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Noche negra

La larga noche culminó como había arrancado el proceso de elección del Consejo Técnico y la Junta Directiva del organismo que sustituirá al INEE: improvisada, apresurada, opaca; para usar adjetivos suaves. Mi expectativa era cautelosa, más tirando al pesimismo. La reposición del proceso luego de los serios cuestionamientos por las irregularidades expuestas no despejó dudas ni limpió la basura.

Para la segunda ronda, el trabajo desde la Comisión de Educación del Senado generó nuevas interrogantes en la conformación de las listas de aspirantes. La cosa se tornó oscura.

La mayoría en el Senado quiso imponer una votación en paquete (cédula, le llaman), cuando los opositores solicitaban votación individual. La deliberación concluyó con la aprobación de las listas palomeadas. Tan montada estaba la trama, que en la madrugada los 12 nuevos miembros de ambas instancias rindieron protesta.

Cerró así el proceso, justo como empezó. El horizonte no parece promisorio para la educación. Espero, fervientemente, estar equivocado.

Fin de cursos y cansancio docente

La docencia es una profesión desgastante. Podrían decir algunos colegas de otras, de todos los oficios: ¿cuál no? Y es verdad. Pero mi ámbito es educativo, y me referiré al maestro, a la educadora, porque son los territorios familiares.Educar implica un desgaste emocional y físico. Estar parado en un salón de clase durante cinco, seis, ocho o más horas diario no es un homenaje a la pereza. Hacerlo con extrema atención, cuidando todos los ángulos del aula, dirigiendo las actividades, explicando, orientando, respondiendo preguntas, implica una descarga considerable de energía. Las emociones no cesan tampoco. Repetirlo el lunes, martes… viernes, durante 18 semanas o 200 días al año, con niños de 4 años o adolescentes de 20, es tarea de extraordinaria complejidad.

No conozco estadísticas en México, pero Francesco Tonucci, excelso educador italiano, afirma en sus conferencias que las enfermedades producidas por la docencia colocan a los maestros entre los grupos más poblados en hospitales psiquiátricos.

La docencia produce dos tipos de cansancio, leí hace muchos años. Uno es el cansancio mortífero, que aniquila energías, que produce sensación de desesperanza e irrelevancia.

Es el cansancio estéril, de quienes lamentan la llegada del domingo, y esperan felices al viernes, para despojarse de la mochila y olvidarse de tareas y estudiantes. El otro es el cansancio de las reuniones fructíferas, de las complicidades productivas, de los acuerdos cumplidos, de los objetivos que desafían al profesional y a la persona, el cansancio que naturalmente desgasta, pero no aniquila, que desafía y revitaliza.

Los maestros nos vamos a cansar siempre, es una conclusión casi unánime. Digo casi, porque tal vez haya quienes afirmen lo contrario. Entonces, podemos elegir: ¿qué tipo de cansancio nos hará volver a casa cada mañana o tarde? El que nos obliga a renegar de cada paso, de las preguntas de los estudiantes y las reuniones del director, o el de quienes, sin olvidar las adversidades del oficio, entienden que la docencia es una profesión de enorme responsabilidad social y que entraña, sobre todo, pasión.

Entender la docencia de esa segunda manera implica asumirla como actitud vital. La lección es vieja: los pesimistas, dijo Fernando Savater, puede ser buenos domadores, pero nunca buenos educadores.

La docencia, no dudo, es una responsabilidad social, una actitud vital y un privilegio, aunque nos cansemos en cada jornada. Quien lo dude, busque otra forma de vida. Los alumnos lo agradecerán.

Fin de cursos 2

Ayer fue la última clase de Juan Carlos. Terminó su ciclo escolar. Para Mariana Belén el final había sido anterior, al principio de la semana. Con él, más abierto, o todavía con ánimo de conversar con el padre, hablamos una noche y a la mañana siguiente sobre la escuela. Fue gratificante, como siempre. Me ilusiona que respondan lo insospechado; me gusta ser incapaz de advertir sus contestaciones; me desafían, ciertamente, pero aprecio sus respuestas y puntadas como expresiones de inteligencia y franqueza, con toques de rebeldía; todo eso me parece indispensable en la vida para no pasar de largo.

La charla con Juan Carlos fue especial, ya confesé. El miércoles me contó que extrañaría la escuela. Me sorprendió. Casi todo el año escolar, excepto los días de ajedrez, renegaba al despertar. Ahora, con la incipiente madurez, profundizó: es que la vida sin aprender algo no tiene mucho chiste, hay que darle sentido a lo que hacemos, no podemos pasarnos el tiempo solo jugando. Palabras más, palabras menos, eso expuso. No supe qué decirle. Repetí sus palabras: ¡así que vas a extrañar la escuela! Pero ya había dicho todo. No declaró nada, siguió luchando para colocarse los calcetines, levantó los ojos y volvió a su afán.

