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Hoy no hay página del Diario

Hoy no habrá página del Diario 2020. He pasado la mañana enfrascado en lecturas para la conferencia que debo presentar el jueves en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima.

Cuando me pidieron el título, con escasa imaginación, decidí enviarles el que da nombre a nuestro libro colectivo: Cuando enseñamos y aprendimos en casa. Luego añadí el más que convencional en estos tiempos: Lecciones de la pandemia; además, pretensión grandilocuente. Pero no tenía más tiempo para darle vueltas.

Con el deseo de no repetir lo que vengo diciendo en estos meses, me propuse armar otras ideas. La cosa no es nada fácil, cuando tantos han escrito y hablado tanto sobre el gran tema del confinamiento y las escuelas.

Al final, he decidido un ejercicio de síntesis con los tiempos y ritmos de hoy: 15 lecciones en 30 minutos, dos minutos en promedio para cada una. La exigencia no es menor, porque de algunas se pueden decir muchas cosas, ahí el reto: sólo procurar lo esencial y nada más que lo esencial.

Hoy tengo el guion. Mañana armaré la presentación y luego a estudiarla. En eso se fue el día, mientras la lluvia no para de remojarnos.

La necesidad democrática de la educación

Los regateos presupuestales a la educación son inexplicables en un gobierno que promete transformar la vida del país.

La apuesta a las becas como mecanismo de igualación social es positiva, pero no a costa de sacrificar otros rubros que la experiencia internacional y la doméstica, demuestran como eficaces a la hora de mejorar la calidad de los sistemas educativos.

Millones de alumnos becados en escuelas pobres con una pobre educación es un mecanismo que sólo disfrazará la profundización de las brechas sociales.

Ahora que se discutirá en el Congreso el presupuesto para el 2021, especialmente el educativo, conviene leer a los que saben y articulan dos temas nodales, como Fernando Savater.

En su magistral conferencia al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima (febrero de 2010) cinceló un discurso que comenzó aludiendo a que muchos políticos piensan que la educación es opcional o un asunto que se puede aplazar, pero no, nos recordó y les recordó a los ahí presentes, que ellos no deciden, que ellos fueron elegidos para que la sociedad los mande: El gobierno, los que mandan, son nuestros mandados, aquellos a los que nosotros les hemos mandado mandar y, por lo tanto, lo que tenemos que hacer es reclamarles que presten atención a las cosas que a nosotros realmente nos interesan.

Les dejo otro fragmento y espero que algunos de esos que van a decidir el presupuesto me lean. No van a cambiar de opinión, porque nadie la cambió después de leer media cuartilla, pero tal vez, tal vez les ruborice un poco cuando voten en masa: Nuestras democracias tienen que educar en defensa propia. Lo que defiende la democracia es una buena educación. Si una democracia quiere sobrevivir, mejorar, generalizarse, si quiere hacerse de todos y para todos, necesita educación. Es un punto fundamental; no es optativo, no es que la educación sea una especie de adorno, de guirnalda que haya que colgar. Es un pilar para el funcionamiento de la democracia. Eso, nuestros abuelos griegos lo vieron de manera clara. Para ellos, democracia y paideia, democracia y educación, estaban necesariamente unidas: no había una verdadera democracia sin paideia, sin educación.

El presupuesto educativo para 2021

Derivado de la pandemia y las necesidades que impondrá el acondicionamiento y funcionamiento de las escuelas, en 2021 se requeriría una inversión específica para tales acciones.

Además, fortalecer la planta docente para la atención de grupos y estudiantes se vuelve imperativo. Esa es una de las razones que tienen en vilo el inicio de clases en distintas regiones de España: los maestros reclaman la contratación de más profesores y condiciones que aseguren un retorno con riesgos mínimos.

La ecuación es evidente: cubrir más necesidades, tener escuelas equipadas y seguras, maestros y personal suficiente no se puede lograr sólo con discursos. Faltan presupuestos: prueba de fuego de la coherencia entre palabras y hechos.

El presupuesto que presentó el gobierno federal a la Cámara de Diputados creció apenas entre lo aprobado para 2020 y el proyecto para 2021, según las cifras oficiales, pasando de 337,476.8 millones de pesos a 338,046.9 millones, cantidad que representa una reducción del 28.4 a 27.2% del presupuesto global.

Siguen otras etapas del debate legislativo y podrían destinarse más apoyos a las escuelas y a rubros críticos que se desestimaron en los dos años recientes, como la formación y actualización de maestros. La película empieza, pero amanece repetirse la trama.

 

Morir en el aula

¿Se imaginan la escena de un profesor muriendo frente a sus alumnos? Quiero decir, en la vida real, no en una película.

