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La mascota perfecta

De alguna fiesta infantil regresó Juan Carlos a casa con un pequeño pez blaugrana. Después de algunas dudas y consultas, encontró el sitio para instalarlo en su pecera redonda, con fondo de piedras rosas y algunas ramitas plásticas verdes. Desde entonces, el paisaje multicolor alegra la cocina con esos tonos.

Nunca fui afecto a las mascotas: darles de comer, limpiar sus espacios, recoger sus cacas, bañarlos, sacarlos a pasear son actividades que admiro en quienes lo hacen, pero juego en otro equipo.

El pececito, en pocas semanas, creció y se acostumbró a la casa; supongo. Se me volvió una compañía casi entrañable; esta mañana me di cuenta cuando me sorprendí, con un poco de vergüenza, saludándolo cariñosamente, con palabras como si hablara con otra persona. Callado, miré a los lados y volví a preparar el primer café del día.

Como todas las mañanas, soy el primer ser humano (o lo que quiera que represente para el habitante acuático de casa) que saluda. Apenas me ve acercarse con la taza y el agua caliente, se pega a la pared de su pequeña pecera y me ronda en gestos que advierto afectuosos. Le coloco el dedo en el vidrio y ya no se inmuta. Me sigue con movimientos lentos y sinuosos, me mira, o eso creo… o es que ya está domado mi espíritu anti mascotas. Le doy su comida y solo entonces me deja libre, empeñado en pescar las bolas minúsculas de alimento.

Ahora que confirmo la complicidad, amistad, o lo que sea que exista entre nosotros, me da por pensar que, sin buscarla, encontré la mascota perfecta: no tengo que limpiarme sus pelos del pantalón, no tengo que lavar su baba de mis manos, ni sentir sus patas mientras leo o escribo, ni gritarle que se calle por favor; no debo sacarla a la calle, ni aparearla con nadie, ni… Es la mascota perfecta, y me dispongo a negociarla con Juan Carlos, por unos pesos o el pago de sus palomitas dobles en la próxima visita al cine.

El hombre más sabio

El hombre más sabio que conocí en la vida era analfabeto, decía José Saramago. Ese hombre sabio era su abuelo. El Nobel de literatura portugués no se hospedó en las universidades, pero eso no descalifica su juicio.

La sabiduría o la inteligencia pueden tener asiento y desarrollarse en las universidades, pero cursar una carrera universitaria no las garantiza. Hoy cualquiera, o casi, en un mercado desregulado y precario, puede tener un doctorado. Tampoco hay una patente de nada por el solo hecho de tenerlo enmarcada de la sala de la casa. Hay calidades, está claro.

Es verdad que en el mundo académico, con frecuencia fatuo e irrelevante, el doctorado es una condición para la existencia. Y más verdad que algunos (y algunas) se indignan porque sus alumnos osen llamarles por su nombre o por el grado de maestro, más familiar y cariñoso, que por el reputado “doctor”, “doctora”.

En un discurso memorable, auténtica pieza contra la pedantería académica, Manuel Gil Antón en la Universidad de Colima respondió al discurso de Pablo Latapí Sarre cuando el entrañable maestro recibiera el doctorado honoris causa. La cosa no es tener un doctorado, es perder la denominación y ganar la respetabilidad, jugó con las palabras de su amigo Santiago Ramírez. Instalaba provocaciones: ¿cuándo alguien leyó o pronunció nombres como doctor Carlos Marx, doctor Paulo Freire, doctor Albert Einstein?

Todo esto viene a colación por el revuelillo que causó el diputado morelense Ángel García Yáñez (sin parentesco alguno), quien propuso, como sabrán los lectores, que las cédulas profesionales se renueven cada seis años. Entonces, la docta clase intelectual se le vino encima mofándose de que “nomás” estudió la prepa, y siendo así, no tiene derecho sino a quedarse callado: ¡habrase visto tremendo gesto de tolerancia y humildad!

Entonces, esos de otra casta suponen que una propuesta solo puede ser sensata o digna de deliberación si la antecede la firma del “licenciado”, “abogado”, “maestro” (o maestro en ciencias) y de preferencia “doctor”.