El fin de cursos tendrá ese sentido para muchos estudiantes y profesores. Desde el rol adulto, son a veces pesadas pero necesarias la adrenalina de lo incierto, la emoción del encuentro, el temor por la ignorancia, la complicidad con los chicos. Y para los alumnos, después de todo, imagino que habrá momentos como el de Juan Carlitos.

Llegamos al fin de cursos, repito, y estoy contento. Salí indemne; las ilusiones persisten. Por ahora descansaré de los jóvenes para dedicarme a otros proyectos: terminar un libro, avanzar en la investigación, y un montón de lecturas pendientes.

La docencia siempre es un ejercicio desgastante, pero hay dos tipos de cansancio. El mío es el segundo, el que inyecta vitalidad, impone retos y enciende las ganas de volver al aula el semestre próximo.

Niños no jueguen en la calle

Esta mañana, camino a la Universidad, me sorprendió un mensaje en la cajuela del taxi que iba delante de mí. Decía, con mayúsculas todas: Niños no jueguen en la calle. Instintivamente quise tomarle una foto, pero mi habilidad no alcanza para conducir el auto y manipular la cámara desde el teléfono. La frase se me quedó dando vueltas en la cabeza. Nunca la había leído, y soy asiduo lector de los mensajes que pintan el trasero de los taxis.

El mensaje de ese taxista que me rebasó por la mañana es la constatación de una verdad casi universal por sus efectos prácticos: las calles son para los autos, por eso, cada vez las hacen más amplias, más lisas, mejor pintadas, para que los automotores circulen más rápido, más fácil y más cómodo. Las calles, las grandes avenidas, las ciudades todas, están hechas cada vez más para los autos, no para las personas.

Las calles son propiedad de los autos, como atestigua el mensaje del taxista. Ni los niños, ni los adultos, menos los ancianos, tienen derecho a andar en ellas, porque entorpecen el paso veloz de los vehículos, especialmente de la plaga amarilla que pulula por la ciudad.

Por esa visión, que privilegia autos, motores, máquinas, cada día se vuelve más escaso el respeto a las personas, a todas, pero especialmente a los niños, a los que, en otra época, hicimos de la calle la segunda casa y ahí crecimos, pintando porterías en los portones, colocando piedras y tirando a la pelota hasta que venían los gritos de las madres. ¡Qué viejos nos hemos vuelto! ¡Qué miseria de calles las que caminamos!

 

 

De paso en Ciudad de México

Estoy de paso en Ciudad de México. Apenas 26 horas respiraré los aires ahora frescos y menos contaminados de la capital. Contra los pronósticos, no había lluvia al tocar tierra; el clima es benigno para el visitante tropical.

El traslado del aeropuerto al hotel fue paseo. Cansado de las horas de espera y de estar sentado en un espacio diseñado para personas de unos 130 centímetros de altura, aproveché el final de la tarde y salí a caminar por Insurgentes hacia el sur, en territorios conocidos y algunos entrañables.

Frente a los restaurantes Saks saqué el teléfono del pantalón, sin precaución, y quise tomar una foto al camellón de tonos verdes, para recoger el contraste con las luces amarillas que comenzaban a iluminar el pavimento negro mojado.

Unas llamadas me distrajeron poco antes de la foto. Un chico joven, vestido de negro y chamarra para tiempos más fríos, me estiraba la mano con un billete. Se le cayó, me dijo. Sorprendido, apenas agradecí cuando él ya enfilaba a su kiosco en la diagonal.

He vivido y caminado muchas veces estas calles. Jamás vi o viví algo semejante. En mi anterior parada en el mismo hotel, a 350 metros en sentido contrario, presencié un asalto de tres tipos en moto a un par de ancianos esperando el semáforo en verde, a centímetros de la avenida que atraviesa la ciudad. Así nomás, mientras todos mirábamos y los barbajanes con sus pistolas forcejeaban con el anciano que salía tras ellos desesperado y tratando de pedir auxilio.

Pues ahí mismo me sucedió este milagro de la honestidad, que me hace creer que por cada uno de aquellos tres sátrapas existen muchas buenas personas, que, por ejemplo, te devuelven un billete y de paso una sonrisa. ¡Más nos vale que así sea!