Si un gesto de heroísmo dramático hacía falta en el gremio docente, ocurrió en Argentina. Mientras daba clases en Zoom, Paola Regina De Simone perdió la vida ante la mirada estupefacta de sus alumnos en la Universidad Argentina de la Empresa.

La noticia sacudió a la sociedad bonaerense y conmovió más allá. Las notas de prensa en distintos países lo confirman.

El hecho triste es una obligada invitación para detenernos a reflexionar sin anestesia, especialmente ahora cuando la pandemia cabalga incesante y algunas voces claman por el regreso a las aulas; en sus argumentos hay razones plausibles y otras mezquinas.

Sin pretender comparaciones con el personal sanitario, la docente es una profesión de alta demanda física y emocional. Por eso en España, por ejemplo, los profesores y sus sindicatos están exigiendo condiciones elementales para un retorno con mínimos riesgos.

Me gustaría no escribirlo, ni siquiera pensarlo, pero Aprende en casa II, y la propia pandemia, podrían causar daños emocionales (y físicos) tremendos a maestras sometidas a jornadas extenuantes, bajo presiones externas y controles a veces absurdos, sin entrenamientos indispensables ni acompañamiento; incluso, con escasa comprensión.

Pienso, como he escrito antes, en la instrucción que dio el secretario de Educación Pública para que los maestros se pongan de acuerdo con los padres y se comuniquen cuando las familias puedan. Siendo loable, es desmesurada la carga para un docente que podría empezar su jornada laboral a las 7 de la mañana y terminarla a las 11 de la noche. ¿Y qué tienen a cambio los profesores por parte del gobierno o los sindicatos?

Conozco casos de varios colegas y amigos que siguen trabajando sábados y domingos en esas circunstancias. No son mártires ni héroes los que necesita la escuela, sólo profesores que cumplan su oficio en horarios y condiciones dignas. Nada más.

¿Es mucho pedirle a los gobiernos?

¿Para qué se escriben libros?

La pregunta que titula a esta colaboración, otras semejantes o mejores, han sido respondidas de muchas y excelsas maneras en la larga historia de la literatura sobre escritura y textos. No pretendo sumar una, sólo reflexionar sobre la experiencia concreta de invertir una parte de la vida (pesos y tiempos) en los libros.

El fin de semana lo dediqué en razonable medida a corregir las primeras pruebas de nuestro libro colectivo Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima. Una tarea así se emprende con emoción y el máximo cuidado en pescar las pequeñas antiperlas, los detalles o palabras incorrectas, las erratas y “erritas”, diría Pérez-Reverte.

Se ha dicho, o he leído, que en todos los libros hay erratas, unas imperdonables, claro, inevitables travesuras de los duendes que se cuelan entre las páginas para esconder una letra o agregar una coma inoportuna. La tarea de corrección, en la cual debo mucho a Rubén Carrillo Ruiz, es tratar de ganar esa batalla entre la perfectible decencia y lo inaceptable.

Vuelvo a la pregunta: ¿para qué escribir? O en el caso que ocupa, ¿para qué coordinar un libro sobre el tema? ¿Tiene sentido? ¿Qué satisfacciones deja?

Un libro es buena noticia siempre, porque para todos los temas habrá lectores, y cada cual calificará la calidad de la obra en cuestión. Además, cuando uno está escribiendo o leyendo, normalmente no está pensando en joder la vida del prójimo, puede conciliar sus propios fantasmas, moderar las reflexiones o emprender aventuras imposibles en el momento.

Un libro colectivo es estupenda noticia por las repercusiones cuando se trata de uno como el que corrijo ahora, por el número y oficio de los autores, pues han pasado meses, como todos, en una tarea en donde se trata de salvar la vida (real y metafóricamente) y ayudarle a otros, más pequeños en edad, en la misma cruzada de sobrevivir a la pandemia y a la escuela. Después de un trance así, la escritura puede ser una terapia, o la memoria para ordenar, repasar y enmendar, para comprender y sentirse reconfortado, o no.

La lectura de ese ejercicio grupal, que puede ser al mismo tiempo terapéutica, egocéntrica o nada más un aspecto del trabajo, es útil también, creo, para los lectores que hicieron la misma tarea y enfrentaron los mismos o distintos problemas, pero que en el diálogo con los capítulos iluminan, discuten o abren paso a otras ideas.

También se escriben libros porque hay editores y editoriales que acogen las iniciativas y se arriesgan con proyectos, aunque las ganancias monetarias a veces se vuelvan discretísimas o escasas. Esta vez, de nuevo, Puertabierta se la jugó con el proyecto, y si un aplauso pido, como José José para el amor, es para los colegas y jefes de Puertabierta Editores.