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Día del Padre sin padres

Hoy muchos en América Latina no podremos celebrar el Día del Padre con ellos, porque cada uno estará resguardado en su casa. No habrá brindis, comida juntos o un abrazo. Es mi caso. Él en nuestro pueblo, yo acá. Sí estaré con mis hijos, que me hicieron padre, al mismo tiempo que ellos debutaron como hijos.

Para muchos será un día sin menos júbilo, porque apenas habrá una llamada o una charla por alguno de tantos medios disponibles, pero habrá. Hay situaciones peores, por supuesto. Disculparán que convoque un poquito a la tristeza, pero es una estación intermedia.

Es inevitable pensar en la cifra de los 20 mil muertos oficiales (y los otros cientos todavía no reconocidos) por la pandemia, entre ellos, en los miles que eran padres; o en la tristeza infinita de los padres que perdieron a una esposa o una hija, un hijo. Eso sí que duele. Y dolerá también, entre los miles de infectados, hospitalizados o aislados, que nunca habrían pensado que un Día del Padre no podría recibir el abrazo de los hijos o los nietos.

No quiero llamar a la tristeza, decía. En realidad, pretendía convocar a la alegría de seguir, de estar, aunque los abrazos y los brindis cara a cara deban esperar un poco más.

¡Felicidades a los padres que leen o leyeron alguna vez este Diario!

El tren de las 6:16

El silbato del tren, lejos, me despertó. Las 6:16 de la mañana. Abrí los ojos, observé el cielo pálido. Casi todas las mañanas escucho clarito el sonido peculiar. A veces un minuto antes, a veces tres después. Su puntualidad es asombrosa. Me desperecé y removí; luego, inmóvil, volví al cielo. Miré la claridad que iluminaba de a poco. El canto de los pájaros alborozados en las arboledas me taladró. El silbato sonó de nuevo a las 6:17. Me concentré en los muchos sonidos, en el ruido de los fierros de la vieja máquina al deslizarse por las vías y acercarse. El tren llegó a la estación. Subí y busqué un asiento al lado contrario de donde sale el sol, a la derecha del vagón. Me acomodé y aguardé. Hora de partir. Me senté pegado a la ventanilla en el asiento menos desvencijado. No sé qué esperaba el tren, yo impaciente; a las 6:26, con el enésimo pitazo, partió. Acomodé la cabeza entre el asiento y el vidrio, miré hacia la ventana, donde los cañaverales empezaron a moverse y recordé mi infancia. Luego volví los ojos hacia atrás, a los vagones últimos. Apenas escuché el silbato de despedida de la estación, ya con los ojos cerrados y apagando el despertador de sueños.

Ejercicios de diálogo entre gobernantes y ciudadanos

Invitado por la Secretaría de Educación del Gobierno estatal, este jueves participé en una reunión del gobernador con un grupo numeroso de personas de instituciones académicas y organizaciones civiles, en donde el ejecutivo presentó la situación de las finanzas públicas y explicó las razones del préstamo que pretende solicitar para salvar pendientes en materia de seguridad, salud y rescate del patrimonio cultural.

Nunca había tenido ocasión semejante. Ignoro si son comunes, su amplitud e impacto. El ejercicio de exposición y diálogo me pareció saludable; cortés del auditorio, didáctico del gobernante. Mientras escuchaba y luego de la sesión, pensé que este tipo de prácticas tendrían que ser constantes entre quienes asumen responsabilidades públicas, cuyas decisiones afectan a la ciudadanía, que por eso hecho, merece ser consultada.

El diálogo, incluso el debate, son siempre positivos cuando se animan en propósitos comunes por encima de intereses particulares. En materia educativa esa máxima es más vigente cuando asumimos que la educación es un ejercicio de formación ciudadana, no solo de instrucción en materias abstractas.

No sé cuál será la suerte del préstamo en cuestión, porque he leído los posicionamientos en el sentido de negarlo, pero aplaudo la apertura y esperaría que las decisiones se tomaran con el rigor técnico suficiente, sustentado en evidencias y la razonabilidad de los argumentos. Al margen de eso, que para el gobernador es lo importante ahora, el ejercicio de apertura podría ser una buena enseñanza para construir relaciones más horizontales entre ciudadanos y gobernantes.

