De los buenos maestros (en clave de Twitter)

En la vida escolar tuve buenos y muy buenos maestros. De los malos y muy malos, que también abundaron, no diré nada más; casi los olvidé.

Entre los buenos maestros admiré a muchos y, en varios momentos, imité: en estilos de enseñanza, razonamientos, habla y trato.

En mi lista de buenos maestros predominan los hombres, aunque tuve enfrente mujeres excepcionales en momentos de mayor inequidad.

Alguna vez leí que los buenos maestros son difíciles de caracterizar, por su diversidad. En cambio, leí, los pésimos son todos iguales. No lo creo.

Entre los malos maestros también hay heterogeneidad. Los buenos son de estilos distintos, pero los identifican un puñado de rasgos comunes.

Es impensable un buen maestro que no domina la materia que enseña; que no habla con claridad, precisión y, por qué no, belleza.

La buena docencia, sus ejecutantes, aman la profesión, no la sufren. Son sensibles, profesionales, responsables, abiertos y, sobre todo, apasionados.

El amor a la profesión y a los alumnos, como la alegría de vivir, son dos virtudes indispensables para los enseñantes, según Paulo Freire. Lo comparto.

La docencia, nos dijo Federico Mayor Zaragoza, no es un empleo; no es una chamba, pues. Es una misión de transformación que comienza en el docente.

Coherencia es la virtud con la cual Paulo Freire explica esa línea que el maestro traza entre pensamiento, palabra y acción.

El día del maestro es momento de discursos, pero no el mejor para honrarlos. Bienvenidos muchos homenajes, tantos como hagan falta, y monumentos, aumentos salariales, agasajos…

…el mejor de todos los homenajes a la profesión es el que rinden los propios maestros cada mañana o cada tarde en que ingresan a las aulas.

El mejor regalo: la gratitud de los alumnos cuando, mucho tiempo después, te recuerdan y agradecen la afortunada coincidencia.

Deja tu comentario