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Un hombre que duerme

El ajetreo intenso del fin de semana, las noches de insomnio y la primera media jornada de trabajo presencial en muchos meses pasaron factura impagable este lunes. Apenas terminar la comida, la somnolencia aplastó. Habría deseado caer dormido y despertar mañana, pero sería error fatal. Preparé café frío y tomé el libro que comencé el sábado: Un hombre que duerme, de Georges Perec. Curioso y paradójico título para un hombre que evita dormir en el calor colimense, por ahora.

El libro es bellísimo como objeto artístico; tiene una portada en papel sobrio, y se adorna con una pintura del siglo XVII de Domenico Remps, llamada “Pequeña tienda de curiosidades”, que abarca tapa y contratapa, cubiertas por una camisa con la misma obra.

A Georges Perec debo la inspiración para escribir Elogios de lo cotidiano. Mi gratitud me convierte en lector permanente de su obra; no puedo serle infiel en la lectura. Así, entre sus páginas, trataré de retornar a la lucidez vespertina para el resto de la jornada.

Sucesión rectoral en la UdeC: otra perspectiva

En su libro La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora, Miguel Ángel Santos Guerra cuenta una leyenda que atribuye a los persas: en el principio de los tiempos, dice, los dioses partieron la verdad en pedazos y la repartieron; en consecuencia, nadie la posee y quien la pretenda, debe reunir todos los trozos. Luego aplica la lección al ámbito educativo: nadie tiene la verdad, ni el director sobre la escuela, ni el maestro sobre el aula; tampoco el secretario de educación sobre el sistema, o el rector sobre la universidad. Nadie.

La lección, válida para quien se asuma medianamente democrático, exige del concurso de todos: la opinión de los miembros del colectivo escolar, aúlico o universitario. Me gusta decir que en algunos temas, como hábitos higiénicos, por ejemplo, la persona que limpia los baños y asea las aulas puede opinar con más argumentos que nadie en la escuela o, por lo menos, ofrece otros elementos fehacientes.

Pensar democráticamente, como afirma Miguel Ángel Santos Guerra, y como define la propuesta de Ley General de Educación Superior que analizaremos este lunes en Colima, exige replantear las visiones centralistas y cuasi míticas que a veces prevalecen en las instituciones educativas superiores.

El nuevo rector (o rectora) de la Universidad de Colima, desde esta perspectiva, tendrá la oportunidad de practicar esa visión de la autoridad, dando cabida a todas las opiniones, o ejercerla de otras formas, que no admitan verdades distintas a las suyas, vicio encarnado en la cultura política mexicana. Y las universidades no son entidades angelicales. Paulo Freire aseguraba: la educación es sustantivamente política y adjetivamente pedagógica.

Cambio de coordenada al interior del campus. Hace diez años, cuando se celebraron los 70 de la Universidad de Colima, uno de los homenajeados el 16 de septiembre fue Ángel Díaz-Barriga, reconocido experto en México y América Latina. En el discurso por la obtención del doctorado honoris causa, Ángel postuló como tesis central que la tarea de pensar a la universidad es una obligación intelectual, social y ética. Al mismo tiempo, pensar a la universidad implica pensarnos a nosotros, quienes en ella laboramos.

La sucesión rectoral es una buena ocasión, inmejorable e ineludible, como se quiera, para pensar a la Universidad de Colima y pensarnos en ella, porque la Universidad que hoy tenemos es resultado de las generaciones que se fueron, pero la que vendrá es la que dejaremos, porque la rendición de cuentas no es solo un informe efímero. También es compromiso con el futuro.

Juntos, con nuestras diferencias, dando espacio a todas las voces, será menos complicado el nuevo viaje que debe emprender la Universidad de Colima a partir de los próximos días, en que tendremos otro rectorado. No es fácil, pero es necesario e impostergable abrir canales y recoger los pedacitos de la verdad que cada cual tiene.