Sin lo mejor de la escuela

La primera lectura de este día fue una entrevista a Francesco Tonucci, psicopedagogo italiano, para el El Diario de la Educación de España.

En estos meses de pandemia la presencia de Tonucci ha sido constante en seminario web o conferencias, además de entrevistas para distintos medios del mundo. Quienes le seguimos, no siempre encontramos conceptos nuevos, pero es gratificante la frescura de sus planteamientos y la incansable postura sobre la relación ciudad-escuela-familia-infancia. Sus definiciones son claras y coherentes, plausibles solo con determinación, y eso no siempre abunda cuando se trata de transformaciones sustanciales en los sistemas escolares.

En esta entrevista Tonucci acude a su otra personalidad: Frato, dibujante: “Hace poco Frato dibujó una viñeta en la que se decía que de la escuela han desaparecido los recreos, las entradas y salidas… y se han quedado solo los deberes y las clases. Es decir, que la escuela ha quedado reducida a lo que no gusta”.

Doy fe. Mis hijos, que todavía siguen en clases en su colegio, aunque la Secretaría decretara el fin del ciclo, viven esa situación y yo con ellos. No tienen recreos ni el espacio para jugar con otros niños, no tienen el momento para sentarse en el suelo y desayunar con sus compañeros y conversar; no tenemos la salida de la escuela y esos momentos para hablar de lo sucedido.

Doy fe. Los estudiantes del curso que imparto en la Universidad, según me cuentan en sus reportes, viven con incertidumbre, a veces angustia y sometidos a presiones inusitadas. Este martes nos hemos reunido en una sesión virtual porque me la pidieron tres horas antes, debido a sus dudas y necesidades.

Tengo más pruebas, pero es suficiente.

La rutina del estudio se quedó con la parte aburrida, aunque habrá quien me demuestre lo contrario, y seré feliz de saberlo.

¿Lista de útiles escolares para maestras?

De manera fortuita, esta mañana leí una lista de útiles escolares del sexto grado de primaria. Me resultó grata la preocupación de quien la redactó: una buena maestra. La claridad, precisión y el mensaje que manda a la familia me llevó a reflexionar en el valor de un documento que de otra forma sería inocuo. Ahora no; quizá antes tampoco, pero hoy tiene un valor adicional: en momentos aciagos cada mensaje de la escuela y sus maestros es un puente o un muro, porque acerca o separa. Podría extenderme, pero creo que la insinuación de su valía es suficiente y se demostró con la contingencia pedagógica: la familia es aliado imprescindible para la escuela y sus maestros. Siempre.

La duda que me vino a la cabeza es por la otra lista de útiles escolares. Aunque prima la incertidumbre, varios indicios en otros países revelan que la “nueva normalidad” impedirá que, por un tiempo, todos los niños asistan todos los días a la escuela, y que las medidas de seguridad sanitaria obligarán a seguir laborando parcialmente en línea o por vías no presenciales.

Si fuera así, sería deseable que los gobiernos (y particulares) incluyeran en sus presupuestos los apoyos que tendrían ofrecer a las maestras y maestros. ¿Qué incluiría la lista de útiles para docentes? Un pizarrón blanco (o de otro color) de tamaño adecuado, un paquete de plumones, materiales didácticos, papelería, una tarjeta para recargar internet o bonificar el pago hecho por los maestros en casa, apoyos para pago de luz eléctrica, entre otros. La lista podría tener más elementos que son indispensables para las maestras; ya le sumarán ellas. En casos extremos, tendrían que valorarse también otro tipo de apoyos con regulaciones transparentes: para comprar o renovar equipos de teléfono o cómputo y accesorios, como herramientas para el trabajo docente.

¿Habrá lista de útiles escolares para docentes? ¿Solo estoy divagando por el calor del mediodía? ¿Qué dicen los sindicatos?

Sé que vivimos tiempos de austeridad, pero ya debió quedarnos claro que la ignorancia es más cara.