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Bendito insomnio

A la 1:26 abrí los ojos y supe que el sueño había escapado por la ventana hacia la calle. El viernes me dormí temprano y y tal vez por eso el cuerpo, habituado a pocas horas de sueño con la madrugada para el colegio de los niños, jugó la broma. Me levanté resignado. Decidí no prepararme un café, solo agua tibia, para volver a la cama dos horas más tarde. Repasé las tareas del fin de semana y regresé al capítulo ajeno que corrijo para un libro en proceso. Me ilusiona la idea de terminar ese proyecto y ofrecer al mundo educativo colimense un libro que hoy no existe, uno que muestre la situación del sistema escolar estatal. No de todos los aspectos, por supuesto, no cabrían en un tomo, pero sí de algunos, agrupados en torno a dos ejes: el derecho y la calidad de la educación, que en realidad son uno, pues no se concreta el derecho si no es de calidad. Terminé pronto de corregir aquel capítulo. El sueño seguía de fiesta en la noche silenciosa y fresca desde mi balcón. La vigilia continuó.

Elegí comenzar la lectura de un libro: Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury. Me sorprendió gratamente su carácter íntimo. Avancé veloz sobre las primeras 25 páginas y solo me detuve para escribir estas líneas a las 3:09. No sé si dormiré de nuevo, en todo caso, probablemente hoy bendiga la casi siempre odiosa compañía del insomnio. En mi cabeza dan vuelta algunas de las ideas leídas: escribiendo uno recuerda que está vivo, y eso es un privilegio, no un derecho / escribir es una forma de supervivencia / uno tiene que mantenerse borracho de escritura, para que la realidad no nos destruya.

La universidad en casa

Durante el curso que imparto en la Facultad de Pedagogía, Universidad de Colima, ensayo una propuesta que rebasa a la materia y desborda las actividades que habitualmente sostenemos maestros y alumnos en los espacios escolares. La llamé “La universidad en casa”. La idea es sencilla: al principio del semestre invité a las estudiantes [son mayoritariamente mujeres], a buscar un momento con su familia para analizar una noticia, observar un video, realizar una lectura, comentar un suceso o tema, al estilo de lo que solemos hacer en la universidad. Concluida la actividad, deben relatar lo sucedido y leerla en clase, frente al grupo. Luego, quienes escuchamos, comentamos.

La invitación fue acogida, en general, con agrado, si mis sentidos pedagógicos no me engañan. Nunca lo habían hecho antes, y si alguno sintió temor, prefiero pensar que vencerá el desafío de realizar algo distinto en casa, convertida por unos minutos en extensión de su facultad.

Después de algunas semanas empezamos a conocer los resultados. La experiencia, hasta donde vamos, es emocionante. La timidez de las estudiantes cuando se paran frente a sus compañeros y leen, nerviosos, ya es significativa para el profesor. ¿Cuántas actividades que hacemos en los salones de clase despiertan emociones de ese tipo? ¿Cuántas de nuestras planeaciones procuran desafíos personales? ¿Cuántas de nuestras actividades implican el entorno de los estudiantes? ¿Cuántas despiertan el nervio de las actividades más esencialmente humanas?

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¿Toda vida pasada fue mejor?

A veces me pica la tentación de pensar que la vida infantil era mejor cuando fui niño. Luego pondero. Pongo en balance las buenas de mis años tiernos en un pueblo, con las buenas y malas de mis hijos citadinos. La comparación es insostenible e insensata. Salgo por la puerta trasera. Me parece ociosa la valoración, peor aún, los juicios sumarios.

Solo tengo una buena y otra mala. Explico breve. Mis hijos tienen hoy más acceso a la lectura que yo a sus años, y han leído por gusto mucho más. Saben mucho más que yo. Ese es un signo del progreso civilizatorio. La mala que advierto es terrible: los niños hoy tienen menos hermanos, sobre todo, menos amigos cerca, menos espacios para socializar, menos metros para correr, menos escondrijos para jugar, para arrastrarse en las calles, para sonreír de frente al sol con la cara al viento. Entre una y otra no hay forma de optar. Son realidades inevitables.

Lo que me pesa ahora es ver la forma cómo mi hijo tiene que esperar y esperar a encontrarse con un amiguito, visitarlo en su casa o ser visitado. Nosotros, en cambio, solo teníamos que pararnos en la puerta, con la calle abierta y el pueblo entero a la disposición, entonces venía el grito amistoso, la invitación de Pancho, Alejandro o Martín, para dispararse como flecha y disfrutar la niñez plena por unas horas, hasta que llegara la hora de la cena o el olor de la comida.

México: en blanco o negro

En el libro sobre Joaquín Sabina titulado Sabina. Sol y sombra, de Julio Valdeón, el autor recoge las palabras de una conversación del cantante y poeta con Javier Menéndez Flores para otro libro [Sabina en carne viva]: “La cosa que más me molesta de la Cuba de Fidel es que allí los matices no existen… Es decir, allí o eres castrista o eres un agente de la CIA. Y yo me niego a ser ninguna de las dos cosas”. Entre paréntesis, también confiesa su amor: “pero la amo mucho y vivo todas las contradicciones que vive esa isla”.

Cuba no es el motivo de mi reflexión. Es un pretexto para detenerme en la situación que atraviesa nuestro país, caliente por sus propias fracturas, agrietado políticamente, con alta tensión entre los seguidores y defensores del presidente y sus contrarios, a quienes se coloca a todos en un mismo saco. Yo, como Sabina, me niego a ser ninguna de las cosas.

 

 

Historias paralelas: la reforma de la reforma

Cenaba con un grupo de queridos amigos, excolaboradores en el Instituto, cuando me distraje en Whatsapp, y luego Twitter me reconfirmó: la discusión de la reforma a los artículos 3º, 31 y 73 no fue aprobada en los detalles, por la ausencia de tres senadores de Morena y afines. La nueva reforma educativa se quedó a un solo voto y debe regresarse a Cámara de Diputados.

Para un lector la cosa podría ser anécdota curiosa, o poco menos, pero para el partido gobernante un duro revés, que les consumirá más tiempo y negociaciones para aprobarlo y anunciarlo en la fecha del día del maestro. Los tres senadores, exhibidos de forma inmisericorde por ellos mismos, pasarán una noche negra, supongo, pero es irrelevante.

Lo sucedido me llevó en extraña asociación a Historia del cerco de Lisboa, la novela de José Saramago que cuenta la jugada traviesa de Raimundo Silva, revisor de pruebas editoriales, quien introduce un “no” en libro de título homónimo, y con esas dos letras cambia la versión contada de la historia portuguesa, asentando que los Cruzados no ayudaron al rey portugués en el sitio de Lisboa. El hecho de R Silva, detectado por los directores merece una reprimenda primero, luego, una incitación a escribir otra historia del sitio de Lisboa.

Mientras volvía a casa, en el auto, pensé que estos accidentes de la condición humana, como el hambre feroz o un estómago descontrolado, podrían cambiar, así nomás, la historia de una ley, una reforma, un país. Y mientras las grandes páginas podrían escribirse con debates legislativos intensos, la realidad podría haberse resuelto en una taquería o en la taza de un baño en penumbras.