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Entradas con las etiquetas ‘Educación’

La educación del presente y el futuro

La lección 19 del libro 21 lecciones para el siglo 21, de Yuval Noah Harari, está dedicada a la educación. Si he leído casi todo con sumo interés, me detuve con especial cuidado, pero no es el campo donde más profunda o creativa resulta la obra. De entre sus ideas, una se me quedó dando vueltas por la cabeza. Escribe: “Muchos pedagogos expertos indican que en las escuelas deberían dedicarse a enseñar ‘las cuatro ces’: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad. De manera más amplia, tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida”.

No hay novedad tampoco en el énfasis de los “pedagogos expertos”, pero sí me pregunté: ¿cuánto de todo ello está incluido hoy en el proyecto educativo?, ¿cuánta pericia tenemos los profesores y maestras en promover esas cuatro “ces” en las escuelas?, ¿cuánto pondremos en práctica, nosotros mismos, a la hora de planear los próximos cursos en estos tiempos de pandemia?

Si hiciéramos un balance, supongo que todos (o casi) estaríamos de acuerdo en que esas “ces” compendian una parte de los saberes y prácticas deseables para el siglo 21, entonces, la pregunta sería: ¿cuánto estamos concretando ya en los salones de clase y cuánto podremos desarrollar a través de las pantallas? Preguntas, nada más.

Más de escuelas privadas y pandemia

Mi columna semanal despertó comentarios de directivos de instituciones privadas. Pronto recibí un par de mensajes respetuosos. Agradezco y comparto sus comentarios, que aligeran mi ignorancia.

Me cuentan, por ejemplo, que tuvieron el complicado empeño de no dejarles de cubrir el total del pago a maestros y trabajadores en sus escuelas; que hicieron esfuerzos para continuar: “no hemos parado en investigar, capacitarnos, diseñar e instrumentar plataformas y procesos que nos permitan estar al pie del escenario que se nos presenta”.

Con el propósito de desplegar otras ideas de mi postura, que no cabe en un artículo habitualmente breve como escribo en el espacio semanal, dejo algunos otros párrafos:

No percibo oposición entre las escuelas públicas y privadas; ambas cumplen una función pública y social. No son iguales, evidentemente, pero sí parte del mismo sistema educativo.

Entre las escuelas públicas no existe la preocupación por el pago de la nómina, me recuerda uno de los directivos que escribió. Es verdad. En algunos casos, la escuela privada es una iniciativa sustentada en recursos de una persona o familia y se juegan patrimonio, ofreciendo empleos y apostando a veces en la incertidumbre. No es una cualidad menor.

Las escuelas privadas no son todas iguales, como las públicas; habrá unas con mejores sistemas, organización, profesores, resultados. No caben las generalizaciones.

No tengo pretensión de desprestigiarlas, ni lo lograría desde una columna. Entre las escuelas privadas tengo estupendo amigos que, cuando he pedido, me abrieron sus puertas y apoyaron cuando pedí. Y espero que no cambie.

La reglamentación para las escuelas privadas es laxa, y con la nueva Ley General de Educación continúa siéndolo, pero eso es responsabilidad del Estado, de los poderes ejecutivo y legislativo; a ellos les toca cumplirla.

Que las escuelas privadas tienen ámbitos de libertad para la innovación lo reconfirmo: no tienen un sindicato encima y pueden introducir procesos de regulación del trabajo docente a favor de la innovación. Si un profesor no funciona o actúa de manera indebida, lo pueden resolver de inmediato. Tema de debate, por supuesto.

A las escuelas privadas no asisten solamente hijos de gente que tiene dinero de sobra; me lo han contado madres que hacen esfuerzos tremendos porque quieren ofrecerles la mejor enseñanza posible y destinan recursos al pago de colegiaturas sacrificando otras cosas.

La escuela privada, por sus tamaños, por la disposición que habitualmente tienen sus maestros (cuyo contrato depende en gran medida del desempeño), por el apoyo y exigencia de las familias, podría ser un laboratorio de innovación en un momento donde escasean las respuestas ciertas y no hay recetas.

Mi artículo es, antes que una crítica, una invitación a que las privadas aprovechen sus condiciones y ensayen estrategias innovadoras que enriquezca su labor y al sistema educativo. Para eso se necesitan ideas y valentía; de ambas, no tengo duda, habrá de sobra.

Los imposibles en educación

Antes de comenzar otra larga jornada de sábado dispongo los preparativos del desayuno cotidiano: un té de limón caliente caliente, una botella de agua tibia y media hora de lectura ajena a la tarea.

Elijo el libro Escribir, crear, contar, del Instituto Cervantes. Lo comencé hace unos días y avanzo de a poquito.

