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La universidad que soñamos 2

Una clase libre se convirtió en una de las influencias más sutiles pero relevantes en la formación y emprendimientos de Steve Jobs. Así lo reveló la historia.

Cuando deambulaba por los pasillos universitarios, convencido de abandonar su carrera, ingresó a una clase de diseño. El suceso resultó extraordinario, como relata la biografía de Walter Isaacson.

En aquella clase, de una carrera que no estudiaba, en un curso que no había elegido, al que solo entró por curiosidad o para matar el tiempo, comprendió que la experiencia para el comprador debe ser única, desde la vista y el tacto, al abrir la caja y descubrir el contenido. Eso ofrece Apple.

Una clase así, incidental, fue marca definitiva. Por eso creo que en las universidades tendrían que promoverse espacios de libertad (no solo curriculares) de los que nazcan vocaciones inesperadas o emerjan ideas y proyectos impensados.

La universidad que soñamos

El 13 de noviembre de 2018 la Universidad Autónoma de Coahuila celebró su Encuentro Institucional “La universidad que deseamos”, en torno a la docencia y la tutoría. Tuve el privilegio de ser invitado para una conferencia y un taller a profesores; la secuela persiste.

La conferencia que preparé se llamó: “La universidad que soñamos”, conjuntando el título del encuentro y mi libro La escuela que soñamos. La experiencia fue muy grata; la acogida a mis reflexiones, estimulante, y seguí trabajando para incorporar aquellas ideas a un libro en proceso. Y sigo.

Como antes conté aquí, la semana pasada estuve en una clase abierta con mi hijo en su escuela. Y mientras desarrollaba mi curso por la tarde, imaginaba clases abiertas para los papás y mamás de los alumnos universitarios de pedagogía. Podría parecer descabellado; no lo sé.

En la idea semejante de una clase abierta, o mejor, cursos abiertos, pensé que esa universidad que sueño está abierta permanentemente, que nuestros cursos pueden ser tomados por otras personas interesadas, en una clase o varias, o en todo el curso, con la única limitación de los espacios y el respeto a la actividad académico.

Me parece perfectamente factible. La universidad, o cada facultad, publica en su sitio los horarios, cursos y temas, abre las puertas. Así fue como tomé dos cursos de posgrado en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, sin estar inscrito en un programa y sin limitaciones, igual que otras personas.

Aceptaría, encantado, estudiantes que ya pasaron por la carrera, que ejercen de maestros o simplemente quieren aprender de lo que se les ofrece. Eso sí que sería una escuela genuinamente abierta.

Educación indígena: mirada desde Colima

Desde el viernes he dedicado algunas horas del fin de semana a la tesis elaborada por Diana León y Carlos Miramontes, jóvenes recién egresados de la licenciatura en pedagogía en la Universidad de Colima. Tengo presente el momento en que nació en su cabeza la idea de emprenderla en un tema inédito entre los proyectos de los pedagogos colimenses. Fue hace dos años, al terminar una conferencia que impartí en nuestra Facultad, durante la cual dediqué unos minutos a comentar el informe entonces muy reciente del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) sobre la educación indígena.

Las cifras que expuso aquel reporte documentaban lo que ya podía suponerse, se sabía de manera aislada o se ignoraba de esa descuidada parcela del sistema educativa nacional. Los datos contundentes revelaban la magnitud del muro que el país había levantado para aislar a la considerable población indígena.

Conmovidos probablemente por aquella información, Diana y Carlos me esperaron y en el camino a la salida me preguntaron si podríamos trabajar en ese tema, para su proyecto del seminario de investigación. Acepté sorprendido por su interés. La experiencia fue positiva: ambos fueron estupendos estudiantes y muy responsables en su tarea investigativa.

La tesis tiene como título “Análisis de políticas educativas indígenas”, y analiza la respuesta que cuatro estados del país, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y Yucatán dieron a las directrices o recomendaciones de política educativa emitidas por el INEE, especialmente a la quinta de seis, a saber: Garantizar centros escolares con infraestructura y equipamiento que respondan a las necesidades de las comunidades indígenas.

Las respuestas estatales podrían intuirse, y su precariedad explica el abandono de la educación indígena y su previsible persistencia; pero del contenido, el proyecto o las conclusiones no me corresponde hablar por ahora, mientras se presenta en el examen profesional.

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El discurso de Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

Con esas palabras sencillas, en oración tan potente, José Saramago comenzó su discurso en la recepción del premio Nobel de Literatura en 1998. Lo conocía en partes y solo ahora pude leerlo completo, en la entrada del 7 de diciembre de aquel año, en El cuaderno del año del Nobel.

Hace algunas semanas compré el libro y lo fui leyendo de a poquito, unas páginas un día, luego otras cuentas al siguiente, o dos o tres días después. No me corría prisa, no quería agotarlo, porque no sé se habrá otro milagro y tendremos un nuevo libro del querido escritor portugués.

Cuando leí las últimas páginas sentí una extraña desazón, como si me despidiera de un viejo buen amigo. Así encaré, con cierta nostalgia, las palabras del escritor admirado desde que llegara a mis manos El evangelio según Jesucristo, leído por primera vez en alguna Semana Santa, entre botellas de whisky y la playa de Cuyutlán, viendo ponerse el sol y luego caer la noche, con un puñado de buenos amigos.

Desvaríos pedagógicos

A mitad de la semana estuve en la escuela de Juan Carlitos para participar en una clase “abierta”; La materia, inglés. Los hechos ocurrieron como estaban previstos, supongo: los niños en general respondieron muy bien, se movieron, cantaron, bailaron, dibujaron, crearon un animal fantástico y luego lo describieron, todo en inglés, por supuesto.

Las mamás y papás estábamos de pie, a los lados de la sillería repleta. Apenas cabíamos niños y adultos, pero todos alegres. Me tocó al fondo, en el centro, así que podía mirar las caras de los adultos a izquierda y derecha, y las cabezas de los niños, sus rostros de perfil o cuando pasaban al frente.

He pasado por otras clases abiertas, y esta me pareció de las mejores, especialmente por la concurrencia de adultos y el entusiasmo. La anécdota quedó allí y la guardé como un buen momento.

Ayer por la tarde tuve clases en la Facultad. Analizamos primero un video de Adrián Paenza, matemático argentino, y luego seguimos preparando el diagnóstico que llevarán a cabo los estudiantes. Mientras ellos trabajaban en equipos, unos en el aula, otros afuera, luego cuando regresaron al salón para la sesión plenaria, me vinieron a la cabeza, sin razón aparente, los recuerdos de la clase abierta del miércoles. Imaginé a las mamás y papás de los estudiantes en nuestro salón, sentados atrás, a los lados, mirándonos conversar y escribir, leer, que eso principalmente hicimos.

Varias preguntas surgieron: ¿qué pensarían sus papás viéndolos en un aula universitaria?, ¿qué les parecería la clase, el tema, la dinámica, la conducción del profesor?, ¿pensarían: “qué interesante”, “qué aburrido”, “no lo habría imaginado”?, ¿qué?

Otras dudas me rebulleron. Cerré la divagación deseando que los papás de estos universitarios miraran a sus hijos con el orgullo y cariño con que los mismos papás observan a sus hijos cuando todavía son pequeños. Eso sería suficiente, pensé, para aquella imaginaria clase abierta en la universidad.