Siendo así, en ese pensamiento tan silvestre: ¿para hablar de la pobreza hay que ser pobre?, o ¿para luchar por la educación para todos hay que ser analfabeto?

A las ideas hay que calificarlas por su razonabilidad, plausibilidad, coherencia, etcétera, no por el origen, clase social, lengua o color de piel de quienes las pronuncian. La maldad, como la imbecilidad, no tiene nacionalidad ni escolaridad, tampoco son monopolio.

La inteligencia, como la sabiduría, nunca se conquista con grados académicos; lo que sí se obtiene con ellos es la obligación ética de ser más abiertos, tolerantes y humildes, porque la educación no es un bien solamente individual, es una función social y un derecho humano, un compromiso con otros que menos tienen y poco saben del currículum universitario.

El pequeño capitán

El pequeño capitán de mi pequeño barco tenía 7 años. Es simpático, guapo, parlanchín, inteligente, irónico, autónomo. El pequeño capitán tenía 7, ya no. Hoy cumple 8. Hoy manda más que ayer. Dirige, da rumbo, alegra, alivia, se entrega, ama.

Sonríe y se abre el cielo.

Mi capitán, mi pequeño capitán, se llama Juan Carlos.

En su corto periplo ya ejerció oficios varios: rockero, arqueólogo, maestro, escritor, constructor. Jugó roles ocasionales a plenitud, disfrutándolos en su papel: Michael Jackson, Indiana Jones, Cazafantasmas, Capitán América… Los que le acomodan y divierten. En el fútbol siempre prefiere a Messi.

Ya tuvo novia y la perdió. Dice. Se dolió un día y al siguiente la había olvidado. Sabio.

Le gusta la escuela y leer lo que le gusta, pintar, inventar, conversa solo, pero, puesto a elegir, preferiría dormir, comer lo que le apetece, brincar y bailar, hacer música con su cuerpo, ver la tele o jugar con su Ipad, en español, en inglés, en lo que sea.

No sé cómo será su vida. Nadie puede saberlo, para ser precisos. Mientras eso suceda, mi única preocupación es que siga como va, con el desorden espontáneo y el desparpajo para hacer de su vida, en cada instante, motivo vital. Mi defensa es para que no se achique su alegría ni su alma. La suya es la mía, y a estas alturas, no es cosa menor.

Ustedes perdonarán la confesión. La música hoy suena festiva en mi corazón.

Sábados de éxtasis

Cuando las semanas laborales son intensas la conclusión es éxtasis. Tiempo atrás me percaté. Pero no ansío que llegue el final. Disfruto día a día. La recompensa, la pequeña pero vital recompensa llegará cuando sea merecida. Todo comienza el domingo: caminata con el atardecer y cielo cómplice, entre sombras de árboles, viento fresco acariciando la cara, sonidos ambientales llenando la cabeza, un baño relajante, una copa de vino, libro entre las manos, la luna en el cielo, los murmullos de la noche, la oscuridad invasora, el reloj vital.

Para el lunes, buen reposo y despertar con el abrazo de mis hijos llenan el tanque de combustible. Lo demás es tarea personal. Mi equipo de trabajo (el posesivo es una forma del compromiso) lo hace más fácil. La agenda se va despejando y los resultados dicen que avanzamos, que damos primeros pasos firmes, pequeños pero necesarios. Y así transcurren las jornadas, del lunes al viernes. En el camino dejé las energías puestas en cada acción. Nunca repito la misma presentación de un tema, la misma conferencia. Aunque lo parezca, en cada una busco la singularidad, y en cada una va invertida cada gota del esfuerzo. Siempre. Cuando aparece un compromiso extraordinario, como en la semana que muere, el desgaste va más allá. Un panel, una mesa redonda no es una línea en el programa. Es compromiso, desafío, privilegio, oportunidad; todo a la vez. Más.

La semana estuvo llena de eso. El final me dejó exhausto. Llegué al sábado con el sabor de un viernes desbordado, de horas maravillosas, de sabores, humores, colores, imágenes y palabras únicas. De abrazos infinitos, de confirmaciones amorosas.

