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Escuelas esperanzadoras

IMG_1376El 23 de diciembre fijé como meta para terminar mi próximo libro. Hace varios meses lo decidí; para entonces, debo tener impresa la versión primera, a la que han de suceder infinitas correcciones. El hecho es pretexto para la celebración navideña más personal, casi íntima.

En 2013 así lo hice y me anticipé. Quise repetir pero no será. Imposible terminar antes. Esta vez temía que no alcanzara el tiempo, porque surgieron invitaciones imprevistas que no quise desechar. Hace unos días, sin salir totalmente de los problemas de salud, decidí que la meta estaba distante y urgía empezar la andadura. Sesiones largas e intensas me permitieron resarcir el atraso.

El libro está a punto: lo imagino en las manos, tiene páginas suficientes, encontré la imagen para la portada y me corre la emoción por las venas. Todo junto es incitante petición de seguir y seguir.

Como no podía ser de otra forma, casi cada paso que doy en estos días me acerca a la meta. Hoy estuve en una escuela primaria de mi pueblo, la “3 de abril”, y pasé un par de horas estupendas. ¡Y cómo no! Las tres maestras que nos atendieron, directora incluida, fueron generosas conversadoras, contadoras de la historia que tejen en esa pequeña escuelita, dicha con naciente sincero respeto.

Además de abrirnos las puertas de par en par, nos permitieron conocer el cariñoso trabajo que realizan y su vocación. Y no tenían que contarlo. Desde la puerta de la escuela la sensación es agradable; patio y jardines limpios, ordenados. Una pequeña biblioteca improvisada en un estanquillo, y casi mil 200 libros organizados por temas, son el mejor recibimiento para los visitantes y, sobre todo, para sus más de 170 pequeños estudiantes.

¡Qué escuela! ¡Qué alegría! ¡Qué maestras!

Sí, con escuelas así, con maestras así, no cabe duda que podemos seguir soñando que otra escuela es posible, que otra educación es real.

No es fácil generalizar, pero estoy casi seguro que en cada escuela hay maestras y maestros entusiastas y responsables. Que falta un toque, una gestión sensible y la orquesta empieza el concierto más valioso que pueden escuchar y sentir los seres humanos.

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El amor en tiempos de Twitter (primera parte)

alltwitter-twitter-bird-logo-white-on-blueApenas despertar tomó en automático el teléfono. Quería saber la hora y si tenía mensajes. Ella era la causante de aquella dependencia enfermiza que lo hacia abrir a toda hora los mensajes directos en su cuenta de Twitter. Las 7:32 horas, marcaba el iPhone. 14 grados centígrados. El viento fresco se colaba por la ventana abierta. Recordó que era sábado, remolineó un poco y se enrolló en las sábanas. No, ya no pudo dormir. No tener mensajes equivalía a tener una mano apretando su nariz, cortándole la respiración. Intentó en vano recuperar el sueño. La ausencia de mensajes era un dardo que cortaba su tranquilidad. Se irguió sobre la almohada y abrió la cuenta de Ella. La lentitud de respuesta le impacientó. Allí estaba su foto. Bella, bellísima, con ojos finamente delineados, en esa imagen blanco y negro que resaltaba la diminuta, enloquecedora boca pintada de rojo, capaz de transportarle a tantas fantasías. ¡Era endiabladamente guapa! Nunca la había visto en persona, pero eso le confirmaban dos amigos que habían tenido la fortuna.

Un candado junto al nombre le desconcertó. Intentó entrar en su timeline y no pudo. Un aguijón se clavó extrañamente en alguna parte del pecho. Se puso los lentes para mirar mejor: “No puedes seguir a @BellaElla ni ver los Tweets de @BellaElla. Más información”. El ánimo frío le congeló los pies.

