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Regreso a la escuela: el debate naciente

Hace dos meses entre nosotros no se hablaba del regreso a las aulas. Hoy la situación empieza a cambiar. Cada vez más voces piden la vuelta a la escuela, con controles, gradual, escalonada. El debate está abierto, como sucedió en otros países.

¿Por qué volver a las escuelas es tan importante en el argumento de quienes lo solicitan?

Porque la escuela en casa produce distintas experiencias y afecta sobre todo a los niños en condiciones más precarias, en un país donde la mitad de la población vivía en pobreza antes de la pandemia.

Porque la ruptura de la socialización que ocurre en la escuela no la sustituyen muchos miles de hogares, más preocupados por el día a día.

Porque la violencia en casa, por costumbres, miedo y hartazgo parece crecer en contextos de confinamiento y afectar a niños y mujeres. Al respecto, la Unesco estima que la violencia doméstica contra ellas aumentó 30 por ciento durante la pandemia.

Porque las condiciones en casa, materiales, habitacionales y tecnológicas son insuficientes para millones de estudiantes.

Hay más razones, pero ese conjunto vuelve plausible el argumento de retornar a la escuela poco a poco.

Pero también del otro lado hay argumentos válidos. La pandemia no cesa, como sabemos, y sólo se domó en el reino de la palabra. Miles de escuelas en el país no tenían las condiciones elementales para su funcionamiento, ni personal suficiente, circunstancia adversa cuando se requieren medidas especiales para protegerlas de contagios.

Hacer voluntario el regreso a las aulas podría representar una multiplicación insostenible de la carga para los docentes, e impensable en ámbitos como la secundaria y el bachillerato.

Las lecciones fuera de México son elocuentes y nos conviene tomar notas. En países como Argentina o Chile, aunque los ministerios de Educación pidieron el regreso, enfrentan oposición del magisterio y negativa de las familias. El resultado: baja proporción de niños estudiando de nuevo en sus aulas.

No veo cerca el regreso, pero cada vez está menos lejos y convendría comenzar a prepararnos, quiero decir, los gobiernos federal y estatal, para evitar los tropiezos e improvisaciones que sigue exhibiendo la Secretaría de Educación Pública.

 

El Diego es eterno

Primer tiempo
Hace algunos meses, cuando la pandemia nos había robado el futbol en vivo, la televisión, pródiga en satisfacer deseos e inventarnos otros, repitió partidos de todas las calidades y para variados gustos. Sólo uno vi completo. Fue por azar dominical. En el calor del mediodía, harto del trabajo semanal, me planté frente al aparato, encendí el ventilador y puse los pies sobre otra silla. Busqué y busqué, hasta encontrar la voz de uno de esos viejos narradores que fueron habituales en la televisión pública de otras décadas. En la primera impresión creí que la imagen fallaba, por la nitidez de la transmisión. Miré el control y luego froté los ojos. No mejoraba la señal. Enseguida, fui reconociendo de a poco a los futbolistas, el público, los equipos, el sonido ambiental. Era la final del México 86, el trepidante Alemania contra Argentina, jugado a las 12 del día en la altura del entonces llamado Distrito Federal.

¡Este es, este quiero! Apenas habían sonado los himnos y comenzaban a rodar las emociones de dos naciones futboleras en el mítico estadio Azteca, el único escenario donde ganaron una copa del mundo los reyes del fútbol: Pelé, en 1970, colocándose solo la corona mientras levantaba la Jules Rimet, y Diego Armando Maradona, el Diego, 16 años después, echándose encima al equipo y a un país incrédulo.

Busqué a Juan Carlos, de 10 años, en el improvisado salón del quinto grado grupo B, en el huequito de la escalera. Ahí estaba, infaltable, con los pies encima de la mesa blanca, sus audífonos y jugando en la tableta. Le llamé de inmediato. No escuchó. Repetí. ¡Ven, por favor! De mala gana se sentó a mi izquierda. Con emoción le conté qué partido era y que ahí estaba el Diego. Me hizo tres preguntas casi de golpe: ¿y cómo quedaron? No te diré, le contesté. Velo conmigo. Hizo un gesto de resignación y luego le pedí que observara el partido. ¡Ahí está, ahí está, ese es Diego! ¿Maradona, ese es Maradona? Sí, ese es. Su gesto fue de sorpresa; remachó: ¿y qué le pasó? Seguramente había visto las imágenes más recientes del Diego, en las condiciones tan lastimosas que aparecía ya desde su paso por Dorados de Sinaloa. Así era Diego, hijo, así era cuando Dios bajó a la cancha para hacernos felices.

