La universidad que deseamos

Una institución comprometida con la transformación social solo puede cumplirlo si está dispuesta a la transformación de sí misma. Y la transformación de sí misma pasa, necesariamente, por pensarse en voz alta, con los otros, en interlocución. Ambas premisas tienen vigencia perpetua en las universidades. La lección es casi una perogrullada: los cambios en las universidades no se consiguen por los dictados de la autoridad; el respaldo de las comunidades es imprescindible. La obra educativa es social. Pero también pensar la universidad, y que sus actores se piensen a sí mismos es condición para cualquier avance.

Las ideas vienen al vuelo porque esta semana la Universidad Autónoma de Coahuila realiza un encuentro académico al que titula con el nombre de esta colaboración: la universidad que deseamos. En la denominación se lee una aspiración, una invitación provocadora; pretextos estupendos para el coloquio, para el juego de las palabras. Seré testigo privilegiado del acontecimiento, pues los organizadores me invitaron para compartir una conferencia y coordinar un taller. ¡Asisto con gusto y honrado por el privilegio!

La conferencia que preparé tiene como nombre: La universidad que soñamos. Articula la intención del encuentro y mi libro “La escuela que soñamos”. Aunque el libro toma como referencia a la escuela en tanto institución social, sin identificarla con un nivel educativo, la conferencia desafía a imaginarme los rasgos de la universidad que sueño, la universidad que, estoy seguro, algunos soñamos.

Lo que voy a plantearles en Saltillo son 15 ideas, 15 convicciones, 15 pistas que definirían a la universidad como la concibo. No ahondaré ni descubriré el guion, solo quiero contarles el beneplácito que me produce el encuentro y, como he dicho, ser partícipe. No tengo la pretensión de aportar lo nunca leído o imaginado. No pariré ideas inéditas, nunca pensadas; es más modesta la intención: invitarles a cuestionarnos aspectos conocidos, a veces pocos examinados y, en otras, desdeñados.

Las universidades que hoy tenemos son producto del esfuerzo y la convicción de quienes pasaron por ellas (o siguen) hace dos o tres décadas. La universidad de los próximos decenios será hija de lo que hagan u omitan quienes hoy laboran en ellas.

El valor del trabajo universitario tiene trascendencia inocultable, se haga bien o mal, por eso es tan importante que se convoque a la discusión, a la reflexión y, después, al compromiso que conduzca a las instituciones a niveles de desarrollo superiores. Y eso, repitámoslo, no es producto personal del esfuerzo de sus autoridades, sino del quehacer colectivo, de la tarea de todos.

La educación es una obra colectiva. Se puede prescindir de esa vía y transitar por otras, autoritarias, digámoslo sin tapujos, pero la universidad que hoy no es, pero será, lo reflejará en dos o tres décadas. Nunca hubo tiempo que perder en las escuelas o universidades, hoy menos. Las universidades como instituciones sociales no pueden fracasar, y eso, también es responsabilidad de sus trabajadores, del que ejecuta la tarea más sencilla hasta quien realiza las más sofisticadas; con distintos grados de responsabilidad, por supuesto.

La universidad que soñamos, la que sueño yo, por lo menos, parte de la que tenemos, pero se distancia en muchos rasgos y construye imágenes diferentes. Donde se respire distinto, donde tengan asiento de honor y sean cotidianas la inteligencia, la cultura, el pensamiento, la investigación, la crítica, donde quepan todos los dispuestos al esfuerzo genuino para la formación de las nuevas generaciones. Una universidad autónoma, no autista.

 

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