Novedades

Candidatos presidenciales en las universidades

En días recientes hemos leído, visto o escuchado que los candidatos presidenciales tienen encuentros con estudiantes de universidades privadas. Ahora toca el turno al Tec de Monterrey en la ciudad norteña. Por allá desfilaron varios candidatos. Me abstengo de nombrarlos; a juzgar por las notas periodísticas, unos con más fortuna que otros.

Que los candidatos desfilen por las universidades privada es una práctica sana, necesaria de cara a la juventud, tan golpeada en los años recientes por desapariciones como las de Ayotzinapa o Tonalá, por la precariedad laboral o los oscuros horizontes laborales que les acechan, en México y otros países.

Nadie puede estar en contra de que las juventudes habitualmente privilegiadas que asisten a las instituciones educativas más elitistas, como el Tec o el ITAM, tengan diálogos con las prominentes figuras de la política en momentos coyunturales. Lo que extraño es que los candidatos rehúyan, no sean invitados o no acepten acudir a las universidades públicas. Ignoro las razones, y tal vez peco de ingenuo, pero sigo sosteniendo que las universidades públicas son los espacios naturales para el ejercicio del pensamiento y la pluralidad, de las razones y las ilusiones, de las rebeldías y las voluntades inquebrantables que inciten a replantearse marcos instituidos. Es cierto, la experiencia o la realidad a veces contradicen mi optimismo.

Los candidatos no podrían estar en todas, pero me parecería un gesto de coherencia que pasaran por la UNAM, la Universidad de Guadalajara, la Autónoma de Nuevo León, de Yucatán o Colima. Que en las universidades públicas, sin boato, les recibieran los estudiantes y conversaran de frente sobre sus problemas, inquietudes y convicciones. O ante las comunidades de académicos, donde expusieran sus ideas educativas, sobre la ciencia y la cultura.

Los problemas nacionales no se resuelven en las universidades, pero es de allí, de sus egresados, estudiantes y profesores, de donde dimana una de las más poderosos fuerzas transformadoras de la sociedad.

Ojalá el lunes, el martes o cualquier día de las próximas semanas me despierte con las noticias escuchando que el candidato tal o cual conversó o discutió con los estudiantes de cualquier universidad pública del país. Ojalá.

Buenos y malos tiempos

No corren buenos tiempos para la política. Para la política decente, debo completar, parafraseando al colombiano Sergio Fajardo, candidato a la presidencia de su país.

¿Alguna vez fue distinto? Me resisto a bajar los brazos resignado. No corren buenos tiempos para el ciudadano responsable, comprometido con su condición, de tener derechos y asumir obligaciones, dispuesto a seguir siendo parte del colectivo, de la polis, a condición de encontrar niveles elementales de honorabilidad en el ejercicio político de sus representantes.

Corren buenos tiempos, también pienso, para hacer de la política un pretexto oportuno para el aprendizaje en la escuela, en especial, en las tareas relacionadas con la formación ciudadana, los valores democráticos de niños y adolescentes, en los universitarios, es decir, con el compromiso social de la escuela, sin el cual, ella no es.

El coctel que hoy abunda en la prensa escrita o digital, en televisión, redes sociales o radio, invitan a que la realidad se vuelva el tema de las clases, no un tema abstracto, un problema ficticio, intrascendente a ojos estudiantiles, sino un tema real, vivo, del que probablemente se hable o discuta en casa, en la cena o la comida; trozos de la realidad que debiera importar a todos, aunque sea un poco.

Por supuesto, el maestro debe observar todos los cuidados precisos, como estar informado por lo menos medianamente, no confundirse con el proselitismo partidario, ni pretender “dictar clases” de democracia, que no se enseña con lecciones magistrales sino con ejemplos concretos.

Es mal momento para la política, atiborrada de corrupción, impunidad, cinismo… pero buen momento para el aprendizaje, para darle vuelta a la historia de indiferencia y comprometerse con su tiempo y circunstancia.

La escuela es un proyecto ético y un espacio para la formación ciudadana. Los alumnos se van a educar siempre, estén o no en la escuela, nos recuerda Fernando Savater. La pregunta es acuciante: ¿quién los están educando, o quiénes los educarán?

 

Hallazgos maravillosos: siempre Galeano

Hace cinco años, en un viajecito a Uruguay, tomé el autobús para pasear unas horas en el paraíso de Punta del Este. Anduve de aquí para allá, pisando las arenas de la playa solitaria y apenas recorrida por otros transeúntes extraviados al mediodía; caminé las amplias avenidas y me detuve solo lo indispensable, guarecido del sol con un jipijapa ecuatoriano. Así llegué a la librería El virrey. Una tradición uruguaya que desconocía. Entré maravillado y casi deslumbrado con la cantidad impresionante de libros en el local pequeñito. Hurgué sin rumbo ni intención, esperando que algún libro me guiñara. Compré un texto de Walter Pernas sobre Pepe Mújica, la mejor biografía que he leído sobre el expresidente, y luego, como un rayo, recordé que había leído poco antes la noticia de un nuevo libro sobre los sueños de Helena Villagra, la mujer de Eduardo Galeano. No tenía muchos datos, así que interrumpí con respeto a la librera, ocupada en sus quehaceres, y le pregunté por aquella obra que tal vez habría leído en La Jornada o en Página 12.

-¿Nuevo libro de Eduardo? Respondió en tono interrogativo la señora.

-No, no lo conozco.