Segundo tiempo
Leo Messi, poco afecto a gastar palabras, escribió una despedida a Diego y su mensaje en Instagram se replicó por todas partes: Nos deja, pero no se va, porque el Diego es eterno.

Leo es argentino, pero no porteño; es rosarino, como el Che Guevara, Roberto Fontanarrosa y Fito Paez. Diego, de barrio pobre bonaerense, verbo prolijo, ingenioso dentro y fuera de la cancha, generoso hasta el exceso; por eso vivió al límite la fiesta y el fútbol, la política y sus convicciones. Pero Diego es ya universal.

La frase de Leo, genio definiendo la inmortalidad del genio que tuvo como ídolo, es una de las que quedarán para siempre en esta canchita de la vida, el futbol, que parece menor, pero conmociona y atrapa sin igual la atención mundial, como constatamos ahora.

Por eso, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, escribió un texto impecable por la partida del Diego, que la Casa Rosada tiene en su portal. Por eso, los textos bellísimos que hemos leído en estas horas, de Juan Villoro, por ejemplo; y las palabras que le dirigieron algunos de los personajes mayúsculos del fútbol, como su compatriotas Diego Simeone y Jorge Valdano, Pep Guardiola y Zinedine Zidane, o el mensaje de Pelé, quien lo despidió con el deseo de encontrarse en el cielo para jugar al balón. O el papa Francisco.

Diego, ave tempestuosa, vivió entre el Olimpo de la victoria y el lodo de los escándalos por drogas o sus relaciones sentimentales, pero en estas horas la unanimidad se centra en su legado al futbol de cancha y contra los poderes que lo gobiernan. De lo otro, ¿quién tiene la autoridad moral para juzgar al prójimo?

Quizá la mejor despedida para el Diego, además de lo dicho por Leo Messi, es una pancarta que encontró Pep Guardiola en Buenos Aires el año pasado y lo contó ayer: “No importa lo que hayas hecho con tu vida, Diego, lo que importa es lo que has hecho por las nuestras”. Ese es el Diego, el Diego de la gente, como titula a su autobiografía.

¡Gracias, Diego!

#JusticiaparaJuanCarlos

Ayer abrí en Twitter el #JusticiaParaJuanCarlos y me enteré de la noticia de la muerte de Juan Carlos Padilla, en Celaya. Me conmoví.

Hoy leí más noticias, las declaraciones de la esposa y escuché en vivo la entrevista a su hija en Heraldo Radio.

Es imposible no sentir una mezcla de sensaciones: pena por la muerte de un hombre detenido por la policía en acto arbitrario; rabia e impotencia por el deplorabla estado de nuestra vida pública y la impunidad; asco, por los hombres (y una mujer) que lo detuvieron en la vía pública, las reacciones oficiales y la complicidad de los médicos que certificaron la muerte; tristeza por los lágrimas que deja en la familia.

Tengo incertidumbre también. ¿Cuánto tiempo nos falta, no sólo en Celaya o Guanajuato, para pasar de este estado semisalvaje a otro que deseamos para que los niños, nuestros hijos, vean morir a sus padres cuando llegue la hora natural?

¡Qué emoción y qué nervios!

Temprano mi línea de tiempo en Twitter tenía a #Dinamarca como tendencia. Imaginé lo peor: un loco musulmán, o rubiecito local, asesinaba sin piedad en las calles de Copenhague; una bomba explotaba y hacía pedacitos de la estatua de La Sirenita o un avión destrozaba el puente que une al país con Suecia. No pude con la tentación. Abrí los tuits y encontré el video de la mañanera donde el ciudadano presidente de este país, el 16 de enero del maléfico año que corre, anunció sin dudarlo que para el 1 de diciembre tendríamos un sistema de salud chingón, y para no dejar lugar a interpretaciones, precisó: como Dinamarca, Canadá o Reino Unido. Nomás.

