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La maldición del apellido

Para las escuelas mis hijos tienen un nombre que los maldice: la letra inicial de su apellido paterno. Más de una vez Juan Carlos debió conformarse con un libro en fotocopias engargoladas porque los textos adicionales del colegio, bien cobrados y bien pagados, no alcanzaron. Un ¡disculpe!, fue lo que tuvimos. Nunca lo han corregido. Más de una vez he recordado que el orden alfabético no está consagrado en la Biblia o la Constitución, que podrían jugar con él, con un poquito de imaginación.

Que empiecen con la A, está bien, pero luego podrían irse a la Z, regresarse a la B, después a la Y… y así. O empezar en el medio, hacia delante o atrás. ¿Hace falta ser muy inteligente? Parece que sí ¿O es irrelevante ese criterio de discriminación absolutamente arbitrario?

¿Quién ha dicho que tener como apellido Abasolo, Aguilar, Alcaraz, Álvarez, Avalos, etc. etc. te da el derecho a ser primero? ¿Quién definió que tener como apellido Zamora, Zavala, Zepeda o Yáñez merece ser el último de la fila? Pues una tradición que debe tirarse a la basura.

Una y otra vez he pedido que revisen ese criterio, que a veces sufrieron cotidianamente mis hijos, porque habiendo hecho la tarea a tiempo, sacrificando tardes o domingos, no pudieron presentarla porque los maestros no llegaron al final. ¿Es justo? A las escuelas parece que les da lo mismo.

Estoy cansado y mejor me ahorro comentarios incómodos. Ya tendré tiempo para desahogos en el largo año que comenzamos el lunes.

Mañanas de aprendizaje

Esta mañana tuve una conferencia con profesores de bachillerato del ISENCO en sus tres sedes (Manzanillo, Tecomán y Colima). Arrancaron así una jornada de capacitación previa al ciclo escolar.

El bachillerato es un ciclo formativo por el cual siento afecto especial. Los ocho años como director general de Educación Media Superior en la Universidad fueron momentos de aprendizajes indescriptibles, con retos extraordinarios y pletóricos de satisfacciones. Dos factores jugaron a favor: un rector, Carlos Salazar Silva, decidido a transformar los bachilleratos y a apoyarlos para hacerlo posible; el otro, los profesores de los 31 bachilleratos, el IUBA y la Escuela Técnica de Enfermería, con enorme compromiso y cariño por su oficio.

Es difícil elegir el mejor periodo en mis muchos años en la Universidad, pero ese me dejó enormes satisfacciones y un puñado de amistades que conservo.

Volver a los bachilleratos siempre es grato para mí. Por eso colaboro como parte del Consejo Consultivo de Educación Media Superior de la Universidad Autónoma de Yucatán, invitado por su rector, y por eso asisto feliz a las invitaciones de un dilecto amigo, Sergio Dávila, director académico del Colegio de Bachilleres del San Luis Potosí. Por eso, también, atiendo siempre las invitaciones de los amigos y colegas del ISENCO.

En la charla de hoy abordé algunos de los retos y probables acciones a realizar para enfrentar con alguna certidumbre el ciclo escolar próximo. Las valoraciones las harán ellos.

Para mí, la experiencia fue muy agradable [a pesar de la frialdad de mirar el “auditorio” a través de Meet], por las preguntas y el interés que asoma en ellas. Una hora media que me dio la oportunidad de expresar lo que quería, pero también, de pensar en temas que no tenía en el radar e insinuar propuestas que, estoy seguro, pueden ensayarse con buenos resultados.

Como siempre, al cierre de estas actividades, el agradecido es el ponente, expuestos a sus certezas, pero también a nuevas preguntas.

Prólogo de Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima

Con Rogelio Javier Alonso Ruiz

En diciembre de 2019, en Wuhan, China, fueron detectados los primeros casos de una forma de neumonía que a pocos días se determinó fue generada por coronavirus. Se descubrió posteriormente que la nueva enfermedad, denominada COVID-19, cuya alta propagación se da a través de pequeñas gotas de saliva, presentaba síntomas desde una simple congestión nasal hasta complicaciones respiratorias severas, que podrían conducir a la muerte. Para entonces, nadie imaginaba las repercusiones globales que significaría el brote originado, probablemente, en un mercado de aquella populosa ciudad asiática.

Al comienzo del siguiente año, el virus ya había burlado las fronteras chinas: se confirmaba oficialmente su presencia en Tailandia. Después de estos primeros contagios, el 30 de enero de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS), pese a que el virus se seguía concentrando predominantemente en China, catalogó al brote como una situación de riesgo a nivel internacional. Los escenarios de emergencia que vaticinaba la OMS se hicieron realidad: a cinco meses de la declaración de riesgo mundial, el virus ya se encontraba en todos los continentes superando, a la mitad de julio, 13 millones de infectados, de los cuales murieron más de 570,000.

