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Viernes nublado

En la ciudad donde vivo amaneció nublado. Unas gotas me recibieron al abrir los ojos. Observé el cielo y las nubes auguran lluvia; o eso quiero creer. Me gustan los días así, si expulsan al calor.

Como casi todas las mañana dedico unos minutos a leer las noticias más relevantes, a veces solo titulares, en otras, un artículo de opinión y algunas noticias nacionales, locales o mundiales.

Más sombría que la mañana es el ramillete de noticias que encuentro.

Resuenan los ecos de la terrible matanza en Irapuato. Las advertencias desesperadas del gobernador y la Secretaría de Salud de Colima para que la gente se quede en casa porque saben (imagino) que pronto tendrán hospitales llenos. Las acusaciones crecientes al gobierno de México por el ocultamiento de la cifra real de muertos por COVID-19, cuando se contrastan datos de la conferencia vespertina con las actas de defunción. Cifra record de contagios en México ayer. La parálisis económica del país y la región; según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe 2.7 millones de empresas serán liquidadas por la pandemia, unas 500 mil en México, y un pronóstico de caída del PIB de 8 % en el subcontinente El rebrote del virus en Estados Unidos…

Con ese coctel es suficiente. Cierro internet y comienzo la jornada laboral.

Lecturas matutinas

Esta mañana terminé de leer La duda, el sentido común y otras herramientas para escribir bien, de Ramón Alemán, corrector de estilo de Tenerife y creador de la página de Facebook “Lavadora de textos”.

Llegué a la obra por recomendación de Rubén Carrillo, y lo fui leyendo de a poco, al despertar, antes de dormir o en las pausas del trabajo. Son textos breves escritos con agilidad y humor, salpimentados con el apoyo de algunos de los más notables expertos en la lengua española.

Aprendí un montón de cosas, por ejemplo, que la duda es siempre una invitación que nunca debemos desechar. También reconfirmé mi ignorancia y ratifiqué el interés en seguirme preparando en el placentero oficio de la escritura, siempre al lado, antes y después de la lectura.

Una obra que recomiendo para quienes quieren aprender y divertirse, dos actividades que no siempre se empatan entre las páginas de un libro sobre el idioma.

Un profesor agradecido

Cuando comenzó el confinamiento por la pandemia primero tuve miedo: ¿qué haría con mis horas libres? Luego entendí. Valoré. Recalculé. Hoy me falta tiempo. Apresuré un libro que debía estar listo el 20 de diciembre: ya tengo la versión preliminar. Terminé otro que esperaba concluir para enviarlo a editorial: ya lo tienen ellos y espero las pruebas para correcciones. Debía escribir un capítulo solo y otro en equipo: concluí ambos. Después se me ocurrió otra idea y hoy tengo 18 capítulos para una obra colectiva que pronto anunciaré. En fin.

En eso iba transcurriendo mi vida con el trabajo en casa. Un día recibí el mensaje de un querido colega y amigo. Que si podía llamarme, preguntó. Y acordamos una conferencia. Luego vinieron mis amigos y colegas de la Escuela Normal de Tecámac, y así, se sucedieron una tras otras siete participaciones. En marzo no esperaba nada y mi agenda estaba libre de conferencias, lo cual me dejaba campo abierto para la lectura y escritura. No resistí a las invitaciones y casi a todas he dicho sí.

Hoy paré. Dos actividades en un día, para alguien que sufre mucho antes de cada participación es demasiada adrenalina. Por días diez necesitaré reposo de todo ello. El 10 de julio tengo otra conferencia muy importante para la Universidad Pedagógica Nacional.

Sirva todo esto, perdonen a fatuidad, nada más que para agradecerle a todas las instituciones y personas que creyeron que valía la pena invitarme e invitar ellos a sus compañeros de trabajo, y de otras instituciones, a escuchar las ideas de un profesor universitario de Colima.

No sé cuánto aprendieron esos cientos de personas que se conectaron con mis conferencias. Yo aprendí un montón. Estoy en deuda. Gracias.

Escuelas de tiempo completo

Esta mañana recibí la llamada de un canal de noticias para solicitarme una entrevista sobre las escuelas de tiempo completo. Mi agenda está repleta y la cordura en el límite extremo. Una tarea más y reventaré. Acepté porque el tema me importa y es momento de plantear con claridad las posiciones al respecto. Entre una, otra y otra tarea leí sobre el tema y emborroné ideas para compartir vía telefónica. La entrevista duró unos 15 minutos, hablé y hablé, con apenas tres o cuatro preguntas. No sé si fui suficientemente claro, en cualquier caso, pude afirmar que las escuelas de tiempo completo, con sus imperfecciones, son indispensables, que debemos defenderlas y pronunciarnos. No son perfectas: ¿cuál escuela lo es en México? Tienen defectos: sin duda. Son perfectibles: todas. No cumplen las reglas de operación: que les cumplan, que las evalúen, y si debemos cambiar las reglas de operación, no a contentillo, que se cambien y adapten a la realidad. Lo que necesitamos, son escuela ricas, de tiempo completo y diversas, relevantes en actividades. En materia educativa la austeridad no tiene cabida.

Los imposibles en educación

Antes de comenzar otra larga jornada de sábado dispongo los preparativos del desayuno cotidiano: un té de limón caliente caliente, una botella de agua tibia y media hora de lectura ajena a la tarea.

Elijo el libro Escribir, crear, contar, del Instituto Cervantes. Lo comencé hace unos días y avanzo de a poquito.

Estoy medio dormido, pero el clima es fresco y despabila. Arranco mi paseo por las páginas, mientras la noche empieza a morir y la mañana nace.

Los autores de la obra citan a Arthur C. Clarke, científico y escritor británico, conocido popularmente por su libro 2001: una odisea espacial. Me detengo ahí. El motivo es el avance científico.

Clarke habría escrito:

Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, es casi seguro que esté en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado.

La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Repito porque vale la pena: la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Hay más ideas, pero no sigo. Bebo el resto del té y sonrío. Miro al espacio inmenso sobre mi cabeza.

Eso, justamente eso es lo que nos permite la pandemia en la educación: para descubrir los límites de lo posible hay que desafiarlo. Hay que atreverse a innovar, a provocar respuestas distintas actuando diferente.

Albert Einstein afirmaba que pretender un resultado distinto haciendo lo mismo es una definición de la locura.

Eso es lo que las escuelas podrían intentar ahora en un contexto inédito, donde no existen soluciones acabadas, a veces ni siquiera incompletas, porque la pandemia arrebató las respuestas y las preguntas.

Hay que intentarlo, nadie morirá en esa aventura, o correr el riesgo de perpetuarse como viejos cadáveres putrefactos que se entierran a sí mismos y a lo más valioso de la sociedad.