Las cuentas no son lo suyo, ya sabemos. Como le pasaba a Peña Nieto. Bueno, como les pasa a casi todos esos. También sabemos que el hoy presidente no tiene bola de cristal y sí un serio problema de incontinencia verbal crónica.

Yo, medianamente respetuoso de la investidura, no querría burlarme del presidente, porque sí no lo hace bien, es altamente probable que el país siga dando tumbos y brillando sólo en discursos gubernamentales. Pero no pude aguantarme la risa durante los diez minutos que pasé leyendo los mensajes de todos quienes se declaraban bien “pinches emocionados y nerviosos” porque ya pronto tendríamos un sistema de salud como el que nos merecemos y nos robaron los malditos neoliberales.

Lamentablemente para el pueblo que no es tan bueno ni sabio, se presentó la pandemia que, hay que advertirlo, ya para enero 16 cabalgaba alocada por aquí y por allá. Entonces, el presidente de este país podría justificarse muy bien diciendo que no contaban con la pandemia, aunque luego me confundo, porque el padre de las mañaneras y su secretaria de la Función Pública dijeron que la pandemia le cayó como anillo al dedo a la 4T.

Con pandemia o sin pandemia, la nota triste es que no habrá un sistema de salud como el prometido por el presidente, ni ahora ni en ocho días. O tal vez ni en ocho años, ni en ocho décadas.

Cien mil muertes

Los cien mil muertos son inaceptables. No hay forma de justificarlos, ni de aceptar explicaciones elogiosas para nadie. Menos cabe el esperpéntico “nos vino como anillo al dedo”, dicho y repetido, para que no haya duda. No son imbéciles, saben de qué se trata y saben también que tienen un séquito que lo adula todo, que todo lo aguanta y que siempre buscará el argumento de los “tiempos neoliberales” en que la cosa iba peor.

Los cien mil muertos ocurrieron en un periodo gubernamental. No hay manera de tirar los cadáveres al panteón del sexenio pasado o antepasado. Sin anestesia: que cada uno se haga carga de sus muertos.

Los cien mil fallecidos tienen historias, rostros, nombres; los enlutados son cientos de miles más que perdieron a aquellos cien mil.

El gobierno federal no es el único culpable. Los estatales y municipales hicieron su aporte a la barbarie. López-Gatell y su equipo se equivocaron, con maromas y sin maromas. Cuando el subsecretario de Salud hizo predicciones que fueron destrozadas pronto, debía saber que no gobernaban China, que los mexicanos tienen hábitos alimenticios y enfermedades que luego se usaron como escudos para justificar desaciertos o superficialidad.

En el gobierno federal nunca hubo espacio para la mínima autocrítica. No la ha habido y probablemente no la haya. Equivocarse es natural y hasta inevitable; nunca reconocerlo, es infame, sobre todo cuando hay muertos en el camino, cien mil muertos, por lo menos.

La ciudadanía, una buena parte, se sumó también al desgarriate gubernamental. Con su irresponsabilidad y el menor respeto, se saltaron las reglas siempre que era posible y siguen. Es imperdonable la muestra de insolidaridad ciudadana.

Ese coctel entre ciudadanos y gobiernos es mortífero. Ya son cien mil muertos y sumarán miles más, porque ni unos, ni los otros, está dispuesto a perder la batalla del insensato.

No se trata de hacer espectáculo con la muerte, ni de festejar los 50, 60 o 100 mil como reclama el mediático subsecretario.

Se trata de recordarlo, tenerlo presente cuando sea preciso y llegue la hora de los juicios.

Se trata de recordar que entre esos cien mil se fueron compañeros, amigos, hermanos, hijos, padres, esposas.

Se trata, también, de asumir las responsabilidades sin buscar justificantes absurdos.

Se trata de ya no repetirlo la próxima vez que suceda.