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El nuevo semestre escolar

En una semana comenzamos las clases en la Universidad de Colima. Cada inicio es una oportunidad, un buen pretexto o la obligación de actuar mejor, para las instituciones y las personas, que en estricto sentido son lo mismo, porque las personas son las instituciones, las hacen de una u otra forma.

Este semestre escolar será para la Facultad de Pedagogía, mi espacio laboral, ocasión para la fiesta conmemorativa de sus 35 años de fundación. Ojalá no sea un ciclo más; eso dependerá de nosotros, de quienes ahí trabajamos, enseñamos y de quienes estudian en sus aulas y aprenden con nosotros. En el año donde se cumplen 80 de la Universidad y las tres décadas y media de Pedagogía, se imponen también los deberes de revisar la memoria o actualizarla, así como de preguntarnos cuánto avanzamos y cuál es el camino que debemos recorrer en la dirección deseable.

Es una perogrullada: la Universidad de hace 80 años, como aquella sociedad, ya solo existe en los libros de historia, en los testimonios de distintos tipos; pero la sociedad cambió, evolucionó, avanzó, y las instituciones educativas tienen la exigencia de transformarse en paralelo, o mucho más. La Universidad de hace 35 años es distinta en muchos aspectos a la que hoy tenemos; quienes se fueron de ella hace tres décadas hoy podrían reconocerla en muchos aspectos, pero muchos otros les serán diferentes e incluso ajenos; algunos les sorprenderán, otros les maravillarán.

Los aniversarios son materia obligatoria de festejos, pero también pueden ser optativas de reflexión, para colocar las nuevas coordenadas donde ubicarnos en el presente y hacia el futuro. La otra opción es enterrar la cabeza, enseñorearnos con la complacencia de aciertos y escondiendo errores.

Cada inicio de semestre escolar es una oportunidad para cambiar y cambiarnos en las prácticas. Es el espíritu, por lo menos, con el cual intento entrar al salón de clases cada seis meses, sobre todo ahora, en que tendré la suerte de estudiar con un nuevo grupo de estudiantes.

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Diario dominical

He dedicado algunas horas del fin de semana a la lectura y observación de videos sobre filosofía y ética, preparando materiales que usaré en las sesiones con profesores del CONALEP en el estado durante la siguiente semana.

La filosofía es una base fundamental para el ejercicio pedagógico, y al gusto incipiente en los años de la licenciatura sumé el entusiasmo de encontrarme con extraordinarios practicantes de ese oficio cuando cursé el posgrado en la UNAM. Son inolvidables las clases con Juan Carlos Geneyro, profesor argentino con quien luego trabé una amistad especial. La última vez que nos encontramos, hace seis años, tomamos café en la espectacular librería de El Ateneo Grand Splendid en Buenos Aires.

Desde entonces pienso que la filosofía, además de su importancia intrínseca para sustentar las teorías pedagógicas, es una de la más deliciosas formas del conocimiento humano, cuando es enseñada por personas que se dedican a ella no para regodearse en la sabiduría, sino para compartirla generosamente. Eso ratifico ahora que he leído y escuchado a Adela Cortina o Fernando Savater, pensadores lúcidos y comunicadores excepcionales, que llevan a límites sublimes cuando lo aderezan con humor fino.

Esta mañana me he preguntado por qué no dedico un poco más de mis tiempos de estudio a internarme por estos territorios. Espero hacerlo sin tantas intermitencias. Además de aprendizajes, viviré momentos placenteros.

Viernes gris

He pasado los últimos días trabajando en el capítulo que escribo con un colega de la Universidad. Su destino es un texto conmemorativo por los 35 años de fundación de la Facultad de Pedagogía. Hoy terminé la primera versión, sobre el avance que recibí; sigue reposarla un par de días para retomarla, corregir, profundizar, eliminar. La entregaremos a tiempo y habremos cumplido un compromiso más, por ahora. Luego vendrán otras revisiones en las pruebas.

La siguiente semana me esperan dos compromisos con profesores del CONALEP, primero en el Archivo Histórico de la Universidad, con los cuerpos docentes de Colima y Tecomán, y luego en Manzanillo. El tema es relevante y, por los sucesos del Colegio Cervantes en Coahuila, muy pertinente: la ética en los espacios educativos. Lo propuso el director y me parece un acierto el propio título. Hablar de espacios educativos amplía la mirada, porque no se trata solamente del salón de clases. Lo más importante, sin embargo, no son los espacios sino quienes los habitamos, estudiantes y profesores, lo que hacemos en ellos y las razones que nos mueven.

Será un ejercicio muy interesante, espero. En la planeación manejo distintas posibilidades metodológicas para que sea, en efecto, un taller, es decir, una forma de organización que produzca resultados.

Con tal tarea, el fin de semana no será descansado o relajado.  No solo porque hay que prepararse sino, especialmente, porque el tema es una interpelación personal, que me toca como docente y padre de familia.

La universidad es un derecho

En la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, en 2013, conocí a Eduardo Rinesi, entonces rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Participó en una mesa de discusión con otros académicos y rectores en un congreso sobre los rumbos de la educación superior en los países del Mercosur. La convocatoria fue espléndida, por el cartel de los ponentes y los niveles de análisis en esas jornadas llenas de aprendizajes.

Al personaje, como a otros intelectuales en funciones de rectores o académicos de Argentina y otros países, no lo conocía. A algunos de ellos seguí en su obra, leyéndoles y refrescándome con posiciones distintas.

En la preparación de un capítulo sobre la universidad, esta tarde me encontré de nuevo a Eduardo Rinesi en una entrevista para la televisión de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, de la provincia de Chubut, con asiento en Comodoro Rivadavia.

La entrevista, muy cortita, tiene por título: La universidad como derecho. Esencialmente lo que propone se expresa simple, pero es complejo de alcanzar: la universidad es un derecho, y si es un derecho quiere decir que es para todos; si es un derecho, no puede ser solo para algunos; si es para algunos, es un privilegio.

Me pregunté entonces, siguiendo el hilo de su reflexión: ¿en México, para quién es la universidad pública? ¿Quiénes tenemos el derecho, la suerte, la fortuna, el privilegio de asistir a las universidades? ¿Qué porcentaje de los pobres puede llegar a la universidad, y si llega, cuáles son sus resultados? Hoy no tengo respuestas.

Una educación

El fin de semana, volando de Monterrey a Ciudad de México, leí las páginas finales de Una educación, la autobiografía de Tara Westover. Aunque han pasado 48 horas desde entonces, me persigue la historia de la hija de una familia de mormones fundamentalistas en Idaho.

Es una historia real, literaria y pedagógica, que relata las vicisitudes de la autora desde la infancia hasta la obtención su doctorado en Cambridge; el adoctrinamiento que recibió de sus padres, como sus hermanos, encerrados en las montañas y tratando de sobrevivir al delirante ataque gubernamental inventado por el padre, e intentando no ser contaminados por las tentaciones demoniacas de escuelas, maestros, hospitales y medicinas.

Fue la voluntad y un puñado de personas providenciales, primero su hermano, y luego dos maestros, quienes llevaron a Tara a graduarse en dos de las mejores universidades del mundo, y a publicar una novela que ya es un éxito mundial.

Puede interpretarse de distintas maneras, afirma Tara, pero lo llama “una educación”. La constatación de que es posible lo que parece un milagro en circunstancias difíciles: la educación.