El sábado me recibe con manos extendidas. Me recargó urgido. Sentado frente a la pantalla enciendo el canal favorito. Busco la música que siento y dejo que se mezclen emociones. Y así, varias horas después, encuentro el atardecer. La música sigue; dubitativo, divago entre recuerdos de la noche previa y otros que vendrán prometedores. Levanto la copa, agradezco a la vida que me permite escribir en el teclado diminuto, mientras escucho la música predilecta, inundado de recuerdos, acodado en el bar de las intimidades vitales.

Lo que perdimos, lo que ganaríamos

Con el tiempo casi todos (excepciones hechas de Dorian Gray, conde Drácula y algún otro listillo) nos vamos haciendo inevitablemente viejos. Unos con más y otros con menos decencia corremos, caminamos, tropezamos o gateamos al destino fatal.

Los cambios corporales nos van señalando el paso de los años y mostrando descuidos. Subir escaleras escalón por escalón o saltándolos, mirarse al espejo, empezar a leer a las 10 de la noche y quedarse dormido con el libro en la mesa o en las manos, tomar café en ayunas y sentir el aguijón del estómago, hacer el amor con más o menos fortuna, patear el balón sin suerte, y otros oficios que hicimos alguna vez sin dificultades, revelan que las décadas transcurrieron.

Hoy estuve un ratito en mi pueblo. Mi madre cumplió diez años de su partida y en misa, con mezcla de sentimientos, reconocí viejos amigos de la adolescencia y juventud, unos más calvos que bola de billar, o con enormes barrigas y detalles por el estilo que no viene al caso. También vi a muchos amigos de mi padre. Y me dolió ver la pesadez con la cual se mueven. Con alguno de ellos se me acentuó la tristeza cuando lo vi con bastón y recordé aquel memorable partido de fútbol en el Estadio Carlos Septién, en que tuve la alegría indescriptible de jugar al lado de mi padre y el equipo de sus juventudes. Aquel crack hoy me hizo un nudo en la garganta, pero no pude acercarme siquiera a saludarlo. Uno, dos, tres, todos aquellos hombres fuertes que dedicaron su vida laboral al ingenio azucarero viven el declive físico. Pero no quiero seguir el rosario.

De vuelta a casa, dispuesto a preparar una semana intensa, mi hijo se acercó con el balón de basquetbol: cara angelical, brazos implorando. Papá, vamos a jugar. No, no tenemos dónde. Sí, vamos a la calle. Bueno, si quieres, vamos a la cancha de aquí cerca.

Con un poco de angustia por el trabajo pendiente y el sol de las tres de la tarde, sin chistar me puse los tenis y ropa apropiada. La sesión fue feliz. Él corrió, yo atrás casi todo el tiempo, él disparando al aro, yo pasándole el balón, y así. Cansado de su esfuerzo me propuso sentarse en la cancha y narrar el partido contra mí mismo. Bueno, si eso quieres.

Corrí, boté el balón y lo lancé mientras él, con sus desconocidas habilidades, voz gritona, narraba el partido y el desatino de mis disparos una y otra vez. Cuando por fin acerté, su grito estremeció la malla que rodea la cancha. ¡Para!, le dije, no es para tanto. Bueno, respondió, te toca. ¿Me toca qué? Narrar mi partido. Juan Carlos, supliqué, ya no tengo fuerza ni para gritar. No importa, hazlo como puedas, ordenó inmisericorde. Miré a todos lados, comencé con voz bajita la narración del imaginario encuentro en que él, dueño del balón, tenía tres segundos para acertar y ganar el gran partido final. Los tres segundos se hicieron eternos, hasta que por fin encestó. El grito apenas lo escuchó él; volteó para decirme con ternura: ¡papá, das pena! Quedé mudo.

Con el tiempo, todos, o casi, nos hacemos viejos del cuerpo. Es inevitable, y hasta necesario. Solo enfermos valoramos la salud. A veces, en la soledad, apreciamos la compañía. O, en silencio, extrañamos voces infantiles, con frecuencia enfadosas cuando estamos en el papel de señores ocupados. Lo peor, sin duda, es la muerte de la alegría, de las ganas de vivir sin pudor y sin temores, sin pensárselo tanto, sin dejar de ser un poco niños, es decir, hombres o mujeres.

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