Educación en tiempos de barbarie

La pandemia encontró un país políticamente fracturado: los partidarios del presidente, defensores a ultranza hasta de lo indefendible, y los adversarios coléricos, críticos hasta de lo bien hecho.

En el medio, muchos observamos el triste espectáculo de categoría esperpéntica.

Con cierto candor supuse que la enorme amenaza pandémica firmaría una tregua entre partidarios de ambas formaciones ideológicas. Fallé. Así transcurrieron los meses y, pese a temores, muerte y dolor, la fisura nos hunde.

En esos momentos de turbación, cuando las amenazas externas obligaban a la reconciliación, la cosa sólo se agravó. Unos y otros aprovechan pretextos nimios para denostar.

La diferencia política se volvió causa de odio y alentó deseos de aniquilación del rival. Las redes sociales exacerban linchamientos.

De uno y otro lado afloran poca racionalidad, escasa civilidad y tolerancia. En año electoral las campañas serán gasolina en el fuego de mezquindades. No nos espera un año más civilizado en este 2021.

La historia de la humanidad, dicen, es el conflicto permanente entre civilización y barbarie. La imposibilidad de escuchar con paciencia al otro y desmontar sus argumentos con otros superiores no tiene cabida en muchos de los soldados de esas batallas feroces. El objetivo es la descalificación de las personas, la burla, el insulto.

Justamente por eso, porque no se construye ciudadanía desde el deseo de aniquilación del diferente, se vuelve más importante la tarea educadora, el papel de la escuela como institución de igualación social, de los maestros como artífices de una cultura del respeto a la dignidad, integridad y libertades del otro.

En tiempos negros, como los que corren, es cuando más tenemos que apostarle a la buena educación, porque sin ella, la democracia languidece.

La escuela es la única posibilidad de construir la ciudadanía que la democracia necesita. Es la vacuna contra la barbarie y la violencia.

 

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