Estoy medio dormido, pero el clima es fresco y despabila. Arranco mi paseo por las páginas, mientras la noche empieza a morir y la mañana nace.

Los autores de la obra citan a Arthur C. Clarke, científico y escritor británico, conocido popularmente por su libro 2001: una odisea espacial. Me detengo ahí. El motivo es el avance científico.

Clarke habría escrito:

Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, es casi seguro que esté en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado.

La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Repito porque vale la pena: la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Hay más ideas, pero no sigo. Bebo el resto del té y sonrío. Miro al espacio inmenso sobre mi cabeza.

Eso, justamente eso es lo que nos permite la pandemia en la educación: para descubrir los límites de lo posible hay que desafiarlo. Hay que atreverse a innovar, a provocar respuestas distintas actuando diferente.

Albert Einstein afirmaba que pretender un resultado distinto haciendo lo mismo es una definición de la locura.

Eso es lo que las escuelas podrían intentar ahora en un contexto inédito, donde no existen soluciones acabadas, a veces ni siquiera incompletas, porque la pandemia arrebató las respuestas y las preguntas.

Hay que intentarlo, nadie morirá en esa aventura, o correr el riesgo de perpetuarse como viejos cadáveres putrefactos que se entierran a sí mismos y a lo más valioso de la sociedad.

Placeres insospechados

Dos años colaboré con una opinión quincenal para la antigua Radio Levy, la RL con la que amanecía en mi infancia pueblerina. La experiencia fue siempre grata. Me gustaba acudir a la estación a grabar en sus cabinas; luego, la tecnología facilitó y enviaba el audio desde mi teléfono. 50 pequeños textos se hospedan en mi página web, testigos de aquel periodo.

Varios años después, es decir, hace algunos meses, Fernando Castillo, de Zer Informativo Colima, me invitó a incorporarme a su grupo de opinadores. Acepté de inmediato, por una sempiterna facilidad de decir que sí a casi todas las invitaciones. Desde las primeras horas empezaron a bullir algunas ideas de lo que podría y quería intentar.

Ayer escribí la opinión número siete y conforme pasan las semanas se me va volviendo una actividad más grata y desafiante. Encontré una veta insospechada, un placer que me hacía falta: buscar las palabras que suenen mejor a los oídos que a los ojos. Es como armar el rompecabezas de una obra de arte, que a cada pieza va descubriendo y desafiando.

¡Cuando dije , nunca supe que disfrutaría y aprendería tanto!

Periodismo y educación

La educación como oficio, disciplina y pasión ha sido la compañía y sostén de mi vida laboral. A través del ejercicio pedagógico cumplo una tarea que concibo como privilegio, actitud vital y compromiso social.

Probablemente por eso también he vivido cerca de los medios periodísticos desde el comienzo de la útima década del siglo 20. Porque el periodismo es un vehículo que circula en las vías públicas y se desarrolla en los espacios colectivos para informar, analizar, registrar, denunciar y convocar a la reflexión y el debate; permite concretar el compromiso de trabajar en una universidad pública y darle un sentido social a la academia.

La educación tiene una naturaleza esencialmente política y adjetivamente pedagógica, decía Paulo Freire. Por eso tituló uno de sus libros como La naturaleza política de la educación. Escribir en medios es entenderla y practicarla así, apostar por un tipo de sociedad u otra.

Disfruto la docencia o la investigación académica, como la escritura que sale de mi teclado a distintos medios que acogen mis columnas y colaboraciones. Lo segundo es un componente de mi concepción del ser universitario, que no se restringe al claustro y aborda asuntos de la plaza pública. Ser universitario es asumirse ciudadano, implicado en la vida de la ciudad y los otros.

A lo largo de estos años he tenido la suerte de colaborar en varios medios de Colima y otros lugares. Desde hace un tiempo, fuera de México; hoy, para El Diario de la Educación, en España. No tengo la lista de todos los que me han acogido, ni viene al caso, pero entre ellos, El Comentario, el periódico de la Universidad de Colima, es la casa de mayor permanencia.

Escribo en sus páginas desde los años de 1990, y solo por lapsos me retiré, cuando la agenda lo impedía o alguna circunstancia extraordinaria lo complicó. La estancia vale la pena, sin duda. El primer libro lo preparé y fui publicando en El Comentario, luego lo firmé como Figuras y paisajes de la educación en 2011.

Este fin de semana El Comentario cumplió 46 años de vida. Es joven todavía, un joven maduro del cual cabe esperar resultados todavía más promisorios en las tareas de informar el acontecer colimense, de la vida universitaria y en la, quizá, más relevante de todas: la formación de nuevos periodistas, más inquisitivos, mejores en la escritura y el razonamiento, apasionados del oficio que, siendo dignos, dignifican su profesión.

¡Felicidades a El Comentario, a su dirección y equipo de colaboradores!