al detenerme en el calendario. Marzo se fue y me deja una estela de momentos y sensaciones.

Fue el mes más improductivo en dos años para mi página web. Apenas una entrada cada tres días.

A cambio, tengo en el escritorio la antepenúltima versión de mi nuevo libro que tiene por título tentativo La universidad que soñamos. El fin de semana, o la próxima, estará lista la tijera para la corrección.

Escribí menos, pero leí un poco más. Anoche comencé, sin saber que era la despedida del tercer mes, Quijote, una novela delirante de Salman Rushdie, actualización del Quijote manchego, a los tiempos en que las pantallas infinitas te comen el cerebro y consumen tiempos.

Jonas Jonasson, Jorge Larossa, Gabriela Mistral, Daniel Cassany y Ambrose Bierce fueron compañía agradable durante las semanas previas. Otras esperan.

La lectura es terapia; la escritura, placer. Privilegios ambas. Ojalá abril me regale unas cuantas horas más de las que se perdieron en marzo.

Mediodía caliente y mortal

Después de un sábado lejos de redes sociales, volví a Twitter este mediodía caliente para encontrar una noticia que sólo confirma lo que muchos pensábamos: la cifra mortal por la pandemia es peor que la recetada todos los días por los gobiernos federal y estatales.

Según distintos medios y cálculos, la contabilidad ya rebasó las 320 mil personas muertas, para colocarnos al ladito de Brasil y Estados Unidos, aunque, recuerdan los cables noticiosos, con una población menor en nuestro caso.

No sé si hubo dolo o incompetencia en las autoridades del país, repito, federal y estatales. Tal vez ambas: incompetencia dolosa y dolorosa, que se agrava con la irresponsabilidad ciudadana empeñada en negar evidencias, relajada y valemadrista.

Las responsabilidades en esta enorme tragedia no son personales, quiero decir, de pocas personas concretas, aunque hay nombres y apellidos notablemente marcados ya por decisiones, omisiones y explicaciones. Los juicios se volverán más crudos cuando se despejen los brumas que siguen ocultando realidades.

Y como si los más de 320 mil muertos no laceraran, la nueva ola de contagios que ya se advierte podría enlutarnos en el camino hacia las elecciones, mientras escuchamos o leemos a candidatos que peregrinan de espaldas a esta realidad.

¿Tendremos nuevos gobernantes y representantes más honestos y competentes que los que se van o permanecen?