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La Universidad de Colima, 132 de Latinoamérica

La Universidad de Colima es la número 132 en el ranking de las 250 mejores universidades latinoamericanas, presentado en Londres por una consultora británica fundada en 1990 y creadora de uno de los más reputados en su género, el Ranking Mundial de Universidades, una clasificación de las principales 700 instituciones educativas superiores del mundo.

Con base en la evaluación de siete criterios, entre ellos, reputación académica, reputación entre empleadores, producción científica, impacto en internet y calidad de su planta docente, la de Colima ocupa el lugar 22 entre las instituciones mexicanas, y entre las públicas estatales el 10, detrás de las Universidades de Guadalajara, Autónomas de Nuevo León, Puebla, Estado de México, San Luis Potosí, Guanajuato, Autónoma del Estado de Morelos, Autónoma de Yucatán y Sonora.

Para algunos puede parecer un sitio lejano, pero solo en México la SEP reconoció en el ciclo escolar anterior 2,741 instituciones de educación superior públicas y privadas. Ser entonces la 132 de América Latina, la 22 de México, la 10 entre las públicas estatales es motivo de orgullo, pues forma parte de la élite en el subcontinente y el país. Más aún, si está por encima de otras grandes instituciones, como la Veracruzana, Michoacana, o las Autónomas Chapingo, Aguascalientes, Chihuahua, Sinaloa, Hidalgo, Tamaulipas, Baja California, la Autónoma de Guadalajara y el ITESO.

Está claro: una universidad no es grande por su lugar en las clasificaciones, sino porque cumple su responsabilidad social, pero el sitio conquistado honra, estimula y compromete, y así debemos asumirlo quienes laboramos en la Universidad, sin falsos triunfalismos y con una generosa dosis de humildad, pues solo de esa forma seremos capaces de reconocer defectos y fortalecer virtudes.

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Internacionalización de la UdeC

Hace unos días se anunciaron nuevos acuerdos de colaboración entre la Universidad de Colima e instituciones educativas de otros países, para el establecimiento de programas de doble grado o doble titulación. Se trata de convenios que permiten que estudiantes de la institución colimense cursen uno o dos años en universidades extranjeras y al final de sus estudios obtengan dos títulos de licenciatura o posgrado, válidos aquí y allá. Las ventajas, como podrán apreciarse, son inmensas e impensables para quienes estudiamos hace una, dos o más décadas. De este tipo de programas egresaron ya los primeros licenciados en economía, con un título francés, y los primeros ingenieros oceánicos con título chileno, para citar dos de los casos con resultados ampliamente satisfactorios. Once son, en total, los programas suscritos hasta hoy entre la Universidad de Colima y universidades e instituciones de Francia, Chile, Panamá, Tailandia, Australia, España y Estados Unidos. Si los once representan una cantidad respetable, por su número y calidad de las contrapartes, es significativo que otros se preparan con universidades canadienses, estadounidenses y chilenas. Por el proceso de integración europeo de su educación superior se pospusieron algunos acuerdos, pero próximamente podrían incrementarse con instituciones de ese continente. El resultado de todo este esfuerzo ya se aprecia hoy, en los logros de cada una y cada de los egresados, pero en diez años será incalculable la ganancia que dejen para Colima y para el proceso de internacionalización emprendido por su máxima casa de estudios. La educación no suele ser una buena noticia, y para muestra, bastaría con revisar los periódicos de cualquier día, sin embargo,  hay muchas noticias que deben empezar a visibilizarse, para reconocerse y apreciarse, sobre todo, porque son parte del esfuerzo de muchas personas que colaboran en su gestación y lo hacen posible. Escucha la opinión

La agenda ineludible para el próximo sexenio

Con las diferencias de modos personales, programas ideológicos y prioridades momentáneas, la agenda de la educación en México está delineada para el futuro inmediato. Repaso las tareas que observo.

Primera. El derecho a la educación debe dejar de ser un adorno discursivo, para convertirse en práctica generalizada. Los millones de ninis y las cifras de analfabetismo, rezago, deserción y expulsión de la escuela son elocuentes: no estudian todos los que debieran, no todos los que estudian terminan y la enseñanza para los afortunados no siempre es de calidad. Cumplir el derecho a la educación es la primera de todas las obligaciones.

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Debate sin educación

Del debate entre los candidatos presidenciales poco cabía esperar en el tema educativo. Más allá de las capacidades oratorias de cada uno, sus pronunciamientos en la materia no alumbran nada extraordinario, mucho menos espectacular. Después del debate, la opacidad disminuye entusiasmos.

Becas para todos, inglés, mejores resultados en los exámenes, evaluación de profesores, internet y banda ancha son lugares comunes que evidencian una lánguida preocupación por la vitalidad de nuestro sistema educativo.

Unos más que otros, los cuatro estaban obligados. Los más directos, la ex secretaria de Educación Pública, quien por ese hecho tendría o podría llevar ventaja. No la mostró. El candidato del partido de las cúpulas magisteriales no fue original ni su propuesta en el debate se centró en el valor de la educación.

Hace treinta años las políticas educativas construidas en el sexenio de Miguel de la Madrid orientaron un rumbo que, con variaciones menores, continua a pesar de un cambio en el partido gobernante. Las políticas educativas se han plegado a las económicas, al modelo global de desarrollo, por eso la conducción no ha cambiado el horizonte, y por eso tampoco es esperable un giro en los próximos seis años.

Me gustaría estar rotundamente equivocado, pero hasta hoy creo que recogiendo las pocas ideas del pobre debate no se podría diseñar un proyecto educativo distinto, capaz de dar vida a otra educación, no solo para superar puntajes en las pruebas, sino para revitalizar la formación de nuestros niños y jóvenes. No en seis años, por supuesto, pero sí erigiendo las bases de una transformación que sólo puede concebirse transexenalmente.

¿Vamos a ser capaces o damos por perdido ya el primer tercio del siglo XXI?

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Twitter@soyyanez

 

El reto del sistema educativo

Los retos del sistema educativo mexicano se resumen en uno: educar con calidad a todos. Pero no entendida la calidad como la satisfacción del cliente, ni como el acatamiento a normas técnicas o burocráticas. Tampoco, como es usual, con base en resultados alcanzados por los estudiantes en exámenes nacionales o internacionales. Porque la educación no es una empresa y porque su objetivo es la formación de ciudadanos, no su entrenamiento para los exámenes de opción múltiple.

Calidad, entonces, definida a partir de cinco atributos, comunes entre los expertos en el tema. Primero, con equidad: no hay educación de calidad en un sistema escolar si acceder a el y culminarlo es privilegio de algunos, normalmente aquellos ubicadas en los estratos medios y altos.

A la equidad su suma la eficiencia y la eficacia, para optimizar recursos y cumplir objetivos, para encontrar medios adecuados a los fines.

Pertinencia y relevancia son rasgos más de una educación con calidad, para atender necesidades sociales, preparar ciudadanos capaces de enfrentar la problemática social y propiciar todos los cambios posibles, en particular, el de cada persona: quizá la más trascendente de todas las funciones de la educación.

Educación de calidad así es imperativo ineludible. No es una disyuntiva. Es el único camino para la escuela. Menos de eso es inadmisible; es, debe ser una de las exigencias primordiales de la ciudadanía a sus candidatos y gobernantes.

En el mar de campañas iniciadas y las que están por llegar es un tema central: ¿escucharemos los mismos discursos y consignas, o encontraremos posturas frescas y esperanzadoras?

¿Será esta la ocasión de dar vuelta a la página de la historia o repetiremos los desaciertos del presente y del pasado?

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