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Joaquín, ella y yo

Cuando salí del cuarto de hotel rumbo al restaurante me coloqué los audífonos, subí el volumen y alcé el cuello de la chamarra. Afuera hacía frío, excesivo para mi termostato tropical, pero me rehusé a comer allí, en la mesita minúscula con sillas incómodas, mirando la televisión en un pedazo de tres por siete, con una charola del room service donde apenas cupiera otra bolsita de sal.

La dura jornada laboral me había dejado exhausto y necesitaba calentar el cuerpo y el espíritu. Joaquín Sabina estaba en el reproductor de música. Sonaba una antigua canción, de aquellas que escuché por primera vez en Ciudad Universitaria, mientras caminaba distraído a principios de los años noventa. Peor para el sol, una canción que me acompañó y sigue.

¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?,


cada noche tengo uno distinto,


y siguiendo la voz del instinto


me lanzo a buscar…


Imagino, preciosa, que un hombre.


Algo más, un amante discreto


que se atreva a perderme el respeto


¿no quieres probar?



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Sandra, Pablo y yo

En mis años (más) mozos durante un tiempo busqué, inútilmente, una novia que imaginaba perfecta, y perfectamente la tenía dibujada en la cabeza y el cuerpo. Era linda de rostro, tierna, cariñosa, piel morena, pelo largo y azabache, suelto siempre; ojos de miel. Sonrisa como el mar, o el sol, o el amanecer. Labios apenas pintados, como la cara. Manos pequeñitas, dedos largos y finos, suaves, que cuando trazaran figuras en mi espalda podrían hacerme desfallecer, de la emoción o del sueño placentero.

Basten esos rasgos para confesar que todo ese lapso fue la mujer de mis sueños. ¡Y qué soñaba! Créanme, despierto y dormido.

La chica de ese sueño repetido cada día tenía nombre. Corto, sonoro: Sandra. El nombre no lo escogí yo. Sí, no fui original, también lo confieso. Era el nombre de una canción que había escrito Pablo Milanés y del cual me enamoré. Del nombre, no de Pablo, por supuesto.

Busqué a Sandra varios meses, tal vez tres años. Cada vez que conocía una chica así, o algo parecida, que me llevara a asomar al pozo de la eternidad, lo primero que interrogaba era su nombre. Alguna vez la jovencita, un poco turbada por mi excitación, antes que responderme advirtió que tenía novio, era celoso y estaba cerca. Eso no me decepcionó tanto como saber que su acta de nacimiento consignaba otro nombre. Pero no, no era la Sandra de mis amores oníricos. No apareció jamás. ¡Maldita sea!

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Inicia mi veda electoral

En mi estado comenzaron las campañas electorales de nuevo. En realidad, no habían terminado, pero estaban en otra fase.

Después de hoy no tocaré públicamente el tema en mi columna periodística, ni en las páginas que restan a este Diario. Inicia mi veda electoral. Entre paréntesis: habrá suficiente basura y mejor no destapar el bote para siquiera olerla.

Diez minutos de noticias en radio, esta mañana, me resultaron suficientes para confirmar el pobre nivel de nuestra subdesarrollada condición democrática. ¿Es eso lo que merecemos como ciudadanía? Posiblemente sí. Facebook exhibe nuestras miserias y vergüenzas.

No comparto la decisión de otras campañas, más gastos, más demagogia, más cancioncitas, más disputas, este triste espectáculo que empezó ayer. Si se anulaban las elecciones, lo que procedía, desde una primitiva opinión, es que se convocara a la fecha muy próxima, y a votar.

El inicio es claro augurio, y me temo que será apenas el despertar de otra onda expansiva de acusaciones, guerras de lodo, intrigas, mentiras. Ángeles contra demonios. Pero yo, desde que dejé de ir a la matiné en mi pueblo, hace bastantes añitos, ya no creo en las películas del Santo contra las momias.

No, no creo que eso necesitemos en Colima o el país. Es verdad, a nadie importan estas opiniones. Pero creo que tiene razón Krishnamurti: adaptarse a una sociedad enferma no es sinónimo de buena salud.

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