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Viernes negro

El viernes era un día distinto en las oficinas de la Dirección del INEE en Colima. Solíamos reunirnos para revisar avances o planear los primeros días de la siguiente. Además, la salida se adelantaba y comenzaba nuestro descanso, que a veces no existía, porque teníamos actividades sábado y domingo.

Hoy fue diferente. Viernes de contrastes. Por la mañana tuvimos reunión con el secretario de Educación y la Subdirección de Evaluación, para entregar constancias de un curso a varios colaboradores de la Secretaría y de nuestra Dirección. Encuentro muy emotivo, de reconocimientos y agradecimientos personales e institucionales.

El retorno a la oficina fue inusual; comenzar la tarea de desmontar la oficina me volvió pesadas las piernas mientras subía la escalera. Es el último viernes que pasamos juntos los cinco compañeros; ganó la tristeza y la nostalgia, pero también la rabia y la esperanza.

Si habíamos tenido un sube y baja emocional inquietante desde el 12 de diciembre, y posteriores días aciagos, hoy fue el más duro, la constatación de que, más que nunca, las horas se agotaron y cerramos un ciclo inolvidable. Hoy no pude cumplir mi horario laboral; una nube ensombreció las emociones y salí huyendo antes del aguacero. El fin de semana tal vez salga de nuevo el sol.

Adiós al INEE

Durante dos días me abstuve de escribir algunas líneas sobre la situación difícil que atravesamos en el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Como muchos saben, en unos días comenzarán a desmontarse las direcciones que se crearon hace poco más de tres años en los 32 estados. Nuestra dirección en Colima cerrará el 15 de febrero. Habrá que emprender otros caminos. La noticia es triste. La historia pudo ser diferente.

En cada una de las direcciones estatales se intentó un esfuerzo descomunal para cumplir las tareas del Instituto, con exiguos recursos y poco personal, con enorme compromiso y determinación. En los estados los resultados de nuestro trabajo han sido alentadores pero insuficientes, estuvimos poco tiempo, en contra tuvimos la inoperancia política y una comunicación social deficiente. Con ambas, en otras condiciones, habría sido posible rescatar un proyecto valioso, de enormes potencialidades para enriquecer la educación en el país.

Hoy quise escribir algunas líneas, lejos de la amargura, el enojo o la rebeldía. La intención es más simple pero obligada: agradecer a todos quienes hicieron posible que nuestro paso por la educación en Colima fuera siempre alegre y comprometido. El domingo por la noche compartiré las reflexiones y agradecimientos.

Aclaración no pedida

En mi columna semanal de hoy, Diario de Educación, publicada en El Comentario y AFmedios, así como en mi página web, abordé el asunto de los servicios médicos de los maestros de la Sección 39 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Ese fue el pretexto, pero el fondo era la profesión docente y su dignidad.

A juzgar por un comentario, no fui claro y algunas ideas se prestaron a interpretaciones que propició mi incapacidad de comunicar de manera precisa lo que quería y me animó a escribir del tema. Por la tarde me preguntaron al respecto, y quiero puntualizar varias cosas.

a) El artículo no constituye una crítica a la Sección 39, a sus líderes o agremiados.

b) Tampoco sostengo que los maestros en cuestión sean de primera (o de segunda o tercera). Esa calificación no la puse yo, sino la declaración que retomé y pongo en tela de juicio.

c) Mi crítica fundamental es la ignorancia de la condición de miles de maestros en México: precaria, sin prestaciones, sin plazas, sin aguinaldo, sin estabilidad, sin desarrollo profesional adecuado.

d) Mi deseo es que el nuevo gobierno federal sea capaz de construir un entramado legal y estratégico para lograr que en 6 años, por fijar un plazo, no haya maestros laborando en situaciones que lastimen la dignidad humana y ofendan un ejercicio tan valioso para la sociedad como el que prestan cada mañana y cada tarde los maestros.

e) Defiendo la profesión docente y el derecho a una buena salud, para todos, más en un oficio súper desgastante física y emocionalmente.

