El tren de las 6:16

El silbato del tren, lejos, me despertó. Las 6:16 de la mañana. Abrí los ojos, observé el cielo pálido. Casi todas las mañanas escucho clarito el sonido peculiar. A veces un minuto antes, a veces tres después. Su puntualidad es asombrosa. Me desperecé y removí; luego, inmóvil, volví al cielo. Miré la claridad que iluminaba de a poco. El canto de los pájaros alborozados en las arboledas me taladró. El silbato sonó de nuevo a las 6:17. Me concentré en los muchos sonidos, en el ruido de los fierros de la vieja máquina al deslizarse por las vías y acercarse. El tren llegó a la estación. Subí y busqué un asiento al lado contrario de donde sale el sol, a la derecha del vagón. Me acomodé y aguardé. Hora de partir. Me senté pegado a la ventanilla en el asiento menos desvencijado. No sé qué esperaba el tren, yo impaciente; a las 6:26, con el enésimo pitazo, partió. Acomodé la cabeza entre el asiento y el vidrio, miré hacia la ventana, donde los cañaverales empezaron a moverse y recordé mi infancia. Luego volví los ojos hacia atrás, a los vagones últimos. Apenas escuché el silbato de despedida de la estación, ya con los ojos cerrados y apagando el despertador de sueños.

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