La pandemia provocada por el coronavirus trajo consigo cambios importantes en prácticamente todo el mundo: desde las restricciones en la convivencia, pasando por la disminución de la movilidad, hasta la desaceleración de las actividades económicas. Una de las medidas más utilizadas para tratar de detener el contagio ha sido el confinamiento en el hogar. De este modo, la actividad escolar presencial se detuvo: los planteles cerraron sus puertas ante el temor de ser lugares propicios para una propagación masiva. A mediados de marzo, la UNESCO calculó que alrededor de 1,500 millones de estudiantes de 190 países no estaban asistiendo a la escuela.

En México, el primer caso de COVID-19 se diagnosticó el 27 de febrero de 2020; en Colima, el 17 de marzo. En sintonía con la estrategia gubernamental denominada “Jornada Nacional de Sana Distancia”, cuyo propósito fue el establecimiento de medidas sanitarias para prevenir contagios, el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán, determinó un receso escolar extraordinario, del 20 de marzo al 20 de abril, aunque muchos gobiernos estatales, como el de Colima, decidieron adelantarse una semana. El aumento de casos de enfermos no hizo posible la reapertura de escuelas en la fecha esperada y, a partir de entonces, comenzó formalmente el programa Aprende en casa, que buscaba, por diferentes medios como el libro de texto, los programas televisivos o actividades diseñadas por los profesores, continuar con las tareas escolares desde el hogar de los estudiantes y maestros. Las escuelas no volvieron a abrirse durante el ciclo escolar 2019-2020.

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Otra mancha

No me sorprendió la declaración del secretario de Educación Pública en la entrevista con Adela Micha. Lo había anunciado en su conferencia vespertina. Junto a los maestros estará un conductor de televisión, aseguró, porque el lenguaje de la televisión es distinto, lo que sea que ello signifique.

No me sorprende ni me espanta. Jamás esperaría una declaración profunda de Esteban Moctezuma sobre temas educativos, porque no sabe, no es experto, ni le interesa.

La ignorancia en el país no es problema para ostentar cargos públicos; no lo fue antes, tampoco ahora.

¿Qué clase de concepto tienen el secretario de los maestros, de esos que pretende “revalorizar”?

¿Es que los conductores de la televisión sí conocen los códigos del discurso pedagógico? ¿Es que para ser maestro basta con manejar el lenguaje habitualmente pobre, corto, insulso y banal de la televisión mexicana de Televisa y TV Azteca? ¿Quiénes son los modelos de la televisión que vendrán a enseñarle a las maestras y maestros cómo comunicarse con los niños?

¿Así de barato? Eso decía un querido colega michoacano a su paisano, cuando quería cuestionar la solidez de sus argumentos, en los lejanos años de 1990, cuando estudiamos el posgrado en la UNAM.

¿Es que ese es el rasero para medir la calidad de los maestros y, repito, la “revalorización” del magisterio?

Que san Comenio o don Gregorio Torres Quintero nos cojan confesados.

El indescriptible sonido de las copas y la amistad

La pandemia nos robó muchas cosas: experiencias, sensaciones, emociones, momentos, personas, todas irrepetibles.

Hace tiempo extrañaba las conversaciones entrañables con don Pedro Vives, mi querido amigo argentino-mexicano. Hoy conversé con él por teléfono y los recuerdos se agudizaron. Él está en Guadalajara, resguardado, contento y aislado, protegido de las inclemencias del virus.

Hablamos largo y sincero. Le conté, me contó, rememoramos. Prometimos encontrarnos pronto, vernos a la cara y escuchar un tango, hasta que llegue el momento de decirnos salud y disfrutar bebida y comida frente a frente.

La conversación desgranó recuerdos que mezclaban pizzas increíbles, copas llenas, sonrisas, un cesto de pan caliente, huevos rellenos, música de fondo, jitomates, ensaladas, humo de cigarro, cariños, momentos, amores, sonrisas, días, noches, vida.

Mientras hablamos, me instalé en su vieja mesa, hoy mía, testigo de tantas y tantas y tantas noches, unas especiales, y así, entre copas imaginarias y sonrisas, pasamos una tarde grata, cercana a aquellas noches interminables que se volvieron inolvidables, pero que hoy, a la distancia, fueron bálsamo de emociones y promesas.

No es lo mismo, ni cerca, pero estar juntos me removió emociones y afectos. Me recordó que hay momentos fugaces que, sin embargo, duran toda la vida.