Maestros de primera y de segunda

Seguí con atención el debate por los servicios médicos de los maestros de la Sección 39 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Leí argumentos de ambas partes, y de terceros. Entiendo algo de las razones y motivaciones. Una de las declaraciones se me quedó dando vueltas: no puede haber maestros de primera y de segunda, argumentaron para sustentar la propuesta de quitarle los servicios médicos particulares a los agremiados. Quién lo dijo es irrelevante para esta reflexión; importa el problema que revela: la condición de los maestros.

Creo que todos estamos de acuerdo: no puede haber unos maestros en mejores condiciones y otros en el inframundo. El piso mínimo de los docentes (no entro en otras profesiones) debe ser parejo; pero me rebullen las dudas: si unos tienen una posición conquistada, ¿deben perderla para descenderlos dos pisos? La buena salud no es privilegio, es acto de justicia, sobre todo en una profesión tan desgastante física y emocionalmente.

Afirmar desde la comodidad o la ignorancia que no puede haber maestros de primera y de segunda parece una posición muy “progre”, pero destila ignorancia. Explico. En el país, en Colima, hay maestros de primera, de segunda, de tercera… No por su valía, o por sus empeños cotidianos, sino por las condiciones en que laboran unos y otros, por el trato que reciben, por la situación en que se los coloca. Si se trata de cambiar el estado de cosas para bien, ¿hay que mirar hacia adelante o al pasado? ¿Para arriba o para abajo? ¿Progresar o retroceder?

Ahondo. La docencia es una profesión precaria para miles y miles de profesores en México. No estoy descubriendo nada, ni soy pionero en el tema. Abundan ejemplos. Ahora mismo los profesores de inglés están denunciando en redes sociales las condiciones en que trabajan: sin seguro médico, sin prestaciones, sin aguinaldo. ¿Esos maestros de inglés son de segunda o de tercera? ¿Es admisible el trato que reciben?

La existencia histórica de maestros laborando sin plaza o base, “por contrato”, divide, precariza y estigmatiza. Si se piensa que tener servicios médicos particulares para los maestros es un privilegio (que paga parcialmente el propio trabajador), habría que pugnar, especialmente quienes toman decisiones, porque todos tengan la atención médica digna que hoy está lejos de la gran mayoría de los mexicanos. La salud es un derecho, y estar registrados en una institución pública no garantiza buena atención, como estar inscrito en una escuela no garantiza buena educación.

Ojalá las soluciones del nuevo gobierno atiendan las raíces de los problemas y no algunas de las consecuencias. La primera prueba desacredita: el presupuesto para 2019 no vislumbra la eliminación de terribles desigualdades y puede acentuarlas.

Ojalá no haya maestros de segunda, ni de tercera o cuarta, esa tendría que ser la genuina preocupación y una de las batallas más importantes. Deseo que pronto conozcamos el proyecto para que todos los maestros en México, paulatinamente y con transparencia sean de primera. Eso sería en verdad transformador.

Excesos de patriotismo

Festejar la muerte de varias decenas de personas en la tremenda tragedia de Hidalgo es un exceso de patriotismo. Así pienso luego de leer comentarios despiadados en redes sociales. Ni vale la pena recordarlos; algunos son asquerosos.

La muerte de todos ellos, en las circunstancias en que ocurriera, merecen algún respeto por la sola condición humana, que no pierden los peores criminales, los genocidas, los traficantes de personas, quienes envenenan a los jóvenes o explotan naciones con las armas de la bolsa de valores, una pluma o decisiones autoritarias.

Estoy en contra del robo de los bienes públicos por parte de altos funcionarios o ciudadanos; de cualquiera. Adhiero a su combate, aunque difiera de formas. Lo ocurrido en Hidalgo debe ser aclarado con transparencia absoluta. La justicia debe sentenciarse en tribunales, no en tribunas periodísticas, menos en redes sociales.

Me apenan los hechos, el número de muertos que sigue aumentando, pero más me entristece e indigna la calaña de algunos que se enrolan en las filas de los salvadores y desde la comodidad cobarde de las redes disparan sin pudor. Ellos no mataron a los niños y adultos en Tlahuelilpan, pero aniquilan, cada uno con su aporte modesto y cínico, la posibilidad de una convivencia civilizada y democrática, de por sí precaria en los gobiernes anteriores.