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Manos a la obra

En la semana recibí un correo de la tutora de Mariana Belén en la secundaria. Adjuntó dos archivos sobre la relación entre los estudiantes, la familia, los llamados “retos virales” y las redes sociales. Los leí con atención y aplaudí las buenas intenciones respecto a las realidades en que hoy crecen los niños con accesos cotidianos a las pantallas e internet.

El tema, o los temas, son complejos y complicados, porque tienen muchas aristas y porque no es fácil abordarlos en casa o en las escuelas. Además, tampoco sobra claridad en los problemas y alternativas, ni en los expertos o profesores.

La peor actitud que podemos tener los adultos, en los centros escolares o en las familias, es la indiferencia o la minimización. Aplaudo la iniciativa, he dicho, ahora espero que la siguiente semana, en los próximos días, los maestros de Mariana, en esa y otras escuelas, hablen de los temas abierta y genuinamente. Implicar a los estudiantes es obligado y un gesto de elemental congruencia.

Discursos contra realidades

El secretario de Educación, Esteban Moctezuma, desde antes de asumir el cargo, dejó claro que la revalorización del magisterio es una de las prioridades sobre las que se fincará el sexenio educativo. Lo dice y lo repite sin cesar. Los hechos me dejan dudas sobre el significado de la expresión. En Michoacán, la semana pasada, algunos profesores me compartían incertidumbre semejante.

¿Qué significa para el nuevo gobierno la revalorización del magisterio?  ¿Es una prioridad la educación para los gobiernos que tenemos? Hablo del país, estado y municipios. Lo discutiré en otro momento, ahora me interesa escribir estas líneas para expresar mi absoluta solidaridad con los maestros de telebachillerato comunitario y EMSAD (educación media superior a distancia), quienes no han cobrada hace tres quincenas.

El impago es inaceptable. Cualquier discurso sobre la importancia de la educación o la revalorización de los maestros se destroza cuando observamos estos hechos.

No sé con exactitud dónde está el nudo que impide a los maestros cobrar el pago que merecen; no sé quién es el responsable, pero sé que cualquier argumento es inadmisible y tendría que desatar nuestro respaldo y solidaridad, el de los colegas de profesión y el de los ciudadanos, al margen de partidos y fobias.

Hace pocas horas hablé con un profesor que labora en telebachillerato comunitario. Su comentario es elocuente, palabras más, palabras menos: me gustaría estar pensando solo en mi clase, pero no puedo dejar de distraerme en las necesidades que también debo cubrir. La falta de pago, además, no es novedosa.

¿Con discursos y palabras, que de tan repetidas se vuelven huecas, revalorizarán al magisterio?

¿Urgidos de redención?

La séptima tesis de Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus logico-philosophicus, sostiene, palabras más, palabras menos: todo lo que puede ser dicho, puede decirse claramente; de lo que se ignora, mejor no hablar.

Probablemente incumpliré la última tesis de esa obra monumental de la filosofía analítica, pero la idea me ronda por la cabeza y, tal vez, escribiéndola se haga más clara en mi mente.

La cosa nebulosa a que aludo me la produjeron muchas declaraciones en prensa y redes sociales, a propósito de la pugna perpetua entre admiradores y críticos del presidente de la República. Pareciera que, para tener derecho a opinar, hay que ser bautizados en el templo de los redentores, para dejar atrás el pasado pecaminoso en la política o aficiones partidistas.

Sucede lo mismo en el tema del machismo-feminismo: pareciera que los hombres, por haber nacido tales, somos portadores del mal, del pecado capital del ultraje al sexo contrario, y debemos ser tocados por manos divinas para tener derecho a respirar en este planeta maldito por nosotros.

Hay un germen común en ambas situaciones: actitudes iluminadas. ¿Ahí está la solución a los males en la política y en las relaciones humanas? En el primer caso, estoy absolutamente seguro que no. En el segundo, seguiré cavilando.

Confesiones nocturnas

Hoy tuve apenas la segunda clase en las primeras tres semanas del semestre escolar. Mi planeación ha debido ajustarse por circunstancias imprevistas. Tres horas de clase, en el nuevo formato, de sesenta minutos, son un desafío para los profesores y [me temo] un suplicio para los alumnos. ¡Tengo 15 oportunidades por delante para desafiarme!

Mañana será un día intenso. Trabajo en el cubículo temprano, asesorías de tesis a mediodía, luego, por la tarde, viajaré a Coquimatlán para continuar mi proyecto en escuelas de Colima.

La noche será especial: homenaje del Seminario de Cultura Mexicana a uno de mis más apreciados maestros, José Miguel Romero de Solís, a quien tuve el placer de conocer en los cursos de historia de la educación e historia de la educación en México, de la naciente Facultad de Pedagogía, hace 35 años.

He sido afortunado de tenerlo como maestro, luego, de una amistad que cultivo con intermitencias, pero al que infinitamente guardo aprecio y admiración. José Miguel es para mí una de las más luminosas referencias docentes e intelectuales.

Otra vez

Se nos está volviendo costumbre infeliz lamentarnos e irritarnos por una mujer muerta cada semana, aunque asesinan a más.

Si la muerte de adultas o adolescentes no valen menos en el ranking de la indignación, la de una niña de siete años, sustraída en las puertas de su escuela, rebasa cualquier límite, por la atrocidad y las complacencias.

Las políticas de seguridad siguen sin ofrecernos resultados palpables en hechos y estadísticas. Los besos, abrazos y reprimendas maternas podrían funcionar en la tierra de los ositos cariñositos, pero en la realidad, los distintos órdenes de gobierno están superados.

Por ahora, desde la ignorancia en la materia, no vislumbro la salida, porque ni siquiera se aceptan los problemas y consecuencias, que no son abstracciones, sino muertes dolorosas que se acumulan sin cesar.