-Sí, sí, un libro nuevo, basado en su mujer, o un homenaje a su mujer; eso leí.

-Pues no, me replicó, no lo tengo, pero permítame hacer una llamada.

La hizo. Y la respuesta al otro lado de la línea fue descorazonadora.

-No, señor, no existe nuevo libro de Eduardo; lo tendríamos. Es amigo nuestro.

-Muchas gracias, dije. Pagué y salí con mi bolsa.

En el camino hacia la playa me atravesaron dudas. ¿Lo imaginé o lo leí? Giré el pensamiento y la mirada. El horizonte marino me secuestró. Detuve los pasos en el primer bar, pedí una copa de vino tinto y el menú. La historia se guardó en el baúl de la memoria dubitativa.

El domingo pasado mis hijos me pidieron salir a la plaza para brincar, ese extraño pasatiempo, ¡brincar!, por el que nadie en su sano juicio pagaría en mi pueblo hace 40 años. Obligado porque pasan vacaciones en casa, no pude negarme. Salí con la novela de turno y la mejor actitud posible. Ellos entraron al jumping y yo escapé del escándalo para buscar una banca cómoda donde leer. Recordé que allí muy cerca, a pocos pasos, había una librería que no me merece mucho respeto. Con tiempo suficiente para husmear fui nada más que a perder el tiempo. Como en Punta del Este, como es habitual, originalmente no buscaba nada, y a los pocos metros, un libro me lanzó mirada seductora. No pude evadirla: Los sueños de Helena. Eduardo Galeano. Ilustraciones: Isidro Ferrer. Recordé aquella pequeña historia olvidada, lo tomé en las manos y, pese al precio elevadísimo, solo lo dejé en la mesa para pagar. Con ese, encontré otros apreciadísimos. La librería se ganó un respeto que no le tenía, y yo confirmé que aquel libro no era un sueño, que la vieja librera uruguaya no lo conocía porque no estaba aún en su país, pues la edición latinoamericana era más o menos reciente.

El libro sobre Helena y sus sueños todavía no lo leo. Esperaba un momento propicio, una noche como está, fresca, tranquila, cargada de felices sensaciones. Hoy lo leeré, pero antes, quise pasar por mi Cuaderno para contarlo y revivir lindos recuerdos.

 

Las vacaciones y yo

Las vacaciones van mudando con nosotros. Por lo menos es mi caso. En los años que abandonaba la infancia, en el pueblo, lejos de la playa y de la posibilidad de tomar un avión o un autobús, eran momento para conseguirse un trabajito en el campo y ganarse unos pesos. Abonar la milpa o la caña (tarea más pesada y dolorosa) eran las más comunes; sembrar maíz era frecuente, pero menos. Para las ventas no tuve gracia, ni me simpatizaba.

Cuando recuerdo aquellos veranos, o vacaciones cortas, nunca tengo sentimientos de pesar o frustración. Eran buenos tiempos. Y una experiencia formativa indudable. Para tener cien pesos o veinte, había que pasar varias horas caminando y sufriendo el sol a pleno, conversando con los colegas de al lado; ganándoselos con el sudor de la frente, la espalda y todo lo sudable. Esa sensación modera pedir dinero a los padres, y resulta un hábito perenne. Trabajar así era divertido, por la convivencia en el traslado, la hora de la comida o el regreso festivo para pasar el resto del día sin nada más que hacer y la sensación de no tener más urgencia que comer cuando apretara la hora o la madre ordenara.

Luego vinieron las obligaciones. Casi dos años en Ciudad de México le dieron un sabor distinto a volver a casa, aunque ese parteaguas me alejó para siempre. Entonces volvía feliz después de viajar la noche entera. Tampoco había más afán que pasarlo bien.

Durante muchos años las vacaciones eran el momento de leer y leer solo lo que tuviera ganas. Antes que planear a dónde, ordenaba los libros que me proponía asaltar en las dos o tres semanas por delante. No sé si me divertí mucho, pero nunca me aburrí.

Con los hijos la realidad gira radicalmente. Ya no se puede pensar solo en los libros y lo que cada uno quiere para divertirse sin demasiado bullicio ni movimiento. Hay que abrirle hueco a las risas infantiles, a jornadas más largas que la laboral. Y disfrutar todo lo posible la diversión ajena.

Cuando casi todos tienen vacaciones, menos uno, y sí mucho trabajo, la cosa también cambia. Y hay que aprender a manejarlas. En esa materia estoy preparando examen. Ya les contaré cómo resulta.

¿Nos podemos tomar una foto?

Un poco cohibido, otro poco envanecido, me pregunto: por qué al final de una conferencia viene un grupo de personas y piden tomarse una foto; ¿qué las motiva? Después de plantearme la pregunta, digo: ¿por qué no lo preguntaste?, ¿una foto, para qué? El riesgo es evidente: cierto estupor y tal vez arrepentimiento en los interlocutores. ¿Para qué vinimos? Otra diría, o pensaría: les dije que no, que no valía la pena.

No intento más respuestas especulativas, aunque quiero pensar que es un gesto de gratitud, de fugaz afecto, de complicidad con las ideas, de simpatía. Así quiero interpretarlo esta noche, antes de cerrar el capítulo y volver la vista al camino que aguarda, a los proyectos en curso, a los compromisos inapelables, a nuevas tareas incesantes.

El hoy es pasado apenas lo escribo; el mañana espera y quiero alcanzarlo con actitud apropiada.

Página 7 de 189« Primera...56789...203040...Última »