Así no, Señor Gas

La historia que sigue es real. No la inventé. Lo juro. Podría parecer inverosímil, pero solo por incapacidad narrativa, no por los hechos.

El 22 o 23 de diciembre hablé para solicitar el servicio de gas. Me respondieron amablemente que no podrían, que hasta enero. Mi primera reacción fue de sorpresa y gotitas de rabia e incredulidad. Me explicaron brevemente que no estaban recibiendo todo el “producto” y daban preferencia a los clientes que ya tenían más tiempo pidiéndolo. Resignado, solicité que me anotaran en la lista de espera. Me asignaron una fecha: 2 de enero. Pero, advirtieron, puede llamarnos para recordarnos y saber si ya hay más producto y adelantarle la entrega. Hace unos días llamé y dijeron que ya estaba mejor el suministro pero había como 500 clientes, y la fecha asignada era el 3 de enero, o sea, ya no el 2, sino el 3. Pensé: si sigo llamando, llegaremos a Reyes Magos sin servicio. Oiga, disculpe, le paré en seco: si no puede ser antes, por lo menos déjeme la fecha del 2 de enero. Aceptó.

El 2 de enero se acabó y no recibí el servicio de gas, aunque por la mañana, vía telefónica, una de sus empleadas me confirmara que sí, que lo tendría sin falta, aunque no estaban manejando horas por la cantidad de trabajo. Y me quedé como Joaquín Sabina: nos dieron las 10, las 11, las 12, la 1, las 2 y las 3…

Hoy temprano, 3 de enero, llamé a la empresa con moderada indignación para expresar inconformidad. Me dijeron que, efectivamente, debí recibir el servicio ayer, pero ya son como mil personas esperando. ¿Y entonces? Pregunté. Entonces, el sistema que nadie manipula y nadie sabe cómo funciona (esa conclusión es mía), me reprogramó para mañana porque hoy, imposible, no puede ser. ¿Cómo? Explíqueme. Pues sí. Como el sistema (lo que sea que signifique) recibe las listas de pedidos, a los que faltan los recorre al día siguiente. A mí me tocaba hoy, en esa lógica, pero el sistema decidió que sea mañana, y la hora, disculpe, pues no sabemos, o sea, se nos queda sentadito o parado o como carajo quiera y aguarda que el señor del gas pase por su casa… si tengo suerte y sigue habiendo “producto”.

Por alguna recóndita asociación recordé a don Cuco, el alfalfero de mi pueblo, que en realidad no era de mi pueblo, o sí, ya no estoy seguro. En una vieja y destartalada camioneta repartía alfalfa y garrafones de agua embotellada, cuyo origen ahora no quiero conocer. Pues don Cuco, mugroso de días, sin sistemas ingobernables, sin teléfono ni señoritas que toman pedidos, sin listas de entrega, sin sofisticaciones de ninguna especie, pasaba el mismo día y a la misma hora por las casas a cumplir los pedidos, eso sí, con un poquito de madre y mucha dignidad en su oficio.

 

 

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