Semana entre libros

La semana laboral ha sido perfecta. El libro sobre la pandemia en las escuelas de Colima sigue distribuyéndose. Es imposible calcular cuántas copias y lectores tendrá. En breve también se podrá leer en los portales de dos organizaciones educativas nacionales. Las invitaciones para presentarlo siguen llegando. Ya no es nuestro, felizmente.

En la semana entregué las pruebas corregidas del libro conmemorativo por los 35 años de Pedagogía. Está listo para impresión. En dos semanas, tres, calculo, lo tendremos en las manos.

Largamente esperadas, llegaron, por fin, las primeras pruebas de Lecciones y reflexiones. Mi vida en el Instituto. Esperaré un remanso para aventurarme entre sus páginas y comenzar la etapa final.

Semana casi perfecta. Casi

La noche de Balzac

Mientras esperaba el abrazo nocturno del sueño o en las madrugadas de insomnio pandémico, pasé las últimas dos semanas leyendo la biografía de Honoré de Balzac escrita por Stefan Zweig. Se llama La novela de una vida.

Hoy terminé temprano, con desazón por la forma tan desoladora como murió el prolífico escritor.

Los pasajes desesperantes del Balzac emprendedor de mil negocios fallidos en su ambición de convertirse en rico, así como la desgraciada búsqueda de una esposa millonaria que le regalara el paraíso soñado, fueron el augurio del desenlace.

Infancia triste, incluso cruel, pero exuberante en su fantasía creadora de unos dos mil personajes y la monumental Comedia humana son la noche y el día, las caras de la vida y la muerte. El precio de la vida elegida.

No sé si volveré a otra biografía pronto, después de leer a Zweig y la que para él fue su obra cumbre. Muchas aventuras, pero demasiadas desgracias para días aciagos.

¿El fin del aula tradicional?

El filósofo argentino Darío Sztanjnsrajber nos provoca a la reflexión con una pregunta inquietante: ¿con la pandemia murió el aula tradicional?

¿Usted se lo preguntó ya? ¿Usted que me escucha, se lo preguntó antes?

¿El aula pospandemia será distinta del aula que conocimos?

No me refiero al espacio físico, material, al rectángulo con ventanas que aisla del ruido de la realidad y suele educar de espaldas a ella.

No. No hablo de la dimensión material. Aunque cambiar la arquitectura de la escuela es deseable. En efecto, la escuela no tiene por qué ser un edificio frío, como un cuartel, un manicomio o un hospital.

Me vuelvo a preguntar: ¿volveremos a la misma escuela? Es decir, a la misma situación que teníamos antes de la pandemia, o la transformaremos para humanizarla un poco más. Mucho más.

La escuela tendría que ser un desafío a nuestras capacidades. Un desafío inteligente, por supuesto. No siempre lo es. No muchas veces lo es. Con frecuencia se aleja de ese ideal. Sí, la escuela suele ser aburrida. Hay que reconocerlo, para cambiarlo.

La pandemia, en la coyuntura histórica que tenemos puede ser la oportunidad para convertir a la educación en una aventura que desafíe comodidad, mediocridad e indolencia.

Si muere el aula tradicional, habría otra mejor, no lo sé. Quizá. Quizá no. Ojalá en veinte años los historiadores, sociólogos, pedagogos y maestros, sobre todo maestros y niños, atestiguen que una de las cosas positivas que nos dejó este fatídico 2020 sea el salto del aula tradicional a otra vibrante, sin muros que separen de la realidad, llena del ruido febril de la actividad, como la soñamos muchos, y como muchos trabajaron por ella en los últimos cien años.

La muerte del aula tendría que prodigarnos alegrías, dice el filósofo argentino de apellido impronunciable para quienes hablamos la lengua de García Márquez. La muerte de esa aula es el fin del aula vertical, cerrada, autoritaria, desarticulada de la realidad, pero entonces, ¿cuál será el aula que venga? ¿Será posible?