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El mejor momento en la Universidad

Alguna vez le preguntaron al doctor Carlos Salazar Silva cuál era el mejor momento en su trabajo como rector de la Universidad de Colima. No lo dudó. Cuando firmo títulos, respondió. Sabía que los títulos son, para miles de jóvenes egresados de las aulas universitarias, el primero en sus familias, y que a partir de ellos, pueden transformar historia y autoestima.

Yo no estaba en la entrevista; lo esperábamos para subir a la camioneta y parado, distraído, escuché la respuesta y la guardé. Me pareció inteligente y sensible. El propio rector no tuvo un acceso cómodo a su título como médico.

En la semana recordé aquel episodio porque participé en dos exámenes de titulación en la Facultad de Pedagogía. Sendos trabajos obtuvieron mención honorífica luego de las deliberaciones del jurado. Los hicimos a través de la pantalla y las sensaciones no dejan de desconcertar, porque momentos así son ideales de cara a cara, de preferencia, con las familias de los estudiantes como testigos de honor, orgullosos de ese acto que habrán soñado durante años.

Por varios motivos los exámenes de titulación fueron especiales. Los temas abordados (educación indígena y escuelas multigrado) no son comunes en la facultad; emprender investigaciones a nivel licenciatura sobre ellos implica una conciencia social, el propósito de convertir a los segmentos más descuidados del sistema educativo en objeto de atención define el talante de los estudiantes. Visibilizarlos es una exigencia política y pedagógica.

Además, dichos proyectos nacieron durante la permanencia del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación en Colima. Allí se nutrieron y desde ahí los asesoramos. Son productos que, muerto el Instituto, testimonian un poco de la pertinencia que tuvo para abrir ventanas insospechadas. Personalmente es una razón sentimental y racional que me alegra por partida doble.

Para mí, como para el doctor Salazar, las titulaciones de estudiantes son uno de esos momentos alegres en la vida universitaria que compensan, con creces, los amargos o insípidos que a veces se nos cuelan en la cotidianidad.

Un país de fábula

Este país era un chiste en muchos aspectos. Y sigue. Nuestro gobierno sigue preocupado por exigir disculpas cinco siglos después de lo ocurrido. La memoria es importante, por supuesto, a condición de que no se convierta en un dulce para idiotizar. Las encuestas donde uno gana por medio punto se declaran en empate técnico. La aplicación de la justicia se supedita al clamor popular, aunque eso cueste millones y millones en tiempos oficialmente declarados de austeridad.

Hay más hechos del estilo, pero son suficientes para confesar perplejidad y pesimismo.

¿Alguna vez tuvimos la brújula ajustada?

La educación también es buena noticia

La publicación de un libro es, casi siempre, una buena noticia. Un texto sobre educación es una muy buena noticia, pero cuando ese libro sobre temas pedagógicos está escrito por profesores que viven del oficio docente, entre alumnos, escuelas y aulas, la noticia es excelente.

Esta semana presentamos un libro así. Se llama Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima, editado por Fundación Cultural y Editorial Puertabierta, con el Gobierno estatal.

La obra es testimonial, con registros personales y ensayos académicos.

Cada uno de los 17 autores de capítulo eligió estilo y enfoque. Se trata de un ejercicio colectivo desde la memoria y para la memoria, que nos permite re-conocer, en el sentido de identificar a otros colegas haciendo lo mismo, y de reconocer, como admiración por la forma en que se ejerce un oficio tan desafiante en tiempos pandémicos.

Son 17 capítulos breves, escritos por profesores, directores y supervisores de distintos niveles educativos, de varios municipios de Colima. Publicado en un tiempo muy corto que ya se puede descargar de manera libre.

La obra invita a la reflexión sobre los desafíos de la escuela en estas circunstancias y el porvenir.

Tengo dos ideas para comentar. Una, es que las crisis son oportunidades. Oportunidades para reinventarse y encontrar soluciones distintas que mejoren los sistemas o las instituciones; o bien, oportunidades para repetir fórmulas, simular o desdeñar las complicaciones.

Entre una y otra, no hay opción. Debemos elegir la reinvención del sistema educativo. El peor resultado de esta pandemia es fingir que todo está bien y lo vivido pasará pronto y volveremos a la escuela de nuevo, como en la tierra de los ositos cariñositos.

La segunda idea es que estas circunstancias nos imponen desafíos intelectuales también, no sólo prácticos, y que entonces, debemos preguntarnos, más que nunca: ¿qué escuela tenemos y a qué escuela queremos volver? ¿Qué sistema educativo requerimos para estar a la altura del desarrollo económico, democrático y cultural que nos permita dejar de ser la eterna e incumplida promesa de bonanza y equidad para todos?

Me preocupa, lo digo sin cortapisas, que repitamos trágicamente la cruel y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, es decir, que vivamos condenados a la mediocridad y la esclavitud moral por los siglos de los siglos.

Jueves con olor a tristeza

Mientras avanzo en las actividades del día y preparo las de mañana, los recuerdos se convierten en un huracán de categoría indefinible en mi escala de emociones. Mañana se cumplen años del fallecimiento de mamá. Será un día complicado, como para estar encerrado entre cuatro paredes y olvidarse del mundo y las historias que me pueblan. No podré. A las 10 h. tengo que participar en el examen de titulación de dos chicos que me buscaron cuando estaba en el INEE para asesorar una tesis inédita en Colima, hasta donde conozco: la educación indígena en algunos estados del país. Después de acompañar a Diana y Carlos como asesor, no quiero faltar. Por la tarde tengo mi curso en Pedagogía con la sesión en línea y, pegadito, la presentación del nuevo libro en la Universidad Multitécnica Profesional.

No será el día más feliz y quizá me atormenten los recuerdos infaustos, pero pensaré que por la noche, cuando cierre la jornada, llegaré a su casa y con su cara cansada, me recibirá feliz y orgullosa, o me escuchará silenciosa y apacible al otro lado del teléfono.

Las nuevas noticias del viejo mundo

El fin de semana confirmó la mala noticia de que Europa está sufriendo una ola de contagios más brutal que en la primavera. Nosotros, lejos del final del túnel, con más de 80 mil muertos y rebasado el escenario catastrófico que vaticinaba el doctor López-Gatell, tendríamos que estar tomando precauciones extremas y decisiones de política pública que recojan experiencias.

Digo tendríamos, para incluirnos a todos, a ellos que gobiernan y tienen obligaciones claras, y a nosotros, gobernados y a veces usados como títeres, que hemos sido con frecuencia insolidarios e irresponsables.

Entre nosotros, dicen algunas voces, no habrá segunda ola de contagios, ni rebrotes, sino una larguísima pandemia. Aunque el presidente hace rato que declaró domada la pandemia, no hemos pasado lo peor.